# Capítulo 5: ?Orfeo debe morir!
## I. La Presa y el Cazador
El Distrito Inferior…
Ah, el pobre Distrito Inferior, ahora nada más que una arena salvaje, donde la tierra temblaba bajo los gritos de la gente y las miradas fijas de los cazadores. Cada corazón latía al mismo ritmo: la marcha de una guerra entre titanes. ?Qué guerra!
Por un momento breve, pero eterno, Zack —el Emperador del Trueno— perdió la concentración. Sus ojos, hipnotizados por la visión colosal del sol te?ido de sangre, vacilaron. Su cuerpo se relajó, su guardia bajó. Poco sabía que, en ese mismo instante, se había convertido en la presa.
Entre las sombras de las casas, sigiloso como un depredador ancestral, Orfeo se deslizaba. Sus pasos eran el viento. Su cuerpo, puro silencio. Era un lobo escondido en la niebla, y su presa —Zack— ni siquiera se daba cuenta de que estaba atrapado.
Y entonces… el momento se hizo a?icos.
Con una voz tan baja como un susurro de muerte, invocó:
— Técnica Nivel 4 – Orfeo debe morir…
Sus ojos se agrandaron, las pupilas se contrajeron en rendijas de depredador. Venas escarlatas saltaron por su piel, ramificándose como un roble maldito. Su cabello se erizó en una corona de púas, una tormenta de espinas.
Y entonces… se volvió ingrávido. Ligero como una mariposa inquieta en los vientos del caos. Su capa —larga, negra, ondulante— tomó la forma de alas. Desde arriba, Orfeo miraba hacia abajo… no como un hombre, sino como una sentencia.
Zack lo sintió.
Oh, sí. El aire… el aire mismo parecía implosionar. La presión aplastaba sus huesos y, por más que buscaba, sus ojos ya no podían encontrar a Orfeo. La percepción espiritual de Zack, limitada por la humanidad, falló: la multitud abajo, los gritos, los ecos… todo nublaba sus sentidos.
Entonces, en un gesto final, cerró los ojos.
Y se sumergió.
Se sumergió en la esencia. En el pulso invisible de todas las cosas.
El mundo se reveló no como luz o sonido, sino como pura vibración. Y allí…
— Una hoja en un árbol a cincuenta kilómetros de distancia tembló…
— El agua en el pozo en el corazón del distrito se onduló…
— Un grito. El primer sollozo de un ni?o desgarró el tejido del silencio…
— El aleteo frenético de las alas de una mariposa…
Y fue entonces, precisamente allí, en ese más mínimo cambio del viento… que Zack lo encontró.
— “Te encontré… viejo amigo”.
En un segundo que pareció infinito, dos dioses colisionaron. Esa exhibición de fuerza, técnica y voluntad fue más que una batalla. Fue una escultura viviente de poder absoluto: una estatua triste tallada no en piedra, sino en el choque del trueno y la sangre.
## II. La Danza de Luz y Sombra
Orfeo sobrevolaba, una tempestad encarnada, preparando el golpe decisivo contra Zack.
Con una voz que sacudió los cielos, desató su técnica suprema:
— “???Técnica: Reverberación Cuántica!!!”
La hoja de su Katana Escarlata goteaba carmesí vivo, el hierro y la sangre fusionándose en un espectáculo de color. Cada arco del movimiento de Orfeo pintaba el cielo con trazos incandescentes: él, el artista del caos, incendiaba el firmamento.
Desde abajo, Zack rugió:
— “??Luna Negra!!”
Giró sobre su eje, con la espada levantada como un torbellino de sombras. Su cuerpo se retorcía a tal velocidad que sus huesos parecían derretirse en vapor.
— “???Técnica: Colisión Máxima!!!”, tronó Zack, y el cielo respondió.
Los rayos saltaron de las nubes, estrellándose contra la Luna Negra en un cataclismo que encendió la noche. Las chispas brillaron como luciérnagas negras y rojas, iluminando el distrito pobre que, por primera vez, despertaba bajo su propia luz feroz.
Al unísono, Zack y Orfeo bramaron, fusionando la Energía de Sombra y la Llama Carmesí en una sola explosión de poder:
— “?SOL ROJO de un lado… OSCURIDAD DEL VACíO del otro!”
Sus rostros se transformaron: las venas de Orfeo pulsaban como brasas vivas, sus pupilas en llamas. Zack vio el reflejo de su propio rostro, marcado con cicatrices de ébano y rayos crepitantes, elevándose como un escudo viviente a su alrededor.
Por un momento atemporal—
…
…
…
— ???La colisión!!!
Y entonces rieron.
Zack soltó una carcajada estruendosa, el peso de las eras levantándose de sus hombros. Orfeo le devolvió el sonido: una alegría pura y sonora, un deleite que no había sentido en a?os.
