"La fauna no fue la única que experimentó cambios radicales. Toda forma de vida vegetal también comenzó a transformarse, iniciando con un crecimiento acelerado y anómalo que parecía desafiar las leyes de la naturaleza. Los tallos se engrosaron y fortalecieron, adquiriendo una resistencia similar a la del acero en algunas especies, mientras los troncos de los árboles se elevaron hacia el cielo con una vigorosidad nunca antes vista.
Pero la transformación no se detuvo allí. Las cosechas no solo aumentaron su volumen de manera exponencial, sino que también mejoraron en calidad: los frutos se volvieron más jugosos y dulces, los granos más nutritivos, y algunas plantas desarrollaron propiedades únicas que nunca antes habían poseído. Lo más notable y importante, es que todas ellas estaban impregnadas de maná.
Las plantas medicinales, en particular, se convirtieron en el centro de una revolución silenciosa. Sus propiedades curativas se intensificaron hasta niveles que parecían milagrosos, sanando enfermedades que la medicina moderna de la época consideraba incurables. Los remedios caseros, preparados con estas hierbas transformadas, comenzaron a superar en efectividad a los fármacos más avanzados, creando un renacimiento de la sabiduría herbal que cambió para siempre nuestra forma de entender la salud y la naturaleza."
—Ensayo de un estudiante de biología
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Llegado el mediodía, el incidente matutino había quedado atrás como un sue?o extra?o, enterrado bajo la rutina del negocio. Para su sorpresa, la ferretería experimentaba un inusual movimiento de clientes. Las ventas fluían constantemente, destacando especialmente la demanda de herramientas de jardinería: tijeras de podar, machetes, guantes de trabajo y desmalezadoras se vendían como pan caliente, casi al mismo ritmo que las pilas y las baterías. El constante sonido de la caja registradora y el ir y venir de clientes creaban un zumbido de actividad poco común.
Afortunadamente, el inventario aún era suficiente el proveedor había realizado una entrega sustancial apenas unos días atrás, pero al ritmo actual, Don To?o ya consideraba la posibilidad de decirle a su esposa que lo llame para reabastecer antes de lo previsto.
Mientras el joven acomodaba y alineaba nuevos productos en los estantes el roce áspero de los empaques de cartón entre sus manos, el crujido del plástico al retirar los envoltorios, la campana de la puerta sonó con un tintineo claro. Alzó la mirada hacia la entrada y reconoció al recién llegado: era Don Roberto, vecino de toda la vida y amigo cercano de su tío. Hombre alto y de presencia robusta, con cabello casta?o entrecano peinado con raya al costado y piel morena curtida por los a?os. Vestía una camisa de cuadros holgada que no lograba ocultar su barriga prominente, esa clásica "panza de hombre mayor" que también caracterizaba a Don To?o. Se movía con la tranquilidad de quien conoce bien el lugar y sonreía al saludar, mostrando una familiaridad que solo dan los a?os de convivencia en el barrio.
La campana de la puerta volvió a sonar cuando Don Roberto entró al local, acompa?ado de una ni?a en plena preadolescencia. Ella compartía sus mismos rasgos: ojos color café miel y piel clara, tostada ligeramente por el sol, que contrastaba con la tez más morena de su padre. La ni?a le llegaba apenas a la altura del pecho del hombre, y en una de sus manos sostenía unas tijeras de podar casi tan grandes como su antebrazo que le entrego a su papá y en la otra una libreta.
Sus facciones, delicadas y en transición, iban perdiendo los últimos vestigios de la infancia para dar paso a la estructura definida de una joven: pómulos más marcados, mandíbula más angulada, y una expresión que alternaba entre la timidez y la curiosidad desafiante propia de su edad.
?Buenas tardes, Al. ?Cómo estás? ?Todo bien?? la voz grave de Don Roberto resonó en el local. ?Espero que le estés echando ganas al trabajo y a la escuela.?
?Todo bien, Don Beto? respondió el joven, terminando de acomodar una caja de tornillos antes de levantarse para saludarlo. ??Y cómo se ha portado mi primo en la escuela??
