El amanecer llegó a la aldea no con estruendo, sino como un suspiro de luz dorada que fue despertando el mundo. Una brisa suave, cargada del aroma a tierra mojada y flores que se abrirían con el nuevo día, acariciaba las caba?as. El canto lejano y alegre de los pájaros de colores brillantes llenaba el aire. La luz del sol naciente se filtraba entre las hojas de los árboles gigantes, creando un mosaico danzante de sombras y brillo sobre el suelo, haciendo que el rocío ma?anero centelleara como millas de diamantes sobre la hierba. Era uno de esos días raros y perfectos que parecían prometer algo bueno desde el primer instante, una tregua de felicidad pura.
La primera en sentirlo, en absorber esa promesa con todo su ser, fue la peque?a Suri.
Con una emoción que burbujeaba dentro de ella como un manantial, salió de su caba?a casi al amanecer. No caminó; Corrió , descalza, sintiendo el rocío fresco entre los dedos de los pies, directo hacia la caba?a de Erik. Entró con un cuidado exagerado, empujando la cortina de tela que hacía de puerta solo lo necesario, procurando no hacer el más mínimo ruido, como si lo que iba a hacer fuera el secreto más importante y delicioso del mundo.
Dentro, el aire aún guardaba el calor del sue?o compartido y el aroma a flores frescas y otras más antiguas. Erik y Mika dormían profundamente, sus respiraciones eran lentas y sincronizadas, un ritmo de paz absoluta y cansancio bien ganado.
Suri excitando , una sonrisa que le iluminaba toda la cara, llenando la caba?a con su mera presencia. Con pasos de felino peque?o, se acercó a la cama. Sin dudar, trepó con una delicia sorprendente y se acomodó sobre las mantas, justo entre ellas , hundiéndose en el valle formado por sus cuerpos, como si ese hueco hubiera estado esperándola. Su cuerpecito, ya tibio por los primeros rayos de sol que entraban por la ventana, formaba un puente cálido entre los dos adultos.
— Erik… Mika… —susurró primero, su voz un hilo de sonido lleno de afecto y una pizca de emoción contenida—. Despierten… El sol ya está saliendo, y está diciendo buenos días con fuerza.
Erik gru?ó apenas, un sonido gutural y adormilado, y se volvió un poco hacia ella. Mika recostada sobre sus pechos, se movió también, un murmullo quejumbroso escapándosele, enterrando la nariz más en la almohada, aún medio sumergida en los sue?os.
Suri no pudo contener su alegría por más tiempo. Su sonrisa se amplió hasta casi lastimarle las mejillas, mostrando todos sus dientecillos blanquecinos.
— ?Hoy es un día muy hermoso! —anunció, ahora con un entusiasmo contenido pero que vibraba en cada sílaba—. ?El más hermoso de todos! ?El lago nos está llamando! ?Vamos todos juntos a nadar! ?Toda la aldea!
Erik abrió los ojos lentamente, pesados ??por el sue?o y el peso emocional de la noche anterior. Lo primero que enfocó, borroso al principio y luego con una claridad que le llegó directo al corazón, fue el rostro feliz de Suri a escasos centímetros del suyo. Sus ojos celestes brillaban como estrellas diurnas, su sonrisa era tan amplia y contagiosa que parecía almacenar la luz del sol naciente. Estaba tan llena de vida pura, de anticipación gozosa, que no pudo evitar que una sonrisa lenta, genuina y adormilada se dibujara en sus propios labios.
— ?Tan temprano, peque?a tormenta de alegría? —murmuró, su voz ronca y áspera por el sue?o—. El sol apenas se asoma por entre los árboles… podríamos dormir un ratito más…
— ?No, no, no! —negó Suri, balanceándose de rodillas con energía—. ?Esta es la mejor hora! ?La hora de empezar a alistar todo para ir al lago! ?Tenemos que preparar las canastas, la comida, las frutas, las toallas…! ?Hay mucho que hacer! ?Mira, mira! —insistió, se?alándose con las manos—. ?Yo ya estoy lista!
Para demostrarlo, se puso de pie de un salto sobre el colchón (haciendo que Mika abriera un ojo con expresión de susto) y posó con las manos en sus caderas. Llevaba una polera ligera , casi blanca, que le quedaba un poco holgada y le daba un aire adorable, y unos shorts cortos, sencillos de un tejido resistente que Lera había confeccionado expresamente para mojarse y secarse rápido. No había adornos, ni colores llamativos. Era ropa práctica, cómoda, hecha con una única y clara intención: disfrutar del agua sin impedimentos. Y, lo más importante a los ojos de Erik, cubriría su cuerpo.
— ?Así puedes venir con nosotras! —explicó, dando una vuelta sobre sí misma para que vieran el conjunto completo—. ?Todas estaremos con ropa igual! ?Ya no estaremos… bueno, desnudas como siempre! ?Y así tú podrás nadar con nosotras sin ponerte rojo como una flor al sol! —a?adió, riéndose un poco de su propia ocurrencia, una risita cristalina que llenó la caba?a.
Erik la miró, la sorpresa dando paso inicial a un nudo cálido, enorme y conmovedor en el pecho. La comprensión lo inundó como una ola suave. Todo esto... lo habían planeado. Por él. Por hacerlo sentir incluido, cómodo, parte del grupo sin reservas. Por respetar su timidez, su sentido del pudor, no burlándose, sino adaptándose con una amabilidad práctica y amorosa que le quitaba el aliento.
— Suri… —logró decir, y su voz sonó extra?amente gruesa, cargada de una emoción que no podía nombrar.
Antes de que pudiera articular algo más, en la entrada, apartando suavemente la cortina, apareció Lera , con su habitual serenidad pero con un brillo de satisfacción en sus ojos profundos. Cargaba un peque?o montón de ropa doblada con una precisión casi magistral .
— Buenos días a los dormilones —saludó con una sonrisa tranquila y un destello astuto en la mirada, como si estuviera disfrutando mucho del momento. Se acercó a la cama con pasos silenciosos, primero se acercó a Erik para darle un beso de buenos días en los labios y después fue al otro lado de la cama y depositó el conjunto cuidadosamente sobre un taburete de madera cercano donde estaba Mika—. Esto es para ti, Mika. Ya les entregué a los demás. Todas tienen su propio conjunto listo y esperando. Hada, por supuesto, casi se pone un dise?o algo elaborado, diciendo que si íbamos a usar ropa, ?que al menos fuera memorable! —Lera hizo una pausa, riendo suavemente—. Pero la convención de que lo simple, ligero y que se seque rápido es infinitamente mejor para nadar de verdad.
Mika, ya completamente despierta por la conmoción y la conversación, se incorporó apoyándose en un codo, apartándose un mechón de cabello de la cara. Observó la ropa con curiosidad. Era muy similar a la de S uri: un top corto blanco y unos shorts cortos de un tono café grisáceo (o topo) . Todo en telas ligeras, porosas, que claramente estaban pensadas para medirse al agua, mojarse sin problemas y secarse al sol en un suspiro.
