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Sombras en el reflejo (III): El Interior Desconocido.

  Entraron con cautela. La cueva se tragó la luz como una boca amplia y fría. Las paredes estaban cubiertas de musgo que titilaba con brillo espiritual, hongos de colores que soltaban humo azulado cuando los rozaban.

  El sonido del mundo se apagó y dio paso a un latido más lento, como si el flujo de qi dentro de la roca regulase el tiempo. El ambiente dentro ofrecía otra promesa: aquí, temporalmente, la voz del Espejo no tenía control.

  Era media tarde cuando entraron a una cámara más amplia, el grupo acordó acampar. Cultivar allí tendría ventajas: el flujo era interrumpido por el manto rocoso y ofrecía una bolsa de qi estable, raro en la superficie en esos días. Se sentaron alrededor de una fogata improvisada, y uno a uno comenzó la práctica.

  Maribel se quedó al margen; el sello la ataba, pero dentro de la cueva sintió la presión disminuir apenas.

  —Ey sistema, hagamos otra práctica de reforzamiento en las sandalias. No quiero estar descalza si se rompen.

  Esta vez la lección fue más práctica. Cuando acabó, el dolor del gasto fue punzante; no había forma para restituir lo consumido rápidamente. La frustración y el dolor la dejó rígida un rato.

  Incluso si la caverna tenía abundancia de qi ella no podría absorber más de lo que ya hacía.

  Las horas en la caverna fueron lentas y precisas.

  En algún momento, se turnaron para vigilar.

  Aether, sin dormir, casi no pesta?eaba. Afuera, debajo de la piedra, los truenos persistían, cada vez más cercanos, como si el buscador hiciera un patrón tras otro. Drakar no había dejado de lanzar relámpagos de prueba que caían en claros dispersos. Cada descarga recogía datos y le devolvía un mapa parcial en la mente; pero cada vez que intentaba fijar una localización concreta, la misma interferencia —esa voz imprecisa— volvía a erguirse entre sus sentidos y le dejaba sólo fragmentos.

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  Frustrado, ordenó que más focos se encendieran. Los magos reaccionaron como brazos: se desplegaron arquitecturas de símbolos. Las torres del Espejo chisporrotearon, incluso la sala del trono fue llenada de escrituras. Pero la cueva fue un agujero en el mantel de su visión.

  Pasó la noche entre cultivos tímidos, comidas sencillas y el consuelo del calor del fuego.

  En la caverna, cuando por fin se recostaron, la respiración de todos se volvió un pulso largo.

  Maribel cerró los ojos, el juramento que había formulado al cielo mientras huían del semihumano demonio, flotaba en su mente como una armadura delgada. El sistema había confirmado la resonancia grupal y, por eso, el bosque se había adaptado en su favor. No sabía quién protegía la línea: si el mundo mismo o una voluntad oculta. Solo sabía que, por ahora, la cueva les daba tiempo.

  Hacia la madrugada siguiente, no hubo quietud ni calma que les recibiera. El interior era cálido, pero la sensación de falta de oxígeno empezaba a formarse poco a poco.

  El sonido se hizo más fuerte. Los truenos se acercaban... y ahora dejaron de ser aleatorios; tenían punzones, ligeras descargas que golpeaban la roca a lo lejos como si alguien tanteara una puerta.

  El Rey no tenía la precisión que quería, pero tenía alcance. En la humedad de la caverna, la percepción de Maribel se tensó: notó el movimiento del qi en el suelo, los latidos que anunciaban la llegada de un poder humano que quería a otros humanos como presa.

  Aether se despertó primero, con la mirada afilada. Amara se incorporó sin ruido; el resto, aún lento, percibió que la hora del movimiento se acercaba.

  No era el final, ni la huida absoluta, pero era el aviso de que la caza de este día comenzaría sin tregua.

  En el Palacio, Drakar observaba el mapa desplegado sobre el mármol y vería espacios en blanco que le irritaban. Las interferencias le negaron una localización exacta; le dieron, eso sí, un anillo aproximado de posibles movimientos. No era suficiente para apuntar directamente a la cueva.

  Una suave sonrisa se formó en sus labios.

  —No es un mal comienzo. Las piezas se siguen moviendo, y la red se tensa.

  En la caverna, mientras el amanecer asomaba pálido entre las rendijas de la roca y los humos azules se apagaban con la luz del sol, el grupo entero despabiló. El aire en lo profundo de la cueva olía a promesa de salvación mezclada con peligro.

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