??Ay, muy bien! Es listo, se le da bien el fútbol y es de los que menos problemas me da en clase? comenzó diciendo Don Roberto con tono profesional, pero su expresión cambió radicalmente. ?Aunque, desde mi punto de vista personal, es como una mosca molesta y fastidiosos que no se despega de mi hermosa hija? su voz se engrosó, tomando un tono protector y casi intimidante, como si estuviera hablando de un enemigo jurado en lugar de un adolescente. Sus cejas se fruncieron y su mirada se volvió desafiante.
??PAPá!? la gritó la joven, con el rostro enrojeciéndose instantáneamente. Sus manos se apretaron con fuerza alrededor de la libreta cargaba, y golpeó el suelo con un pie en un gesto de pura exasperación adolescente.
Desde el fondo del local, se escuchó la risa burlona y estruendosa de Don To?o, que parecía disfrutar cada segundo de la escena
Sus cejas se fruncieron mientras sus ojos recorrían el local con lentitud calculada, escaneando cada rincón como si buscaran la fuente del sonido más irritante que hubiera escuchado en su vida. El murmullo de los clientes y el crujir de las cables eléctricos nuevos parecieron desvanecerse ante ese único estímulo que capturaba toda su atención.
De pronto, su mirada se clavó en un punto fijo al fondo del local. Sus ojos se entrecerraron hasta quedar como dos rendijas afiladas, y una línea tensa se marcó entre sus cejas. Los músculos de su mandíbula se apretaron visiblemente, haciendo prominente el hueso de sus pómulos. Allí, entre sombras y estantes repletos de herramientas, había localizado a su objetivo: Don To?o, cuyo rostro aún vibraba con los ecos de una carcajada reciente.
??To?o! Si no alejas a tu cachorro, yo mismo me encargaré de hacer de su escuela un infierno!? Rugió Don Roberto con una furia que parecía expandirse por el local. Avanzó hacia su viejo amigo con pasos pesados, las manos apretadas en pu?os, mientras Don To?o, lejos de intimidarse, soltaba carcajadas que sacudían su cuerpo.
??Yo te dije hace a?os que algún día íbamos a juntar las familias! Si no fue conmigo y tu prima, iba a ser mi hijo con tu hija, buajajajaja!? Al terminar la frase, Don To?o lanzó otra carcajada tan estruendosa que traspasó las paredes de la ferretería, lo que pareció avivar aún más la ira de su amigo, cuyo rostro se enrojecía por momentos.
Mientras tanto, Al intentaba contener la risa sin mucho éxito, apretando los labios y llevándose una mano a la boca. En eso, la joven se le acercó con determinación, plantándose frente a él con los brazos cruzados.
??Al, deja de reírte!?, exclamó la chica con un arrebato de frustración, y le lanzó un pu?etazo directo al abdomen. Pero el golpe, aunque sonoro, apenas hizo mella en el joven, cuyos músculos abdominales definidos amortiguaron el impacto sin inmutarlo. Ella sacudió su mano dolorida, mientras una mueca de frustración se dibujaba en su rostro.
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?Lo siento, Sofi, pero es que es divertido?, dijo Al, conteniendo una sonrisa que se negaba a desaparecer.
??Para nada lo es!?, exclamó la joven, con un arrebato de furia que recordaba mucho a los modos de su padre, Don Roberto, quien en ese momento se encontraba discutiendo acaloradamente con Don To?o al fondo del local.
?Y díganme, ?qué es lo que necesitan??, preguntó el joven, observando la libreta que Sofi llevaba consigo y las tijeras de podar que traía su papá.
?Quería pedirte un favor, Al...
?Le podrías dar sus apuntes a Leo??, preguntó con un nerviosismo palpable, mientras su voz se volvía más aguda.
Extendió la libreta hacia Al.
??Por qué no lo haces tú??, preguntó Al, con genuina curiosidad.
?Es que es la materia que nos toca ma?ana a primera hora, y no podré devolvérselos enfrente del profesor. Pensaría que me estoy copiando, y además, él también necesita hacer su tarea?, explicó con calma, aunque con un deje de tristeza en la voz, apenada por no poder ocuparse personalmente del asunto.