— Así todos podremos nadar juntos —continuó Lera, dirigiendo una mirada significativa y ligeramente divertida hacia Erik— sin que nuestro amado ya veces demasiado tímido tenga que pasarse el día entero mirando al cielo, contando nubes, o cavando hoyos en la arena con la intensidad de quien busca un tesoro, todo para evitar ruborizarse al vernos a todas en nuestra… eh… 'vestimenta al natural'.
Erik pasó una mano por su rostro, frotándose los ojos como si no diera crédito a lo que veía y escuchaba, aún procesando la escena. Una peque?a risa , nacida de la incredulidad, la ternura y una profunda gratitud, le brotó del pecho y se escapó entre sus dedos.
— ?En serio? ?Todo esto… por mí? —preguntó, mirando a Suri, luego a Lera, y finalmente a Mika, buscando confirmación en sus rostros.
Suri ascendió con una energía tan explosiva que hizo temblar el colchón bajo sus pies.
— ?Claro que sí! ?Obvio! —exclamó, como si fuera la verdad más evidente del universo—. ?Tú dijiste que querías venir a nadar con nosotras, que te encantaría! ?Pero también dijiste, con esa carita roja que pones, que no podías porque nosotras… bueno, lo hacíamos, nadábamos sin ropas ! —Hizo un gesto amplio con las manos, como a cubrir la idea—. ?Así que, a hora todos podemos! ?Y somos una familia, ?no es cierto?! ?Las familias hacen cosas juntas, se divierten juntas! ?Así que hoy… hoy haremos esto! ? Todos juntos ! ?Tú, yo, Mika, Lera, todas!
Suri, incapaz de contener su euforia por más tiempo, saltó de la cama como un recurso, su energía pareciendo rebotar en las paredes de madera.
— ?Vamos, Lera! —dijo, tomándola de la mano y tirando suavemente pero con una determinación que no admitía negativas—. ?Si no vamos ahora, Hada se va a comer todo el pan de raíces y las frutas frescas! ?Y después dirá que no tiene energía para nadar, pero yo sé que es porque se las comió todas! ?Necesitamos comer para la aventura en el lago!
Lera rió suavemente, una sonrisa genuina iluminando su rostro serio, y se dejó llevar por el ímpetu de la ni?a sin resistencia.
—Tienes razón, peque?a. Un nadador bien alimentado es un nadador feliz. Vamos entonces a asegurar nuestra parte del botín.
Antes de salir por la puerta, Suri se detuvo en seco, como si recordara algo crucial. Corrió de vuelta a la cama en dos zancadas rápidas, se inclinó y abrazó a Erik con una fuerza sorprendente para su tama?o, enterrando su cara en el hueco de su cuello, donde su piel olía a sue?o ya seguridad. Luego, con la misma ternura explosiva, hacia Mika y la abrazó también, dándole un beso rápido y sonoro en la mejilla .
— ?Y no se tarden, eh! —ordenó, se?alándolos a ambos con un dedo índice muy serio, aunque sus ojos brillaban de pura alegría—. ?El lago nos espera, y el agua está más fresca, más clara y más brillante que nunca! ?Hoy es nuestro día! ?De todos!
Y con eso, como un torbellino de luz y risas, salió corriendo , arrastrando tras de sí a una Lera que parecía rejuvenecer diez a?os con cada paso. La caba?a volvió a quedar en silencio, pero ahora era un diferente, cargada de la cálida resonancia de la felicidad de Suri , como si el eco de su alegría se hubiera impregnado en el aire y en las paredes.
Solo quedaron Erik y Mika.
La luz de la ma?ana entraba con calma, iluminando con un rayo dorado perfecto precisamente el conjunto de ropa doblado con esmero sobre el taburete. Mika se levantó despacio, estirándose como un gato después de una larga siesta, un movimiento que destacaba la suavidad de sus curvas a la luz tenue. Tomó la ropa entre sus manos, sintiendo la textura. La examina con ojo crítico pero apreciativo, pasando los dedos por la tela. Era suave, bien cosida, práctica. Le gustaba .
Aun así, frunció un poco el ce?o , no de desagrado, sino de reflexión profunda . Un pensamiento complejo cruzaba su mente.
— Me gusta —admitió en voz alta, sentándose a lado de Erik y dejando la ropa sobre sus piernas—. Es cómoda, está bien hecha, el color es bonito… es diferente a lo que usamos siempre. Pero… —hizo una pausa, buscando las palabras exactas, mordisqueando suavemente su labio inferior— no sé si quiero que esto se convierta en la regla. Que tengamos que usarla siempre que vayamos al lago, desde ahora hasta el fin de los días.
Erik, que ya se había sentado en el borde de la cama alado de ella, observándola con una mezcla de amor y curiosidad, inclinó la cabeza.
— ?Por qué no? —preguntó con suavidad—. Pensé que te agradaría la idea. Que yo pudiera ir con ustedes sin… bueno yo, ya sabes.
Mika dudó un segundo más, luego una sonrisa pícara ya la vez tímida , una combinación que solo ella podía lograr, asomó a sus labios. Se recostó en sus piernas, poniendo su espalda sobre los muslos fuertes y firmes de Erik.
— Porque… —dijo, bajando la voz a un susurro confiado , íntimo, que creaba un mundo de dos dentro de la caba?a—, las cosas han cambiado. Entre tú y yo, y los demás. Ya no tienes esa vergüenza torpe, ese rubor instantáneo que tenías al principio, al verme desnuda oa las otras. Ya no desvías la mirada como si te hubieran golpeado. —Su sonrisa se hizo un poco más picara, un destello de orgullo en sus ojos—. Y a mí… la verdad, me gusta que me veas. Me gusta la manera en que me miras ahora. No es la mirada de un extra?o avergonzado. Es la mirada de mi esposo. De alguien que me conoce, me aprecia… y me encuentra hermosa, así como soy. Me gusta que seas tú quien me vea.
Erik avanzando lentamente, una comprensión cálida iluminando sus propios ojos. Captaba la profundidad de lo que decía. No era una conversación sobre tela o desnudez; era sobre intimidad conquistada , sobre confianza absoluta ganada con el tiempo y el cuidado.
—Lo entiendo perfectamente —dijo él, su voz también baja, un ronroneo entre ellos—. Yo tampoco tengo ya esa timidez… cuando me ven a mí desnudo, o cuando las veo a ustedes. Con mis esposas. Con mis amadas. Que me vean… y verlas a ustedes… se ha vuelto algo natural. Hermoso, como dices. Es parte de lo que somos. De nuestra confianza. No es algo de lo que esconderse.
Mika lo miro desde su sitio un instante, luego se enderezo para sentarse a su lado y bajo la mirada y jugueteando con el dobladillo del short nuevo, un gesto inusualmente cohibido. Luego alzó la vista de nuevo, y ahora su expresión era de seriedad comprensiva, la de alguien que pone el bienestar de otro por delante de un deseo personal.
