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Capítulo 1: Él

  El Búho de Hielo había llegado. La resistencia era inútil: los invasores estaban demasiado cerca, demasiado organizados.

  Dentro de la casa de Elira, tres jóvenes luchaban por mantener la calma. Eldric, el más fuerte, examinaba el entorno con mirada alerta, consciente de que el tiempo se agotaba. A su lado, Elyndra mostró una determinación férrea. Nyra, en cambio, intentaba contener el pánico, aunque el miedo crecía con cada segundo.

  —Este es el fin de la aldea —dijo Elira con voz grave—. En minutos será sometida. Pero podemos crear una distracción para que ustedes escapen. Deben llegar más allá del norte de Narthar. Allí los espera un amigo; él los llevará a un lugar seguro.

  Eldric recibió el sobre cerrado y el mapa, comprendiendo al instante que la anciana no los acompa?aría. Un nudo se apoderó de su estómago, pero antes de que pudiera hablar, Nyra se acercó a Elira, con el rostro plagado de preocupación.

  —?Por qué no vienes con nosotros? Quedarte aquí es un peligro... podría significar tu muerte —su voz temblaba, al borde del llanto—. Por favor, recapacita.

  Elira sorprendida con tristeza, sabiendo que no había vuelta atrás. La conexión entre ellos era profunda, pero su misión era protegerlos, incluso si eso implicaba quedarse.

  —Necesitamos una distracción para que lleguen al vehículo —explicó, mirándolos a todos—. Una vez allí, no se detengan. Vayan a la parte trasera y prepárense. Pero antes... debo hablar con Elyndra. Ella estará con ustedes cuando sea el momento.

  Con lágrimas en los ojos, la anciana se despidió. Uno a uno, los jóvenes salieron hacia la parte trasera de la casa, con el corazón oprimido por un dolor indescriptible.

  Shaktir, el conductor, ya los esperaba junto al vehículo. Subieron en silencio, temblando, conscientes de que cada segundo era crucial.

  Mientras el grupo guardaba, Elira permanecía serena. En sus manos sostenía un amuleto de roca azul, cuyos destellos rojos pulsaban con una energía desconocida.

  —Tú, mi bello ángel —murmuró acariciando el objeto—. Te encontramos el día en que un estruendo sacudió la aldea... Un gran vehículo cayó desde la colina, esparciendo pétalos de colores que jamás creímos ver en este mundo. Junto a él, los cuerpos de tus padres. Ellos dieron su vida para protegerte. Por eso la aldea te crió, por eso te dimos tu nombre. Y por eso... esta misión solo puede ser tuya.

  Sus palabras se desvanecieron en el aire mientras, entre lágrimas, colocaba el amuleto en las manos de Elyndra.

  —Eres pieza clave para tus amigos. Cuando llegue el momento, usarás esto. Sabrás cómo. Sabrás dónde. —Le apretó las manos—. Cuídate, querida. Fuiste la alegría que todos necesitábamos. Gracias...

  Antes de que Elyndra pudiera responder, un estruendo sacudió la puerta.

  Elira la empujó hacia afuera sin explicaciones. Los bandidos ya estaban allí; su presencia era inminente.

  El último intercambio de miradas quedó suspendido en el aire, justo antes de que las puertas se cerraran.

  El motor rugió al arrancar. El viento gélido del norte azotó sus rostros como un presagio de lo que vendría.

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  Mientras el sonido del escape se desvanecía, los bandidos derribaban la puerta.

  Una figura delgada y pálida entró lentamente, observando el vacío dejado por el vehículo.

  El silencio se apoderó de la aldea, ahora un camposanto de hielo y cenizas.

  Elira, serena, se enfrentó a la figura.

  —Resistir solo traerá más sufrimiento —dijo la figura con voz áspera, como si cada palabra le costara—. Me sorprende que aún no lo entiendas, Elira. Tanto tiempo ha pasado... y sigue siendo la sombra de lo que fuiste. Tú y esta historia a medias terminarán aquí. Con tu muerte.

  Elira mantuvo la calma, como si aquello fuera inevitable. Sabía que su final había llegado, pero también que sus actos tendrían repercusiones.