?Está bien, primita,? respondió Al, haciendo una pausa deliberada y cargada de ironía al pronunciar la última palabra. Recibió los apuntes de manos de Sofi, quien le correspondió con una sonrisa cómplice que brillaba en sus ojos, mezclando el alivio con un toque de picardía juvenil.
Al otro extremo del local, la discusión entre los dos hombres adultos crecía en intensidad, atrayendo miradas curiosas de algunos clientes.
??Jamás se va a casar! ?Siempre será mi peque?a hija!? Rugió Don Roberto, dando un manotazo contra la barra de atención que hizo vibrar los tornillos y las llaves dispuestas sobre ella.
??Es inevitable! ?Está creciendo y se va a casar con mi muchacho!? Le respondió Don To?o, alzando la voz con una sonrisa burlona que se extendía de oreja a oreja, disfrutando cada segundo de la reacción de su amigo.
En ese momento, los dos jóvenes se acercaron, cada uno posicionándose al lado de su respectivo familiar.
Al se situó junto a su tío y, recargando los codos en el mostrador, simuló una tos falsa pero exagerada, rompiendo el ritmo acalorado de la discusión.
Sofia, por su parte, se colocó al lado de su padre y, con gesto admonitorio, le dio un pellizco leve pero perceptible en el costado, haciendo que Don Roberto frunciera el rostro en una mueca de dolor contenida.
Acto seguido, ella también tosió con sequedad, mirando a su padre con complicidad.
Un silencio incómodo pero cómico se apoderó del grupo por unos segundos, interrumpiendo temporalmente la batalla dialéctica entre los dos viejos amigos.
?Y Don beto a que venia?Pregunta el joven observando las tijeras que tiene en la mano
??Ejem! Vengo por esto?, anunció Don Beto, alzando las grandes tijeras de podar y depositándolas sobre el mostrador con un golpe sordo. Las hojas de metal, antes afiladas, ahora mostraban marcas profundas y mellas irregulares. ?Estas las he usado en el porche de mi casa y me habían sido fieles desde que las compré, pero en los últimos meses la hierba ha crecido a un ritmo desconcertante. Al principio no le di importancia, hasta que mi hija notó que, después de apenas una semana, ya le llegaba otra vez a la cadera. Ayer estaba cortando y… miren en qué estado quedaron.?
Don Beto giró las tijeras y se?aló con el dedo el filo da?ado. Tanto Al como Don To?o se inclinaron para observar de cerca: las mellas eran profundas, asimétricas, y parecían hechas como si hubieran intentado cortar alambres de acero en lugar de tallos verdes.
Al deslizó su dedo con cuidado por el borde de la cuchilla, notando de inmediato la aspereza y la falta total de filo. Un leve rasgu?o en su yema le hizo retirar la mano con rapidez.
?Esto es extra?o… ?tú has visto algo así, tío??, preguntó Al, frunciendo el ce?o ante lo inexplicable del desgaste.
Don To?o negó lentamente con la cabeza, sin apartar la vista de las tijeras. ?Jamás en mi vida, mijo. ?Estás seguro, Beto, de que no había algo más entre el pasto? ?Un alambre, tal vez, o una varilla que no viste??, sugirió, tratando de encontrar una explicación lógica, aunque en el fondo dudaba que su amigo, por más mayor que fuera, pudiera confundir algo así.
?También lo pensé, pero no —insistió Don Beto, sacudiendo la cabeza con firmeza—. Solo era pura hierba y tierra. Nada más.?
Al asintió lentamente, uniendo mentalmente las piezas. ?De hecho, yo también he notado que las hierbas, e incluso algunos árboles, han estado creciendo más rápido de lo normal?, a?adió, recordando su caminata diaria a casa y aquel pasto que parecía alzarse con prisa anormal.
Sofía, consciente de que la conversación no la incluía directamente, se apartó un poco y se agachó para acariciar a Ash, quien se encontraba descansando a su lado. El gato, en un raro gesto de tolerancia, se dejó acariciar, cerrando los ojos y emitiendo un ronroneo profundo y vibrante que parecía una peque?a máquina de paz. Mientras, la joven mantenido un oído atento a la charla de los adultos, pues la curiosidad también le picaba a ella.