—Pero con Suri… es distinto —afirmó, haciendo eco de sus pensamientos—. Verdad? No es lo mismo.
Erik sonrió con una ternura que le ablandó los rasgos. Extendió la mano y le acarició el brazo con el dorso de los dedos.
—Si —confirmó—. Si todas ustedes, sus figuras de referencia, sus ‘hermanas mayores’, están desnudas en el agua, jugando, riendo… Suri querrá hacer lo mismo. Es normal para ella, es lo que conoce por vivir con solo chicas. —Hizo una pausa, buscando la forma de expresar su inquietud más profunda—. Y ella… ella aún es una ni?a. Está en pleno crecimiento. Yo… —su voz se suavizó aún más.
Mika respiró hondo, una exhalación larga y serena que era a la vez aceptación y amor. Abrazó la ropa contra su pecho desnudo, no como un escudo, sino como un símbolo.
—Entonces la usaremos —declaró, con una firmeza dulce pero inquebrantable—. Por ella. Con gusto. Sin quejas. Es un peque?o gesto por un bien mucho mayor. Por su paz, y por la tuya. —Lo miró directamente a los ojos, y en su mirada había una comprensión total—. Comprendo perfectamente, Erik. No es timidez tuya hacia nosotras ahora. Es cuidado hacia ella. Y eso… eso lo respeto y lo valoro más de lo que las palabras pueden decir.
Erik sintió que aquel nudo cálido en su pecho se expandía, llenándolo de una gratitud inmensa. La comprendía a ella, y ella lo comprendía a él. No hacían falta más explicaciones.
—Gracias, Mika —susurró, y las dos palabras contenían un universo de significado.
Ella se inclinó y le dio un beso suave en los labios, un sello de su pacto no dicho.
—De nada, mi amor. Ahora —dijo, levantándose y ofreciéndole una mano—, vistámonos. Que esa ‘peque?a fuerza de la naturaleza’ no vuelva a entrar y nos encuentre aquí aun sin vestirnos, el lago nos espera.
Se levantaron juntos, unidos por esa nueva capa de entendimiento, todavía intercambiando sonrisas cómplices y de vez en cuando una risa baja y compartida. Comenzaron a vestirse con sus ropas normales por ahora. Afuera, la ma?ana seguía avanzando, cada vez más brillante, más cálida y más prometedora, resonando con la alegría de una ni?a y la armonía de una familia que sabía adaptarse, comprenderse y amarse, en todas las formas que fueran necesarias.
Erik y Mika llegaron juntos, tomados de la mano, a la gran mesa comunal bajo el dosel de enredaderas y flores trepadoras. El desayuno ya estaba servido y humeante, un festín matutino que celebraba el día especial. El aroma del pan de raíz recién horneado, dulce y terroso, se mezclaba con el de las frutas frescas y las infusiones de hierbas que llenaban el aire con una promesa deliciosa de energía y bienestar. Las chicas ya estaban sentadas, conversando en voz baja sobre los planes del día… pero algo llamó de inmediato la atención de ambos.
Las nuevas ropas. Cada una de las jóvenes esposas sostenía su conjunto con una mano mientras desayunaba con la otra, examinándolas como si fueran artefactos de una cultura desconocida.
Becca las examinaba con curiosidad creciente, su mente analítica en pleno funcionamiento. Estiraba la tela entre sus dedos pulgar e índice, probando la suavidad y capacidad de absorción. Arlea las tocaba con suavidad, evaluando la textura del tejido y el corte con ojo crítico pero apreciativo. Hada las observaba en silencio desde su asiento, con una leve sonrisa en los labios que parecía contener un universo entero de comentarios picantes, bromas y sugerencias por hacer, que se contenían solo por la presencia de Suri.
—Así que estas son las famosas ‘‘ropas para nadar’… —murmuró Becca, sin levantar la vista de la costura que inspeccionaba—. No están mal. La tela es ligera, permite la transpiración. Los cortes son prácticos, no restringirán el movimiento de brazos y piernas para nadar de verdad. Es un dise?o eficiente.
Erik se sentó junto a Mika, sintiéndose ligeramente nervioso bajo tantas miradas evaluadoras y curiosas. Había prometido, mucho tiempo atrás, ir a nadar con ellas cuando aún no eran sus esposas, cuando la timidez y el desconcierto lo paralizaban. Pero ahora… ahora las cosas eran diferentes. Ahora las veía a todas, sus esposas, con una naturalidad y un amor que habían borrado esa timidez inicial. Y parecía que, para algunas de ellas, la necesidad de las prendas ya no era tan clara, ahora que él las miraba sin ruborizarse tanto.
Mientras su mente daba vueltas a eso, Suri, sentada a su lado, ya comía con un entusiasmo desbordante, completamente ajena a cualquier incomodidad potencial o debate adulto.
—?Son geniales! —declaró Suri con la boca medio llena del pan y alguna fruta, haciendo un gesto amplio y entusiasta con las manos—. ?Así Erik puede nadar con nosotras y no se queda solo en la aldea, haciendo caras tristes o inventando trabajos urgentes! ?Hoy nadamos todos juntos! ?Va a ser lo mejor!
Esa simple declaración, dicha con la certeza absoluta y solar de una ni?a para quien el mundo se dividía entre ?divertido con familia? y ?aburrido sin familia?, pareció zanjar cualquier duda o resistencia remanente de inmediato.
Un murmullo de asentimiento práctico y afectuoso recorrió la mesa. Si era por hacer feliz a Suri, y por extensión, a Erik, cualquier ajuste, por peque?o o extra?o que pareciera, valía la pena.
Después del desayuno, cuando los platos estaban casi vacíos y Suri se había levantado como un torbellino para ir a alistar las canastas con más frutas, mantas suaves y cosas para el lago, Mika se aclaró suavemente la garganta y se puso de pie. Todas las miradas, ahora libres de la distracción de la comida, se volvieron hacia ella con expectación.
—Chicas —dijo con suavidad pero con una claridad que atravesaba el murmullo matutino—, antes de que salgamos, quería explicarles algo sobre esto de la ropa nueva. Para que no haya malentendidos y todos estemos en la misma… ola.
Todas la escucharon con atención, incluso las mayores, que se acercaron al borde del grupo con interés.
—Usarlas, a estas alturas… bueno, no es una obligación —continuó Mika, recorriendo el círculo de rostros conocidos con su mirada seria—. Es una elección. Una elección consciente que hacemos por Suri.
Hizo una pausa, buscando y encontrando la mirada de Erik, quien le respondió con una peque?a pero firme sonrisa de apoyo y gratitud.
