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Rey Dragón Rojo: Suplantación Insidiosa.

  El amanecer había llegado te?ido de gris. En la sala del trono, las antorchas aún ardían, aunque el día ya asomaba tras los ventanales de ónice. Los ministros esperaban de pie. En el centro, sobre los escalones que conducían al trono de jade carmesí, Drakar sostenía en sus manos un rollo de pergamino sin sello. No lo había firmado todavía.

  A su alrededor, los rumores de los últimos días seguían flotando: Pueblos enteros destruidos, sectas desbandadas, y piedras verdes que absorbían las almas de los caídos. Lo que durante décadas fue un secreto del Consejo ahora ardía en cada mercado y en cada taberna del Imperio.

  El mago consejero, Lord Aerion, se inclinó ante él.

  —Majestad… los informes ya no pueden ocultarse. Los burgueses poseen copias, las sectas las discuten, incluso los templos han recibido descripciones exactas de la piedra. Si no damos una versión oficial, el pánico—

  —?Pánico? —interrumpió Drakar—. No. Lo que habrá es dirección. Si el pueblo va a temer, que tema algo útil.

  Sus ojos, rojos como brasas apagadas, no mostraban ira visible, pero había una quietud que helaba la sala. El canciller de guerra, un anciano de barba gris, carraspeó con cautela:

  —Los registros del Consejo mencionan grietas naturales… rupturas del flujo espiritual, no provocadas por ningún linaje. Con el debido respeto, no deberíamos—

  Drakar levantó una mano y el hombre calló.

  —?Naturales? ?Y qué de las zonas donde surgen? —preguntó, bajando la voz—. Ciudades con sangre mezclada, aldeas donde los semihumanos viven entre humanos, templos que aceptan híbridos. ?Coincidencia?

  El silencio se volvió un arma. Ninguno se atrevió a responder.

  —Durante a?os confié en su prudencia —continuó el rey, más frío—. Ocultaron las grietas. Callaron las desapariciones. Pagaron a mercenarios para enterrar la verdad bajo templos vacíos. ?Y con qué resultado? —dio un paso hacia adelante, la luz del fuego ti?éndole el rostro—. ?Un demonio se alza con el poder de un alma naciente... y mi nombre se arrastra por el fango! No más secretos. No más indulgencias.

  El consejero Aerion bajó la cabeza.

  —?Vais a hacer pública… toda la información?

  —No —dijo Drakar—. Solo la parte que el pueblo necesita para elegir a su enemigo.

  Con una se?al, ordenó que trajeran el cofre de obsidiana. Dentro reposaba la piedra verde, aún vibrante con un qi enfermo. Los ministros retrocedieron ante su resplandor. Drakar la miró sin pesta?ear. Aún recordaba cuando le dijeron que habían hallado dentro los últimos rastros del alma de Vireya.

  —Mi Vireya vivió los últimos minutos dentro de esa piedra, devorada una y otra vez por los rituales de los licántropos que la mantenían prisionera.

  Aún se escuchaba su voz pidiendo ayuda, un susurro insidioso, incluso cuando su cuerpo no estaba presente.

  Drakar lo miró con una sombra en sus ojos.

  —La entidad del vacío la a sustituido al final, usando su forma como cebo para burlarse. No está ni cerca de ser una persona. Pero esto es lo único que me queda de ella.

  Las personas presentes bajaron la mirada. Algunos jugando con sus dedos, otros congelados. Pero nadie dejaba de prestar atención al papel que tenían en sus manos.

  El ambiente se volvió solemne.

  —Su majestad tenía razon. La emperatriz jamás nos traicionó.

  Un aura roja se extendió como humo. Elevándose poco a poco, el entorno parecía volverse cada vez más ceremonioso.

  Drakar apretó los pu?os, ligeramente encorvado.

  —Vireya… jamás sirvió a los demonios por voluntad propia —susurró, más para sí mismo que para el resto—. La corrompieron. La arrastraron al abismo, igual que arrastran todo lo que tocan.

  Cerró el cofre con un golpe seco.

  Entonces el Canciller de Fe, un hombre de túnica blanca y ojos vacíos, habló:

  —El pueblo necesita esperanza, Majestad. Si les decís que la corrupción puede ser purgada… os seguirán hasta el fin del mundo.

  —Eso haré —respondió Drakar—. Les daré un enemigo común. Les daré una causa.

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  Tomó el pergamino, lo desenrolló lentamente y comenzó a escribir con la pluma roja. Cada trazo era preciso, sin temblor alguno. Cuando terminó, su voz resonó entre las columnas como el eco de un trueno lejano:

  [Por mandato del Trono del Dragón Rojo, toda forma de linaje híbrido será declarada enemiga del cielo y de la tierra. Ninguna mezcla de razas deberá subsistir dentro del dominio humano. Aquellos que oculten, alberguen o defiendan semihumanos compartirán su destino. Por la pureza del qi, por la estabilidad del mundo y por la paz del alma de la Reina Vireya. A partir de este día, se funda la Orden de las Tres Cabezas, instrumento de la voluntad imperial y guardiana del nuevo cielo.]

  Selló el decreto con el anillo de fuego y el rugido del dragón grabado en su sello pareció despertar algo en las paredes del salón.

  Las antorchas parpadearon. Algunos ministros inclinaron la cabeza en silencio; otros se retiraron con el rostro blanco. Nadie se atrevió a hablar. Drakar observó cómo el humo del pergamino se disipaba y, por un instante, creyó ver el contorno de una mujer con el cabello plateado en la bruma. Su corazón se endureció.

  —Que todo arda si debe arder —murmuró.