Don To?o miró a su sobrino con gesto pensativo, volviendo a observar las tijeras da?adas, a?adió: ?En estas últimas semanas, hemos vendido demasiados repuestos de hojas de podar, machetes y tijeras de repuesto. Quizá esto esté pasando en toda la zona, incluso en la ciudad.? Aunque sonaba exagerado, Don To?o empezaba a mostrar un gesto más preocupado al notar que varias piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.
??Será algún tipo de ataque químico de Estados Unidos??, preguntó Don Beto, con el ce?o fruncido y un tono de preocupación genuina, como si temiera que sus vecinos del norte hubieran enloquecido o se hubieran vuelto ambiciosos y los estuvieran atacando.
?No lo sé, Don Beto, pero…?, comenzó a decir Al, intentando dar su propia teoría, cuando de pronto el sonido de pasos múltiples y voces que se acercaban interrumpió la conversación. Varios clientes comenzaron a entrar al local, llenando el espacio con su murmullo y movimiento.
Don Beto revisó rápidamente el reloj de su teléfono y exclamó: ??Vaya, miren la hora! Ya nos tenemos que ir.? Decidió partir al notar que se le hacía tarde para otros mandados, y se despidió con un apretón de manos de su viejo amigo y de Al.
Sofía, por su parte, se acercó a Al y le dijo con voz dulce pero firme: ?Saluda a Leo de mi parte, ?sí?? Le dio un abrazo fraternal, breve pero cálido, como quien se despide de un hermano mayor, antes de seguir a su padre hacia la salida.
Cuando Don Beto y Sofía se marcharon, Al y Don To?o retomaron su jornada laboral, sumergiéndose de nuevo en el ritmo constante de la ferretería. Dejaron a un lado la inquietante conversación sobre el crecimiento desmedido de la vegetación y se concentraron en sus tareas. Como habían anticipado, los equipos de jardinería machetes, tijeras de podar, guantes y repuestos fueron los artículos más solicitados, vendiéndose con una rapidez inusual. Fuera de eso y del extra?o incidente de las aves aquella ma?ana, el resto del día transcurrió sin mayores sobresaltos, entre el ir y venir de clientes, el sonido de la caja registradora y el constante trajín de un negocio familiar.
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Al caer la tarde, cuando la luz del sol comenzaba a dorar los ventanales del local, se dispusieron a cerrar. Don To?o, mientras bajaba con esfuerzo una de las pesadas persianas metálicas, experimentó uno de esos repentinos destellos de memoria que lo hicieron detenerse en seco. Se volvió hacia Al, su expresión era una mezcla de urgencia y apuro, y se llevó una mano a la nuca, rascándose con nerviosismo.
?Oye, Al, Rosa me dijo expresamente que quiere verte. Insiste en que vayas a cenar con nosotros esta noche aclaró, alzando ligeramente las manos. Y déjame decirte que no es una petición, es una orden. Hasta me amenazó con cancelar mi salida con Beto el miércoles para ver el partido de fútbol si no te llevaba.? Su tono era claramente suplicante, casi patético, como el de un ni?o que intenta negociar una tregua.
Al escucharlo, Al soltó un suspiro profundo y resignado. Conocía demasiado bien el carácter de su tía Rosa: era una mujer de voluntad férrea a la que jamás se le decía que no. Sabía que la opción más sensata y pacífica era simplemente aceptar e ir con su tío.
Recordó con incomodidad la última vez que se había negado. Además del castigo ejemplar que había recibido Don To?o, Rosa había aparecido en su casa con su propio juego de llaves como si aún viviera allí y lo había obligado a limpiar la vivienda a fondo: lavar pisos, limpiar ventanas, organizar armarios… Mientras él sudaba la gota gorda, ella se instaló en el sofá, mirando telenovelas y supervisando cada uno de sus movimientos con la actitud de un general en campo de batalla. Para rematar, lo hizo cocinar la cena completa. Fue una experiencia tan agotadora como humillante, y una que no tenía el menor interés de repetir.
Así que aceptó.
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