—Si todas nosotras, estamos desnudas en el agua, como siempre lo hemos hecho —explicó con una lógica calmada e irrefutable—, Suri querrá hacer lo mismo. Es natural. Querrá imitarnos, sentirse parte del grupo de la manera más directa que conoce. Y Erik… —Mika hizo un gesto leve hacia él— Erik cree, y yo estoy de acuerdo, que ella aún es muy joven, y que no es el momento para que se exponga así delante de él, por más que sea ahora su hermano y la ame. No por vergüenza de él hacia ella, sino por cuidado hacia ella. Así que, mientras sea peque?a… usaremos estas ropas que Lera hizo, con ayuda de los dise?os que Erik le hiso hace tiempo, para cubrirnos.
Hubo un breve silencio mientras las palabras de Mika, cargadas de sentido común y amor, se asentaban en la mente de cada una. Luego, asentimientos firmes y expresiones de comprensión.
—Tiene todo el sentido del mundo —dijo Becca con su tono práctico y desapasionado que, sin embargo, ahora tenía un deje de calidez—. Es lógico y considerado. Recordemos que antes, cuando nadábamos desnudas, éramos solo chicas. Entre nosotras no existía ese… ‘pudor’, esa dinámica distinta. La presencia de Erik lo cambia. No por él, sino por lo que significa para la más peque?a del grupo.
—Sí —a?adió Arlea, con una sonrisa dulce y un brillo de complicidad en los ojos—. Por ella, con mucho gusto la usaré. Es un peque?o gesto por un bien mayor. Y la tela, de verdad, es muy suave.
Hada sonrió un poco más, una sonrisa que ahora era abiertamente pícara y juguetona. Su mirada se posó en Erik con un destello de travesura pura y maliciosa.
—Además… —dijo, alzando su top nuevo griseaso y dejándolo caer con un gesto teatral, jugueteando seductoramente con el borde del escote—, esto tiene su lado muy, muy bueno. Al fin podremos estar todos juntos en el lago, riendo, jugando a salpicarnos, compitiendo por llegar a la roca… sin que nuestro amado y a veces demasiado serio esposo tenga que pasarse el tiempo construyendo algo encerrado en su caba?a o buscando excusas épicas para no venir y mirar. Podremos pasarla bien… todos. Incluyéndolo a él, dentro del agua, con nosotras. Eso, por sí solo, vale el precio de la ropa.
Lera fue aún más directa, con una sonrisa abiertamente divertida y cómplice mientras recogía los últimos platos vacíos. Se inclinó ligeramente hacia el centro del grupo, bajando la voz en un tono que era claramente una confidencia grupal cargada de intención.
—Y seamos realistas chicas, aceptémoslo —dijo sin rodeos, dirigiendo una mirada elocuente y llena de promesa a Erik, que empezaba a sentir un calor familiar en la nuca—, cuando Suri se canse de nadar y se vaya a buscar sus rocas de colección a una orilla lejana… ya veremos si estas prendas siguen siendo tan… —hizo una pausa dramática, mirando a cada una de las otras— necesarias. Quizás… el calor del sol sea tan intenso que se nos olviden. O que el agua las arrastre lejos. Accidente fortuito, por supuesto. Y entonces, quién sabe… tal vez podamos disfrutar de un chapuzón más… natural con nuestro amado esposo. Sin intermediarios textiles.
Erik, que en ese preciso instante estaba tomando un sorbo de su infusión, se atragantó levemente. El líquido le salió por la nariz entre una tos y una risa ahogada. El sonido, tan perfectamente sincronizado con la provocación de Lera, provocó una oleada de risas alegres, desinhibidas y llenas de picardía alrededor de la mesa.
—?Tranquilo, corazón! ?No te ahogues antes de llegar al agua! —dijo Hada entre carcajadas, dándole unas palmaditas en la espalda que eran más burlonas que terapéuticas—. Sabemos cuándo y cómo. No vamos a… acorralarte entre todas de manera salvaje… —hizo una pausa, intercambiando una mirada cómplice con Lera—. Bueno, quizás sí. Pero sólo un poquito. —Su sonrisa era ahora un desafío puro y encantador.
Incluso las mayores, que habían observado el intercambio con sus sabias miradas, se habían acercado. Jaia habló con su habitual serenidad, pero con una chispa de humor en sus ojos antiguos.
—Nosotras también iremos —anunció—. Nos quedaremos en la orilla, a la sombra del lugar de descanso. No para vigilar… sino para disfrutar del espectáculo. Verlos a todos juntos, felices, es un regalo para estos viejos ojos.
Jerut se encogió de hombros con su actitud práctica de siempre, pero una sonrisa casi imperceptible asomó en sus labios.
—No es que no sepamos nadar —aclaró, con un destello de su antigua fiereza y orgullo en los ojos—. En mis tiempos, cruzaba nadando el lago de un extremo a otro sin respirar. Pero estos huesos viejos ya no acompa?an como antes para andar chapoteando como cabras juguetonas. Prefiero ver desde la orilla, con los pies en el agua fresca, y reírme de sus travesuras en el agua.
Alisha sonrió con una dulzura que parecía iluminar su rostro arrugado desde dentro.
—Verlos a todos juntos, riendo, jugando, cuidándose… eso ya es un banquete para el alma —dijo, su voz un susurro cargado de emoción—. Para nosotras, sentarnos juntas, ver a nuestra familia completa y feliz… es más que suficiente. Es el verdadero tesoro.
El ambiente en la mesa estaba ahora electrizado con una energía alegre, cálida y ligeramente traviesa. Las risas seguían flotando en el aire, los gui?os y sonrisas cómplices volaban de un lado a otro, y la promesa del día en el lago se había transformado en algo mucho más rico y emocionante: no solo un viaje familiar, sino una celebración del amor, la complicidad y la picardía compartida entre esposos, todo ello envuelto en el inocente y alegre entusiasmo de una ni?a que solo quería que su hermano nadara con ellas.
Erik, recuperándose del ataque de risa y tos, miró a su alrededor, a sus esposas, a su hermanita correteando en la distancia, a las mayores sus madres adoptivas sonriendo, y supo, sin ninguna duda, que este era, definitivamente, el mejor día de todos.
La aldea empezó a moverse con ese ritmo alegre, coordinado y un poco caótico que solo anunciaba una salida colectiva. Unas preparaban canastas de fibras de lianas con comida envuelta en hojas: pan de raíz, quesos frescos, frutas brillantes. Otras juntaban mantas gruesas para tender en la orilla, cuerdas para colgar hamacas improvisadas entre los árboles y utensilios sencillos. El ambiente era animado, casi festivo, salpicado por risas, llamados y el sonido de pies descalzos sobre la tierra.
Erik, mientras tanto, se había apartado un momento a un lado para revisar lo poco que tenía en cuanto a ropa para la ocasión. Se miró y suspiró, enfrentándose a un dilema práctico.
Por un lado, su nuevo pantalón que Lera se la hizo con amor, de una tela resistente pero aún sin desgastar, demasiado "bueno" y pesado para empaparse en el lago y arrastrar barro después.
