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|Capítulo 1|Cotidiano

  "La humanidad jamás estuvo preparada para lo que ocasionó 3I/ATLAS. Ni siquiera ahora nos hemos recuperado de sus secuelas, ni lo haremos pronto. Sin embargo, también trajo consigo una nueva era, un avance superior incluso a la Revolución Industrial, aunque sus consecuencias fueron igualmente devastadoras. Fácilmente se perdieron miles de millones de vidas y más de un billón de dólares en infraestructura a nivel global. Pero una cosa es segura: aún es pronto para cantar victoria ante este evento de extinción masiva."

  -Un historiador de una prestigiosa universidad de la nueva era.

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  La alarma suena sin cesar en la habitación a oscuras. Su tono no es una melodía agradable, sino un ruido molesto e incesante que se clava en la mente de quien lo programó. Con pesar e irritación, una mano se extiende hacia el dispositivo móvil, fuente de aquel desasosiego.

  Con un movimiento diestro y eficiente, quizá por la costumbre de repetirlo cada día o simplemente por el deseo de acallar pronto el sonido, desactiva la alarma. Acerca el teléfono a su rostro, entrecerrando los ojos ante la molesta luz azul que emana de la pantalla. Son las 7:07 a.m. de 12 de julio del 2026, frunce el ce?o, primero por la luminosidad invasiva, luego por la consciente necesidad de reintegrarse al mundo.

  Con un suspiro que parece cargar el peso de todas las ma?anas, se incorpora y se siente al borde de la cama. Por un instante, permanece inmóvil, como si ese peque?o acto ya hubiera demandado toda su energía. Abandona con resignación lo que considera su segundo lugar favorito en el mundo, la calidez de las sábanas, el refugio de la almohada y se prepara, una vez más, para alistarse y enfrentar un nuevo día.

  Su mano se deslizó con familiaridad hacia el otro lado de la cama, buscando aquella presencia que siempre traía calma a su mente. Tardó unos segundos en localizarlo, pero cuando sus dedos sintieron la suavidad peluda y el calorcillo familiar de su fiel compa?ero de piso, una sensación de alivio recorrió su cuerpo. Era Ash, su gato de pelaje gris oscuro, su leal roomie desde hacía ya cuatro a?os.

  Recordó vagamente el día en que lo encontró peque?o, asustado y con una pata lastimada refugiándose bajo de su puerta durante una lluviosa tarde de invierno. En ese entonces estaba pasando por un momento difícil y decidió adoptarlo, y desde entonces, se habían convertido en compa?eros inseparables. Ahora, Ash no solo ocupaba un espacio en su casa, sino también en ese rincón tranquilo de su corazón donde ya pocas cosas lograban llegar.

  ?Buenos días, peque?a criatura?, murmuró con voz ronca por el sue?o, mientras acariciaba con suavidad el lomo del felino. Su tacto era suave, reconfortante, un recordatorio simple pero poderoso de que no estaba solo.

  Ash, al sentir la caricia, alzó lentamente la cabeza. Sus ojos dorados entreabiertos miraron por un instante a su humano, como preguntándole por qué había interrumpido su plácido sue?o. Tras unos segundos de evidente resignación felina, bajó de nuevo la cabeza, se acomodó mejor sobre la almohada y volvió a cerrar los ojos, ignorándolo con esa dignidad característica de los gatos que saben que el mundo puede esperar.

  Se levantó de la cama con una resistencia que parecía física, como si el simple hecho de abandonar su refugio nocturno requiriera un esfuerzo sobrehumano.

  Sabía que no tenía que desvelarse jugando un Elder Ring y luego lol con sus amigos en línea pero no se arrepentía de nada.

  Volteó a ver a su mesa de noche y ve un marco con una foto de una sonriente familia feliz de un ni?o y sus padres en una hermosa playa cristalina, sonríe nostálgicamente al recordar esos tiempos y susurra un ?Buenos días?