  En ese momento, el sonido de una puerta abriéndose interrumpió el silencio. Entró un hombre encapuchado, su túnica morada marcada con el símbolo en espiral del Consejo. Era un emisario.

  —Majestad —dijo con una voz calmada y grave—. Vengo en nombre de una Facción secreta del Consejo. No para oponernos, sino para advertiros. El mundo no está muriendo… está renaciendo. Las grietas no son castigo, sino parto. El universo busca equilibrio, no exterminio.

  Drakar lo miró, con una calma que solo el odio podía sostener.

  —Equilibrio… —repitió—. ?Y cuántas vidas se pierden mientras el universo “equilibra”? ?Cuántas reinas devoradas en su nombre? No. Si el mundo renace, será bajo mi fuego.

  El emisario lo observó un momento más, luego bajó la cabeza y se retiró sin una palabra. Cuando la puerta se cerró, Drakar habló para sí mismo, en un susurro que se perdió entre las columnas del trono:

  —Dirán que fue por fe. Dirán que fue por justicia. Pero solo yo sé la verdad… lo hago porque no puedo perdonarlos.

  El sonido del sello imperial marcó el final de la sesión. Afuera, las campanas de guerra comenzaron a sonar, y en las calles del Imperio, los primeros edictos fueron clavados en piedra.

  El Dragón Rojo había hablado. El mundo tembló. Y Drakar tembló con este, sujetándose la frente con resignación, miró el emblema de tres cabezas. Sus ojos se entreabrieron, luego volvieron a la normalidad, como si nada hubiera pasado.

  El Trueno había resonado durante siete días cuando el edicto del Rey Dragón Rojo alcanzó todos los confines del Dominio Occidental del Espejo. En cada ciudad, las campanas fueron golpeadas tres veces, y los escribas del palacio distribuyeron tablillas con una sola orden grabada en caracteres llameantes:

  “El mundo debe ser purificado. Ninguna sangre mezclada respirará bajo el cielo humano.”

  El pueblo respondió primero con miedo, luego con fe. Cayeron de rodillas al oír el retumbar constante.

  —El trueno es la voz de los cielos aprobando el decreto. —afirmaron.

  Otros, los más instruidos, sabían que aquel estruendo no tenía fuente natural. Había nacido en el Salón del Dragón Carmesí, donde círculos mágicos tallados en el suelo de mármol alimentaban una red de conductos de qi refinado, dise?ados por magos del Consejo.

  Desde su trono, Drakar se elevaba como una estatua viviente, los ojos enrojecidos por el resplandor del círculo maestro. No cultivaba el qi, sino que lo comandaba como un soberano: los círculos absorbían la energía del ambiente, la estabilizaban mediante ecuaciones simbólicas y la transferían al trono. Así, el Rey imitaba al cielo, proyectando su voluntad sobre la naturaleza.

  Drakar miró su trono con una sonrisa.

  —?Para qué obtener iluminación… si tengo dominio?

  Agitó la mano con desdén, dejando ver un pulso que viajó por los cielos, helando los corazones de quienes estaban de camino.

  El primer “Castigo Celestial” cayó sobre un poblado costero acusado de albergar híbridos marinos. El mar se abrió con un rugido y las aguas se tornaron negras como tinta. Los pescadores huyeron, pero las olas los alcanzaron como si obedecieran a un designio consciente. Desde entonces, las multitudes lo llamaron “el Dragón que el Cielo obedece”.

  El Trueno Perpetuo permaneció resonando, marcando el ritmo de los días. En los campos, los campesinos ya no levantaban la vista al oírlo; lo tomaban como parte del aire.

  Solo los cultivadores se estremecían ante el sonido, un pulso que no provenía del cielo, sino de los círculos mágicos imperiales.

  En el Pico Espiritual de la Luna Reflejada, Maribel meditaba junto al lago que guardaba la tumba de Nadir, su única forma de guardar luto.

  Aether observaba el agua en silencio. Su reflejo era humano, pero a veces —cuando el viento cesaba— su sombra mostraba colmillos y ojos de pupila vertical.

  El ni?o levantó la mirada.

  —?Por qué seguimos aquí? —preguntó con voz baja—. Dijiste que cuando el trueno se calmara podríamos salir.

  —El trueno no se calmará —respondió Maribel, sin abrir los ojos—. No mientras el Rey siga...

  Aether bajó la cabeza. Su qi interno vibraba con una mezcla de energía humana y bestial; no podía controlarlo del todo. Cuando dormía, su respiración alteraba el flujo del lago, y los peces huían.

  Maribel sabía lo que él era. Sabía también que el sistema lo protegía por razones que ni ella comprendía.

  —Escucha —dijo de pronto, abriendo los ojos—.Tú debes permanecer oculto pues pocos en el interior de la secta saben de tu identidad real, además tendremos que buscar la manera de salir sin ser detectados... —suspiró. —Tal vez necesitemos ayuda de nuestros amigos nuevamente.

  El ni?o asintió, pero su expresión se endureció.

  [Advertencia: artefacto espía bloqueado.]

  [Origen: Drakar Drakar Vaelrion Ignivar. Nivel de riesgo: alto.]

  El sistema interrumpió la conversación con su tono neutro. Maribel cerró el flujo de qi mental y susurró en silencio:

  ?Entonces… el sistema nos cubre.?

  El sistema respondió con un zumbido suave:

  [Confirmación: Rastreo celeste neutralizada.]

  El lago se agitó, y el trueno volvió a sonar. Lejos, en la capital, Drakar sintió un desequilibrio mínimo en la red espiritual del reino: una vibración imposible de rastrear, apenas un error estadístico. Apretó los pu?os.

  —Los híbridos aún respiran —murmuró—.Y mientras lo hagan, el cielo no será puro.

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