Por otro, su viejo pantalón, el que había llegado a usar desde su llegada de la Tierra. Estaba lleno de parches sobre parches, remiendos cosidos con torpeza, y manchas de tierra, savia y recuerdos de jornadas duras de supervivencia.
—Eso ya es más parche que ropa —murmuró para sí, negando con la cabeza con una sonrisa resignada—. Y no creo que sobreviva a un día de agua y arena sin desintegrarse en pleno lago, dejándome en una situación… complicada.
Decidido, suspiró de nuevo y se dirigió a su caba?a y ponerse el viejo pantalón de todos modos. Al menos era suyo. Lo que no sabía era que Lera, con su previsión característica, ya había pensado en ese detalle.
Mientras las demás seguían organizándolo todo y vistiéndose y probándose o ajustando sus nuevas prendas, Lera revisó un peque?o paquete de tela que había dejado aparte. Dentro, doblado con cuidado, había un pantalón corto. No era de lino fino, sino de una tela resistente pero flexible, similar a la de los shorts de las chicas pero un poco más grueso. Era cómodo, claramente hecho para el agua, con un corte que permitiría moverse con libertad. No era tan corto como los de ellas —llegaba casi a la rodilla—, una consideración pensada para que no resultara excesivamente revelador en la diferencia de un cuerpo de mujer al de un hombre, para que los ojos curiosos de Suri no notara esa diferencia, y sería infinitamente más práctico y digno que el viejo pantalón remendado de Erik.
Arlea se acercó silenciosamente, observando cómo Lera daba los últimos toques a una costura.
—?Es para él? —preguntó en voz baja, se?alando el pantalón corto.
—Sí —respondió Lera sin levantar la vista, concentrada en su puntada—. Se merece algo decente para divertirse con nosotras.
Arlea sonrió, un gesto dulce y comprensivo. Extendió la mano.
—Yo se lo llevo —ofreció—. Así no se preocupa por buscar o pensar que no tiene nada adecuado para nadar con nosotras.
Lera asintió, agradecida, y le entregó la prenda.
—Gracias, Arlea. Dile que lo pruebe; si necesita ajustes, todavía hay tiempo.
Arlea asintió y, con el pantalón corto cuidadosamente doblado sobre sus brazos, se dirigió con pasos ligeros hacia la caba?a de Erik.
Dentro de la caba?a, Erik estaba en ese momento de vulnerable transición. Se había quitado su ropa del día y estaba a punto de ponerse una ropa interior limpia (otro regalo práctico de Lera) y luego, con resignación, sus viejos pantalones remendados. Estaba de pie, espalda a la entrada, completamente absorto en su dilema textil, cuando escuchó pasos suaves y el roce de la cortina de la puerta.
—?Erik? —la voz de Arlea, siempre tan suave y melodiosa, sonó desde la entrada, un poco titubeante.
La tela que hacía de puerta se movió a un lado y Arlea entró… y se detuvo de golpe, sus ojos adaptándose a la penumbra interior y encontrando la figura de Erik parado exactamente como vino al mundo, desnudo, con la espalda ancha y musculosa vuelta hacia ella, iluminada por un haz de sol que se colaba por una rendija.
Erik, al sentir su presencia y notar el silencio súbito, se dio la vuelta lentamente, no con un movimiento brusco. Se quedó quieto, totalmente de frente, algo sorprendido, pero no en pánico. Ya no sentía aquella vergüenza paralizante y aguda de los primeros tiempos, la que lo hacía querer esconderse detrás de cualquier cosa. Con Arlea, como con las demás, había construido confianza. Pero tampoco estaba del todo cómodo; era un momento íntimo, interrumpido sin aviso.
Arlea, por su parte, nunca lo había visto así. Solo conocía la versión vestida de Erik, la de las sonrisas tranquilas, las manos callosas trabajando, cuando cocinaban juntos, abecés abrazados y besos suaves y el rostro sereno en la mesa comunal. Lo demás, lo que sucedía en la privacidad de las noches de las otras, solo lo conocía a través de comentarios entre risas suaves, miradas cómplices y susurros juguetones que las demás compartían en sus charlas de mujeres, cuando hablaban de su esposo compartido con una mezcla de admiración, cari?o y, a veces, una picardía que a Arlea siempre le había hecho sonrojarse un poco por omisión.
Se quedó inmóvil por un segundo completo, su mente procesando la imagen. Luego, bajó la mirada apenas, no por pudor ofendido, sino porque una oleada de calor intenso le subió desde el cuello hasta las raíces del cabello, ti?endo sus mejillas de un rosa brillante.
—Lo siento… —logró decir, su voz un hilo de sonido cargado de una timidez genuina—. No quise… interrumpirte así.
Erik respiró hondo, manteniendo la calma. No se cubrió con las manos ni buscó apresuradamente una prenda. Permaneció donde estaba, aceptando la situación con una serenidad que era nueva incluso para él.
—No pasa nada, Arlea —respondió con una calma que esperaba fuera contagiosa, sin moverse de su sitio—. En serio. Ya justo iba a vestirme para ir con ustedes y ayudar a llevar las cosas al lago.
Arlea respiró hondo también, intentando recomponer su compostura. Con un esfuerzo visible pero gentil, alzó la mirada de nuevo, esta vez manteniéndola en su rostro, evitando descender. Se acercó unos pasos, lo justo para estar a su alcance, y le tendió la prenda que llevaba.
—Lera… hizo esto para ti —dijo, y notó con alivio que su voz sonaba más firme—. Para que puedas nadar en el lago con nosotras… con comodidad y sin… preocupaciones.
Erik tomó el pantalón corto, sus dedos rozando los de ella por un instante. Sintió la calidad de la tela, el cuidado del trabajo.
—Gracias… —dijo, y su agradecimiento era profundo, no solo por la prenda, sino por el gesto, por la manera en que estaba manejando el momento—. A Lera… y a ti.
Arlea no se fue de inmediato. Se quedó ahí, en ese espacio cargado de una nueva intimidad, todavía algo nerviosa, pero con una curiosidad sincera y un afecto creciente que le nublaba la timidez. Sus ojos, ahora adaptados al ambiente, lo recorrieron por completo un instante más, no con lascivia, sino con esa sorpresa honesta y admirativa de quien descubre algo que solo conocía por relatos. Una mezcla de asombro y de una ternura profunda que le hizo el rostro más suave.
—Vaya… —murmuró al fin, casi para sí misma, sin poder contener el comentario que surgía de la pura verdad del momento—. Ahora… ahora entiendo por qué Hada y Lera comentan tanto entre risas durante nuestras charlas. No exageraban… en absoluto.
La simple honestidad de la observación, tan fuera de lugar y tan genuina, hizo que a Erik se le escapara una sonrisa incrédula y ligeramente azorada. No era un halago calculado; era la reacción espontánea de Arlea, y eso la hacía doblemente conmovedora.