  Después comenzó su rutina matutina con movimientos automatizados: desayunó un pan dulce acompa?ado de un frapé casero que preparaba cada ma?ana con esmero, como si en ese peque?o ritual encontrara un fragmento de control sobre su día. Después de cepillarse los dientes, tendió la cama con precisión militar y planchó su uniforme, eliminando cada arruga con una meticulosidad que delataba a?os de práctica.

  Al dirigirse a la cocina, encontró a Ash sentado elegantemente frente a su plato vacío, como si hubiera estado esperando pacientemente durante horas. Al servirle el alimento, el felino comenzó a devorar su comida con un apetito que rayaba en lo voraz, mientras su due?o acariciaba su lomo, notando cómo los músculos bajo el pelaje se movían con una fuerza que parecía crecer día a día.

  Esta vez había tenido que usar dos bolsas de comida para gatos. En los últimos meses, Ash no solo había incrementado su consumo de manera preocupante, sino que había experimentado un crecimiento que nada tenía que ver con el sobrepeso. Al contrario, su cuerpo se había alargado y musculado, ganando una altura y volumen que desafiaban cualquier estándar felino doméstico.

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  ?Oye, Ash... ?estás seguro de que no eres un lince y no un gato??, preguntó con una inquietud que ya llevaba semanas gestándose en su interior. La pregunta flotó en el aire sin esperar respuesta, aunque en su mente comenzaban a encajar piezas incómodas: la cola por alguna razón se empezaba a alargar para tener la misma proporción que el largó del cuerpo de Ash, las patas son desproporcionadamente largas pará un gato doméstico, esas orejas se empezaban a hacer puntiagudas que parecían dise?adas para cazar en bosques, no para dormir en departamentos.

  La pregunta realmente perturbadora era: ?cómo rayos había llegado un lince a la ciudad de Monterrey? Tenía bien entendido que en las zonas serranas cercanas habitaban osos y pumas, pero por complexión y coloración descartaba que fuera un puma. El pelaje Ash parece el de un gato europeo lo qué desconcertaba ya que no conoce o no sabe si existen linces de ese tipo de pelaje pero su complexión lo llevó mucho más parecido a un lince que a cualquier gato doméstico. Quizás aquella lluviosa noche en que lo encontró herido bajo el auto, en realidad estaba presenciando el exilio forzado de una criatura salvaje hacia la jungla de concreto.

  Mientras observaba cómo Ash lamía el plato hasta dejarlo impoluto.

  Con un suspiro, intentó alejarse de esas preocupaciones que, como garzas pacientes, parecían posarse una y otra vez en el estanque de sus pensamientos. Encendió el televisor más por costumbre que por verdadero interés. No era de los que seguían las noticias con rigor; la mayor parte de la información que llegaba a sus días lo hacía a través de memes en Facebook o de las efímeras tendencias de X.

  La pantalla se iluminó mostrando a una presentadora de rostro serio y un gráfico que ilustraba un mapa de la zona metropolitana. ?Se han registrado numerosos avistamientos de osos descendiendo de las faldas del cerro, así como de pumas de tama?os inusuales, que superan todos los récords históricos documentados en la región?, anunciaba con voz grave. ?Se recomienda a la población colindante con las áreas naturales extremar precauciones, ya que a lo largo del último mes se han reportado varios encuentros agresivos con estos animales. Pero no se alarmen: la Fuerza Civil y Protección Animal ya se están encargando de reubicarlos en su hábitat natural...?

  Observó la pantalla con una apatía te?ida de tristeza, imaginando a aquellos animales siendo sedados, manipulados y transportados lejos de lo que alguna vez fue su territorio. Una punzada de empatía le recorrió el pecho.

  Desde su perspectiva, no eran los animales los culpables de aquella invasión mutua. ?Acaso no era la humanidad la que, en su imparable expansión, había convertido bosques en fraccionamientos, ríos en drenajes y monta?as en canteras? Cada nuevo centro comercial, cada urbanización que trepaba por las laderas, cada kilómetro de asfalto era un pedazo de mundo natural arrebatado. Aquellos osos y pumas no "bajaban" a la ciudad; la ciudad había subido hasta ellos, envolviéndolos en un mundo de concreto que nunca pidieron habitar.