Lado a lado, flotando sobre el caos, detuvieron el choque final, conteniendo la tempestad antes de que el mundo pudiera arder.
Orfeo puso una mano en el hombro de Zack.
Zack puso su mano en el hombro de Orfeo.
Sus risas resonaron, llegando a quienes se escondían en los callejones.
La multitud y los cazadores estallaron en un aplauso ensordecedor. Quienes permanecían sentados se pusieron de pie, vitoreando: sabían que habían sido testigos de un momento de leyenda, algo que nunca volverían a ver.
Y así, bajo un cielo pintado de guerra y hermandad, dos emperadores celebraron la victoria de su unión sobre la furia del Vacío.
## III. Epílogo del Amanecer Carmesí
En lo alto, la energía devastadora de Zack se disipó como la niebla del amanecer. Las nubes se abrieron en grietas ardientes, y el último brillo juguetón del sol emergió antes de desaparecer en el horizonte. Una luz carmesí inundó el distrito, transformándolo en un refugio acogedor, cálido de afecto y esperanza.
Agotado, Zack cayó en caída libre, golpeando el suelo con tal velocidad que podría haberlo destrozado, si no fuera por el rescate oportuno.
Orfeo, igualmente exhausto, sintió que su forma volvía a ser carne humana. Sus ojos se cerraron y una sonrisa de misión cumplida curvó sus labios mientras descendía como una hoja al viento.
El "Chico", siempre vigilante, corrió hacia adelante y atrapó a Zack en el último instante, evitando que se estrellara contra la tierra.
“VIEJO TONTO”, suspiró, con una sonrisa satisfecha en su rostro.
K, al ver a su hermano y a su amigo caer del cielo, correu para acunar a Orfeo en sus brazos firmes. Ambos permanecieron a salvo, anclados por el amor de quienes se preocupaban por ellos.
Cazadores y gente del pueblo, embargados por la emoción, formaron un círculo de vítores y aplausos. Sus nombres resonaron como un himno de victoria: un tributo a quienes se atrevieron a desafiar a la oscuridad misma.
## IV. Prólogo a un Nuevo Mundo
El Vacío se agitó una vez más. La niebla oscura —tejida de suspiros olvidados— se extendió por los reinos humanos.
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Los ojos se transformaron en símbolos de poder —furia, pasión, horror—, cada tono portando su propio destino. De las profundidades del mundo del Alma surgieron bestias irracionales y criaturas sensibles, forjadas en el miedo.
Y más allá de todo, se alzaba el **Continente Rojo**, un imperio de pesadilla donde nadie se atrevía a pisar.
Así, se abrió un nuevo capítulo: el mundo del Alma apenas había comenzado su sinfonía de luz y sombra.
*** Ecos en el Camino Rojo
El polvo de In Medias Res se asentó lentamente detrás de ellos, un velo gris sobre las heridas aún frescas de la batalla y la reconciliación forzada. La partida había sido silenciosa, casi furtiva, bajo las miradas vigilantes de Alf y los pocos cazadores que quedaban. Cuatro figuras encapuchadas se movían como espectros contra la luz del amanecer moribundo filtrada por la niebla eterna: Zack, Orfeo, K y, desconcertantemente, el Chico.
él había insistido en ir. Una terquedad que sonaba extra?a en su quietud habitual, o quizás un miedo crudo a ser dejado atrás en ese nido de sombras. Zack había cedido, no por convicción, sino por una falta paralizante de alternativas seguras y un sentimiento incómodo que no podía nombrar al mirar al chico. Dejarlo se sentía mal, pero llevarlo era arrastrarlo al corazón de la tormenta. El peso de esta elección se sumaba a las cadenas invisibles, a ese vacío persistente en su pecho.
El camino rojo, llamado así no por el color del suelo sino por la sangre que frecuentemente lo manchaba, serpenteaba fuera del distrito inferior, un sendero traicionero tragado por la niebla del Vacío. Aquí, lejos de la seguridad relativa (e ilusoria) de los muros improvisados, la presencia del Vacío era palpable, una presión constante en los oídos, un frío que se filtraba en los huesos y parecía resonar con el mismo gélido frío que emanaba de la espada en su espalda.
"Mantengan la formación", la voz de Zack era un gru?ido bajo, casi perdido en el silencio opresivo. "Orfeo, flanco derecho. K, izquierdo. Chico... mantente cerca".
El Chico, envuelto en una capa demasiado grande para él, se movía con una rapidez casi antinatural, sus ojos fijos en la espalda de Zack, una observación pasiva que era difícil de descifrar. Había una distancia calculada entre ellos, una barrera que Zack erigía instintivamente, repelido por algo que no comprendía. En un momento de vacilación, se giró, su mano casi extendiéndose, pero retrocedió, un escalofrío recorriendo su columna. "Cuidado por dónde pisas", fue todo lo que logró decir, con su voz más dura de lo que pretendía.