Arlea, al darse cuenta de lo que había dicho en voz alta, se giró rápido, claramente avergonzada consigo misma, llevándose una mano a la mejilla ardiente.
—Me… me voy adelantando —a?adió, la voz de nuevo un susurro—. Te esperamos en la mesa comunal, cuando estés listo.
Y salió casi apresurada, pero no corriendo, dejando la cortina balanceándose suavemente tras de sí. Dejó a Erik solo otra vez, con una leve sonrisa que no podía contener y el corazón latiéndole un poco más rápido, no por ansiedad, sino por una especie de calidez embriagadora.
Afuera, las risas y el movimiento alegre de la aldea seguían su curso, ajenos al peque?o terremoto íntimo que acababa de ocurrir.
Cuando Arlea se alejó unos pasos de la caba?a, sin poder evitar volver la cabeza una vez hacia la entrada, Erik parado quieto unos segundos más, desnudo, con el pantalón corto nuevo aún apretado entre sus manos.
Respiró hondo. Analizó lo que sentía. No había vergüenza… no del todo. Tampoco incomodidad, o la sensación de violación que habría tenido meses atrás.
Era otra cosa.
Arlea era la última. La única de sus esposas que aún no lo había visto así, completamente sin defensas, sin la barrera de la ropa, sin la distancia segura de lo cotidiano. Y ahora lo había hecho. No en un momento de pasión pactada, sino sin intención, sin preparación, en un instante completamente ordinario y por tanto, más real.
—Así que… ya pasó —pensó en voz baja, para sí mismo.
Le sorprendió notar que no se sentía expuesto, sino aceptado. En los ojos de Arlea no había visto rechazo, ni disgusto, ni siquiera la lástima que a veces temía por sus cicatrices y algunas heridas peque?as que cursan su cuerpo. Había visto sorpresa, un poco de confusión dulce, y algo más, un destello de reconocimiento cálido y tierno que no quiso nombrar pero que sintió rozarle el alma.
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Una parte de él sonrió, casi con timidez, allí solo en su caba?a.
—Ahora ya todas me han visto por completo —se dijo, y la idea no era una carga, sino una liberación—. Sin secretos. Sin escondites. Así, simplemente.
Terminó de vestirse. Se puso su ropa interior, luego una polera limpia, y finalmente el pantalón corto nuevo. Se lo ajustó bien, notando cómo le llegaba casi a las rodillas, y cómodo. Y al hacerlo, sintió algo que no esperaba: una calma profunda. Como si una barrera invisible final, la última que guardaba con la más tímida de sus esposas, se hubiera disuelto suavemente, sin drama.
Cuando salió de la caba?a, ba?ado por la luz brillante de la ma?ana, Erik ya no estaba pensando en el lago, en la ropa o en nadar. Pensaba en cómo, poco a poco, hilando momento a momento, había dejado de estar solo incluso en los instantes más vulnerables. Y en cómo el rostro sorprendido y tierno de Arlea, lejos de ser un recordatorio de su desnudez, se había convertido en un sello de confianza mutua, el último en ser colocado.
Mientras tanto, Arlea caminaba de regreso hacia el área de la mesa común con el corazón todavía acelerado, intentando con todas sus fuerzas mantener la compostura exterior. Se ajustó un mechón de cabello detrás de la oreja, una y otra vez.
—Respira, tonta… —se susurró a sí misma—. Fue solo un instante. Un accidente.
Pero en el fondo de su corazón sabía que no lo fue. No era "solo" un instante.
Era la primera vez que lo veía así, en toda su desnudez sencilla y poderosa, y todo lo que había oído antes —las bromas suaves de Hada sobre "la vista que mejora cualquier día", los comentarios prácticos pero admirativos de Lera sobre su constitución, las risas cómplices de Mika con ellas — de pronto cobraron un sentido completo, vívido y abrumador.
—No exageraban… para nada —pensó, y el calor volvió a subirle al rostro, pero ahora mezclado con una especie de asombro gozoso. —Es… imponente. Y a la vez tan… hermoso.
Lo que más la había descolocado, sin embargo, no fue la mera visión de ver un cuerpo masculino total. Fue la forma en que él se quedó quieto. No se cubrió con pánico. No mostró esa vergüenza desesperada que, lo caracterizaba desde que llego a la aldea. Se quedó sereno, quieto, mirándola a los ojos, como alguien que, en ese momento de vulnerabilidad total, confiaba en ella.
—Confía en mí —se dio cuenta, y la revelación le produjo un vuelco dulce en el pecho—. Aunque no lo haya pensado, aunque haya sido un accidente… en ese momento, confió.
Sintió un nudo dulce y cálido formándose en su pecho, un nudo hecho de afecto, de una nueva capa de intimidad y de un respeto profundo por el hombre que era su esposo.
Ella, Arlea, que siempre había sido la más prudente, la más observadora, la última en avanzar en los ritos de la intimidad conyugal… ahora llevaba consigo una imagen íntima y poderosa que no podía borrar, y una certeza nueva que florecía dentro de ella:
Erik ya no era solo “el esposo del grupo”, el hombre que compartían. En ese instante de quietud y confianza mutua, se había vuelto, de una manera profunda e irrevocable, también suyo. Su esposo. A quien ella había visto, sin muros.
Y esa idea, lejos de asustarla o abrumarla, la hizo sonreír, una sonrisa privada, tímida pero radiante, mientras aceleraba el paso para reunirse con las demás, llevando en su corazón no solo la promesa de un día divertido en el lago, sino el cálido y recién estrenado secreto de haber cruzado, por accidente y con gracia, la última frontera de la vergüenza hacia la confianza total.
Minutos después Erik regresó al punto de reunión bajo el gran árbol comunitario, ya vestido con la nueva prenda que Lera, con su previsión infalible, había preparado para él. El pantalón corto era cómodo, hecho de una tela resistente que cedía con el movimiento, práctica… y por primera vez, al mirarse mentalmente, sentía que iba al lago sin parecer un náufrago o un ermita?o mal equipado. Se sentía… parte del plan.
Al llegar al claro donde se agrupaban todas, levantó la vista para buscar a Mika o a Suri… y se quedó un segundo en silencio, su mente procesando la imagen.
Las chicas ya estaban listas.
Las ropas que usarían para nadar, vistas individualmente, eran sencillas, funcionales, similares entre sí. Pero vistas en conjunto, con todas ellas de pie bajo la luz del sol de la ma?ana, era otra cosa. No mostraban de más, no eran provocativas por dise?o, pero marcaban lo justo: la curva de una cadera aquí, la línea redondez de sus pechos allá, la suave sugerencia de una forma bajo la tela liviana que se adhería ligeramente al cuerpo con la brisa. Dejaban intuir movimiento, piel al sol, risas en el agua, la promesa de cuerpos en libertad apenas contenidos por la tela.