  —Han pasado más de cuarenta a?os y no has cambiado. ?Qué eres, Khoron? —respondió con serenidad—. ?No te bastó la destrucción de Lyntiope? ?Ahora estás detrás del Búho de Hielo? ?Qué te hace pensar que esto será diferente?

  El silencio llenó la habitación.

  Khoron avanzó un paso, sus ojos vacíos brillando con intensidad aterradora.

  —Esto también será en vano —concluyó Elira, firme—. Como todo lo que has hecho.

  Sus últimas palabras emergieron del aire frío como vapor, una se?al efímera en medio del hielo y la oscuridad.

  A pesar del frío, el aliento de Elira formó nubes que se alzaron hacia el cielo, como si la vida misma se desvaneciera.

  Algo cambió: el aire se volvió denso, pesado, y las nubes se oscurecieron aún más.

  El invierno avanzaba no solo sobre la tierra, sino también en el corazón de la aldea.

  Antes de que Elira pudiera a?adir algo más, un grito desgarrador resonó desde afuera:

  —?él está aquí!

  La voz, cargada de terror, quebró la quietud de la noche.

  Los invasores se congelaron, buscando el origen del grito.

  Todos sabían lo que significaba.

  Según los rumores, existía una entidad que surgía del hielo y la oscuridad, un espectro que traía solo caos.

  Nadie lo había creído... hasta ahora.

  El viento helado aulló, como si el paisaje contuviera la respiración.

  Una sombra emergió en el horizonte, avanzando entre la tormenta.

  El aire se enfrió aún más a su paso, como si la criatura robara el calor de la vida misma.

  Su forma era difusa, pero un detalle resaltaba: un anillo que irradiaba luz.

  Era oscuridad, hielo y energía pura, un vacío palpable.

  Los bandidos retrocedieron, empapados en sudor frío, sus espadas temblando.

  Antes de que reaccionaran, el espectro rugió, haciendo temblar las paredes.

  Intentaron formar una línea defensiva, pero la criatura desobedeció las leyes de lo físico: se deshizo en sombras y se abalanzó con rapidez sobrenatural.

  Un bandido blandió su espada, pero la hoja se detuvo en el aire, como si chocara contra un muro invisible.

  El espectro se deslizó como niebla helada, y el hombre cayó al suelo, congelado en terror absoluto.

  Otro levantó su hacha, pero la criatura se materializó frente a él y lo derribó con un estallido de energía.

  Cuando intentó levantarse, su cuerpo comenzó a cubrirse de hielo, como si la vida le fuera arrancada.

  Elira observó la masacre en silencio.

  Sabía que el espectro no venía por ellos, sino para destruir al Búho de Hielo.

  Aun así, una mezcla de tristeza y alivio la embargó al ver a los bandidos sucumbir ante fuerzas mayores.

  El espectro, ahora completamente materializado, emanaba oscuridad.

  Cada enemigo que tocaba se convertía en estatua de hielo.

  Los que intentaron huir fueron paralizados por ráfagas gélidas.

  Finalmente, la criatura se detuvo frente a los últimos sobrevivientes, atrapados en bloques de hielo.

  Con desdén, alzó una mano, y sus cuerpos se desintegraron en polvo.

  Khoron, la figura que había acechado a Elira, permaneció inmóvil, observando al espectro con ojos vacíos.

  Su aura de desesperación contrastaba con el frío que emanaba la criatura.

  —Crees que esto puede salvarte, Khoron? —murmuró Elira, con voz quebrada pero firme—. No hay nada que puedas hacer. El tiempo se acabó para ti.

  Khoron no respondió. Avanzó hacia ella mientras la neblina de hielo lo envolvía todo.

  —Elira... —susurró, su voz áspera como viento del abismo—. No te enganches. Ni el espectro ni tus palabras cambiarán lo inevitable.

  Elira mantuvo su postura, desafiando en su último momento, pero sus ojos se hundieron en el vacío que Khoron traía consigo, mostrándose así como había sido atravesada por la espada que portaba Khoron.

  Sabía que su destino estaba sellado desde que decidió proteger a los jóvenes.

  Sin embargo, en sus ojos hubo un destello de claridad, un entendimiento profundo, antes de cerrarlos para siempre.

  Khoron, impasible, lanzó un último vistazo al espectro.

  Luego comenzó a desvanecerse entre las sombras, dejando atrás solo frío y silencio.

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