Orfeo, caminando con ligereza felina a pesar de la tensión, lanzó una mirada inquisitiva a K. "Nuestro líder y sus... peculiares instintos paternales", murmuró, con la ironía habitual te?ida de algo más. K respondió con el ce?o fruncido, su mirada sobre Zack cargada de una preocupación que él parecía incapaz de aceptar.
Las primeras horas estuvieron marcadas por un silencio pesado, roto solo por el sonido de sus pasos y el susurro indistinto de la niebla. Pero la quietud era una mentira. Pronto, surgieron los primeros signos de peligro. No eran los monstruos sin mente habituales. Eran diferentes. Criaturas retorcidas, con múltiples extremidades y ojos que brillaban con una inteligencia maligna, acechaban en las sombras, moviéndose con una coordinación inquietante. Una emboscada rápida y brutal puso a prueba la cohesión del grupo. Zack y Orfeo lucharon codo con codo, una danza letal de sombras y llamas escarlatas, mientras K protegía el flanco. El Chico, acurrucado detrás de una roca, observaba no con terror infantil, sino con una atención enfocada, casi analítica, que hizo que K se estremeciera cuando lo notó.
"Están pensando", jadeó K después del enfrentamiento, limpiando el icor negro de su hoja. "Nunca los había visto actuar así".
"Milos", respondió Orfeo, sus ojos rojos escaneando la niebla con sospecha. "O su influencia está corrompiendo incluso a las bestias".
Esa noche, acamparon en un círculo cerrado, el fuego crepitando bajo, una isla precaria de luz en la oscuridad devoradora. El Chico se durmió primero, o pareció hacerlo, acurrucado cerca de K, pero sus ojos se abrieron ligeramente en la sombra cuando pensó que nadie miraba. Orfeo montaba guardia, tenso. Zack, incapaz de descansar, se sentó aparte, su mano flotando sobre la empu?adura fría de la Luna Negra. La espada parecía pulsar ante su proximidad, una resonancia hambrienta que le daba náuseas.
Cerró los ojos, buscando un momento de paz inexistente, y el sue?o lo arrastró a un abismo familiar. Vio su granja, el sol dorado, la sonrisa de su esposa... pero la imagen se fragmentó, se pudrió en los bordes. Su rostro se contorsionó en una máscara de agonía silenciosa, los Ojos Dorados convirtiéndose en agujeros negros que lo succionaban. Una voz, que era y no era la de ella, siseó en su mente, fría como el acero de la hoja: "La canción... nunca termina... mientras recuerdes... mientras sientas..."
Despertó de golpe, ahogándose, el corazón martilleando contra sus costillas, el sudor frío empapando su frente. La sensación no era de una pesadilla, sino de una intrusión, de algo siendo arrancado o suprimido dentro de él. La Luna Negra yacía a su lado, impasible, pero podía sentir su peso opresivo, su gélida satisfacción. La advertencia no era sobre el Vacío; era sobre la espada misma, sobre la oscuridad que cargaba.
Dos días después, agotados y atormentados por una creciente sensación de irrealidad, llegaron a las ruinas del antiguo puesto de vigilancia. El lugar estaba demasiado silencioso. Una sensación de profanación flotaba en el aire. Marcas extra?as, símbolos que ninguno de ellos reconocía, estaban tallados en las paredes, pulsando con una energía tenue y enfermiza.
"Esto no es obra de soldados comunes", murmuró Orfeo, con el malestar evidente en su voz. "Es ritualista. Energía del Vacío, canalizada... mal".
Dentro de la estructura principal, encontraron el horror. Restos de criaturas del Vacío, disecados y reorganizados en patrones grotescos. Equipo alquímico roto. Y, en el centro de la habitación, un círculo de invocación quemado en el suelo, que aún emanaba calor residual y el hedor característico de la magia corrupta.
"Milos no solo estaba de paso", afirmó Zack, sus Ojos Negros escaneando la escena, una náusea de déjà vu asaltándolo. "él estaba... buscando algo. O preparando el terreno".
K encontró un fragmento de pergamino quemado. "Habla de... cosechar ecos... amplificar la resonancia..." Su voz vaciló. "Zack, lo que sea que Milos esté haciendo, parece conectado a esta energía profana".
La comprensión quedó suspendida entre ellos, pesada como la niebla exterior. La cacería se había convertido en algo más siniestro. Milos no era solo un mercenario; era un peón, o quizás um maestro, en un juego mucho más peligroso, sus reglas dictadas por el propio Vacío. Y ellos, especialmente Zack, sentían como se veían arrastrados hacia el centro de un tablero dise?ado por la locura.