Erik no pudo evitar pensar que, aunque ya había visto a muchas de ellas desnudas en la intimidad de la noche o en ba?os compartidos, vestidas así despertaban una sensación distinta. No era el impacto frontal de la desnudez, que conocía y amaba. Era algo más sutil, juguetón, casi coqueto. Ver lo que debía ser secreto para los demás a simple vista.
Una curiosidad nueva, más viva y picante, que le recordaba vagamente a los trajes de ba?o que había visto, en playas y piscinas de otra vida. ‘Si les hubiera hablado de los bikinis o de las mallas de cuerpo completo que parecen una segunda piel…’, pensó, y una sonrisa involuntaria y un poco culpable se le escapó. ‘Dios, con lo creativa y lo detallista que es Lera… habrían creado algo que me dejaría sin aliento por completo. Mejor no darle ideas… por ahora.’
—Esto, definitivamente, no ayudara en absoluto a mantener la mente en el nado… —pensó para sus adentros, la sonrisa tornándose en una expresión de resignación divertida.
Becca ajustaba con precisión el nudo de una cuerda que sujetaba una canasta, su nueva polera corta subiéndose un poco con el movimiento y mostrando un vistoso de su abdomen plano y tonificado. Hada hablaba en voz baja con Lera, gesticulando con sus manos mientras reía, y el simple movimiento hacía que sus short cortos ondeen suavemente alrededor de sus muslos.
Arlea cargaba otra canasta con una serenidad nueva, su postura segura y su rostro aún con un leve rubor residual que solo él parecía notar, pero que la hacía ver adorablemente consciente de sí misma.
Y Mika… Mika lo miró apenas de reojo. Notó su expresión detenida, su mirada recorriéndolas a todas con esa mezcla de admiración, cari?o y perplejidad masculina. Y sonrió, una sonrisa ancha, cómplice y llena de dulce satisfacción. ‘Sí, esposo mío —parecían decir sus ojos—, así nos vemos. Y hoy puedes mirar todo lo que quieras, sin excusas.’
Mientras terminaban de cargar las últimas cosas —mantas, cantimploras de madera, y cosas para jugar en el agua—, Suri apareció corriendo desde la dirección de las caba?as, con esa energía inagotable que parecía impulsarla como un motor de alegría pura. Se detuvo de golpe al verlas a todas reunidas, su mirada viajando rápidamente de una a otra.
Sus ojos se iluminaron como si hubiera descubierto un tesoro.
—?Wooow! —exclamó, la boca abierta en una ?o? de asombro genuino—. ?Se ven… se ven hermosas! ?De verdad! —Su declaración fue sincera y explosiva, sin filtro—. ?Deberían usar ropas así desde ahora para siempre! ?Son tan bonitas y divertidas!
Las chicas rieron, un coro de risas que iba desde la sorpresa divertida de Hada hasta la ternura profunda de Alisha, que observaba desde un poco más atrás. Algunas se miraron entre sí, como si la perspectiva de Suri les diera una nueva apreciación de sus propios atuendos.
—?De verdad te gustan tanto, peque?a? —preguntó Becca, agachándose a su altura con una sonrisa que suavizaba sus rasgos siempre serios—. Pensé que te gustaba más la libertad de… bueno, de no llevar nada en el agua.
—?Sí, me gustan! —respondió Suri con convicción, moviendo la cabeza con fuerza—. ?Se ven como… como flores nuevas! ?Y así Erik puede estar con nosotras y no se siente raro! ?Es perfecto!
Erik sintió algo cálido y expansivo en el pecho al escucharla. No era solo su alegría; era la pureza de su lógica. Para ella, la belleza y la practicidad se unían en un acto de amor familiar. Y en el centro de esa lógica, estaba él, incluido, aceptado, convertido en parte de la ecuación de la felicidad.
—Entonces… —dijo Becca, levantando la última y más pesada canasta llena de frutas con un esfuerzo suave, una sonrisa de satisfacción creativa en su rostro—, si la jueza suprema ha dado su veredicto y todo está aprobado… ?nos vamos?
Hubo asentimientos generalizados, risas frescas que se mezclaban con el canto de los pájaros, y comentarios cruzados y juguetones.
—?A ver quién llega primero a la roca saltarina! —retó Hada, se?alando el sendero con el pulgar.
—?Eso no es justo, tú y Mika son las más rápidas! —protestó Arlea con una risa.
—Yo llevo la comida, así que gano por importancia estratégica —declaró Lera con falsa solemnidad.
—Yo solo quiero poner los pies en el agua fresca —suspiró Jaia con una sonrisa, caminando junto a Jerut y Alisha.
El grupo, un organismo vivo y ruidoso de alegría compartida, empezó a moverse en conjunto. Dejaron atrás la aldea poco a poco, sus risas y voces mezclándose con los sonidos del valle, siguiendo el sendero familiar y serpenteante que, como una arteria verde, los llevaría directo al corazón azul y brillante del lago, donde un día de conexión, juego y nueva intimidad los esperaba bajo el sol. Y Erik, caminando, sintiendo la brisa en su piel y el sonido de Suri corriendo adelante, supo que, sin importar los atuendos, este era el lugar donde siempre había querido estar.
El grupo avanzaba por el sendero bien pisado que serpenteaba entre los árboles gigantes hacia el lago. La luz del sol de media ma?ana se filtraba a través del dosel de hojas, creando un mosaico danzante de claros y sombras sobre el suelo cubierto de musgo.
Erik, se había quedado un poco atrás del grupo principal de jóvenes. Caminaba junto a las mayores, ofreciendo un brazo cuando el terreno era más irregular, cargando la canasta más pesada que ellas habían insistido en llevar, y asegurándose con su mirada vigilante de que ninguna se quedara rezagada o tropezara con una raíz.
Desde esa posición retrasada, su vista iba y venía, inevitablemente, hacia el frente.
No podía evitarlo. Y, para ser honesto consigo mismo, no quería evitarlo del todo.
Las chicas —sus esposas— caminaban unos metros por delante, formando un grupo animado y colorido. Conversaban, reían, se se?alaban cosas en el bosque, se empujaban juguetonamente. Sus nuevas ropas, vistas en movimiento, cobraban una vida y una cualidad completamente distintas a cuando estaban quietas. Eran prácticas, pero la tela ligera se movía con ellas, adaptándose a cada paso, a cada giro. Al andar, marcaban con una sutiliza hipnótica el balanceo de sus caderas, la firmeza de sus muslos, la curva suave de sus nalgas bajo el tejido que se tensaba y relajaba con el ritmo de la caminata. Erik, aun sin querer fijarse demasiado, sin querer ser descortés, se encontró siguiendo el ritmo del grupo con los ojos, su mirada saltando de una silueta a otra, con una sonrisa tonta, distraída y completamente enamorada dibujada en su rostro.
—Respira, Erik —pensó, dándose un peque?o golpe mental—. Compórtate. Estás ayudando a las mayores, no en un desfile. Concentración.