  Apagó el televisor con un gesto seco. La habitación recuperó su silencio.

  Regresando a la realidad con esa sensación de desapego que a menudo dejaban las noticias, revisó la hora en su teléfono. Las manecillas digitales marcaban las 8:13 a.m., acompa?adas por la imagen de su personaje favorito de aquel anime que había marcado su adolescencia, una peque?a isla de color y nostalgia en la frialdad tecnológica de la pantalla.

  Quedaba poco tiempo para partir hacia su trabajo de tiempo completo en la ferretería local, propiedad de uno de sus pocos familiares vivos: su tío Don To?o, un hombre de manos calladas y sonrisa fácil que siempre olía a aceite de carro y clavos oxidados.

  El trabajo, aunque modesto, le resultaba interesante y hasta formativo. Entre estantes repletos de herramientas, había aprendido a distinguir no solo sus nombres, sino sus usos. Cada llave inglesa, cada herramienta plegable contaba algo sobre su uso. Era un mundo tangible que contrastaba con lo que estudiaba en la facultad, donde manejaba herramientas de precisión para electrónica y mecánica avanzada, pero aquí, entre martillos y serruchos, había encontrado otra clase de sabiduría.

  Ya listo, se dirigió hacia la puerta con la mochila al hombro, sumergido en esa rutina ma?anera. Pero entonces, algo inesperado rompió la monotonía: una resistencia suave pero firme en el tobillo de su pantalón de mezclilla.

  Al mirar hacia abajo, encontró a Ash con los dientes aferrados a la tela azul, tirando con una determinación poco usual. No era el gesto cari?oso de quien pide atención, sino algo más intenso, casi urgente. El gato clavaba en él sus ojos dorados, como si intentara impedir que saliera.

  Era extra?o, muy extra?o. Desde hacía tiempo, habían establecido una dinámica clara: cuando su humano salía, Ash no quedaba encerrado. Una ventana del patio trasero permanecía entreabierta para que él pudiera saltar y entrar a su antojo. A veces, al regresar del trabajo o de la universidad, la casa estaba vacía, pero Ash siempre volvía de madrugada, ocupando su lugar en la cama como si jamás se hubiera movido de allí.

  Pero ahora, allí estaba, aferrado a su pantalón, sin soltarlo. Firme. Inquebrantable. Como si algo le gritara desde adentro que ese día no debía dejarlo ir.

  ??Qué haces, peque?o??, preguntó con una mezcla de ternura y extra?eza, aunque sabía que no obtendría respuesta alguna. Su voz sonó suave en la penumbra del recibidor, cargada de esa curiosidad que despiertan los gestos inesperados de quienes más creemos conocer. Se agachó lentamente, articulaciones crujiendo levemente, y extendió los dedos para acariciar la cabeza de Ash justo detrás de las orejas, en ese punto mágico que siempre parecía derretir cualquier resistencia felina. Bajo su tacto, pudo sentir cómo la tensión abandonaba el cuerpo del animal los músculos que estaban rígidos se relajaban, la mandíbula que apretaba su mezclilla cedía hasta que, finalmente, Ash soltó el tejido azul.

  Al incorporarse, abrió la puerta y salió de su casa, sintiendo el aire matutino acariciarle el rostro. Pero la sorpresa no había terminado: al dar sus primeros pasos por la banqueta, escuchó el suave tableteo de unas garras siguiéndole el ritmo. Volteó y allí estaba Ash, caminando junto a él con determinación, como si aquel paseo ma?anero muy normal pará el. Suspiro con resignación y le siguió el juego: lo ignoró.

  Mientras avanzaban, por su mente desfiló el pensamiento automático de "Otro día cotidiano más"

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