Pero la concentración era un bien escaso cuando el ?paisaje? era tan… vibrante. ‘Dios mío,’ pensó, permitiéndose un momento de candor interno, ‘si ya me costaba con la desnudez natural de sus cuerpos, esto es… es como si me hubieran dado permiso para mirar con una lupa nueva. Y qué diablos, se ven… increíbles.’
Las mayores, por supuesto, se dieron cuenta. Sus ojos, antiguos y sabios, no perdían detalle. Erik era un hombre joven, fuerte y sano, y aquellas mujeres que caminaban delante eran sus esposas, jóvenes, llenas de vida y belleza. No había malicia en la observación de las ancianas, solo una comprensión profunda y un humor tranquilo. Era la naturaleza, simple y llanamente. La vida siguiendo su curso, y un hombre disfrutando, sin querer, de la vista de lo que amaba.
Jerut fue la primera en romper el silencio cómplice que se había instalado entre ellas. Sin mirar directamente a Erik, con los ojos fijos en la espalda de Arlea que se balanceaba unos pasos más adelante, dijo con un tono seco pero claramente divertido:
—Vaya, Erik —comenzó, haciendo una pausa calculada—. Si sigues caminando a este ritmo de lentitud pensativo, no sé si es por nuestra delicada edad y tu caballerosidad… o porque estás disfrutando un poco demasiado del… paisaje dinámico que tenemos por delante.
Erik parpadeó, arrancado de sus pensamientos involuntariamente pictóricos. Volvió en sí de golpe y, como era de esperar, se puso rojo al instante, un rubor que le subió desde el cuello como una bandera de rendición.
—?Yo…! ?No, es que…! —intentó balbucear una excusa, pero las risas suaves, cascadas como arroyos, de Alisha y el resoplido divertido de Jaia lo interrumpieron.
—Tranquilo, muchacho —a?adió Jerut, lanzándole finalmente una mirada lateral llena de picardía anciana—. Sería raro, antinatural incluso, que no miraras. Con lo que tienes caminando delante, hasta yo, con estos huesos viejos, me detengo a apreciar la vista a veces. La juventud tiene una gracia en movimiento que es un espectáculo en sí mismo.
Alisha negó con la cabeza, una sonrisa amplia y afectuosa iluminando su rostro arrugado.
—Jerut, no lo atormentes —dijo, pero su tono era igual de divertido—. El pobre ya tiene suficiente con controlar sus propios pasos y los nuestros. No le a?adas la carga de tener que controlar también adónde van sus ojos. Es una batalla perdida de antemano.
Jaia simplemente sonreía con esa serenidad inamovible que la caracterizaba, como si todo lo que ocurría —las risas, las bromas, la torpeza adorable de Erik— fuera exactamente como debía ser, una parte más del tejido perfecto de la vida en la aldea.
—Solo te recomiendo una cosa, Erik —dijo Jaia, su voz un susurro calmado que cortó la risa—. No te tropieces por mirar demasiado. El sendero tiene sus trampas, y el lugar que usamos para pasar el día en el lago aún queda un poco más adelante. Sería una pena que llegaras con la nariz sangrando por contemplar las estrellas a pleno día.
El consejo, dado con absoluta seriedad pero con un brillo de humor en sus ojos, hizo que Erik soltara una risa nerviosa, mezcla de vergüenza y genuina diversión. Ajustó el paso, procurando concentrarse más en el camino bajo sus pies, en las raíces que sobresalían, en la pendiente suave… aunque, hay que decirlo, no siempre lo lograba del todo. Un destello de cabello al sol, una risa clara que volvía su cabeza, el movimiento grácil de un brazo al se?alar algo… era casi hipnótico. ‘Es inútil,’ admitió para sí finalmente, con una sonrisa interna de rendición. ‘Son mis esposas. Son hermosas. Y hoy, vestidas así, caminando así… es un regalo. Al parecer, ni las mayores me dejan sentirme culpable por disfrutar de la vista.’
Así, entre bromas suaves que lo ponían colorado, pasos tranquilos y un ambiente distendido y cálido, el grupo siguió avanzando. Las risas de las jóvenes se mezclaban con los comentarios sarcásticos de Jerut y las risitas de Alisha, mientras Jaia y Erik servían de anclas serenas en medio de la alegría.
Finalmente, el bosque se abrió. El lago se presentó ante ellos con un brillo tranquilo y expansivo que hizo contener la respiración a más de uno. El agua, clara como el cristal, reflejaba el cielo azul y las copas esmeralda de los árboles que se inclinaban sobre la orilla. El aire olía a agua dulce, a tierra húmeda y a flores acuáticas. Y cerca de la orilla, en una peque?a ensenada protegida, ya estaba preparada una carpa improvisada que usaban en estas excursiones. Estaba hecha con cueros curtidos tensados sobre postes de madera robustos, y coronada con un techo de hojas grandes y resistentes entrelazadas, que proporcionaba una sombra fresca y amplia. Era un refugio rústico pero acogedor, suficiente para dejar las pertenencias a resguardo y sentarse a descansar.
Allí se asentaron, como una bandada de aves que encuentra su rama. Con la eficiencia de quien ha hecho esto muchas veces y por a?os, las cosas quedaron ordenadas: los cuencos con frutas bajo la sombra, las mantas extendidas sobre la arena suave cerca del agua, las cantimploras de madera colgadas de una rama baja. Las mayores, tomaron asiento cómodamente en unos troncos dispuestos a propósito bajo la carpa, sus rostros satisfechos.
Desde allí, en su posición elevada y con la vista despejada, podían verlo todo sin apuro: el lago reluciente, el grupo de jóvenes despreocupadas, a Erik ayudando aquí y allá, a Suri corriendo ya hacia la orilla con grititos de alegría. Susurraban entre ellas, comentando el paisaje, recordando días pasados, disfrutando simplemente del momento y del espectáculo de la vida y el amor floreciendo frente a sus ojos. Era, para ellas, la mejor parte del viaje.
No pasó ni un minuto antes de que la tentación del agua fresca fuera imposible de resistir. Lera, Hada, Arlea y Suri, como un grupo coordinado por pura alegría, salieron corriendo desde la sombra de la carpa hacia la orilla del lago.
—?Está fría! —gritó Suri entre risas estridentes, metiendo solo los pies al principio y saltando en el sitio por el impacto refrescante.
—?Eso es lo mejor, peque?a! ?Despierta todo el cuerpo! —respondió Lera, que no tuvo tanta paciencia. Se zambulló de lleno, saliendo con el cabello pegado al rostro y un grito de placer, salpicando a todo su alrededor.
Arlea avanzó con paso firme y sereno, como si midiera cada centímetro, hasta que el agua le llegó un poco mas arriba de las rodillas. Allí se detuvo, mirando el reflejo del cielo en la superficie, una sonrisa tranquila en sus labios.
Hada, por su parte, se agachó junto a Suri, mojó sus manos y lanzó peque?as y precisas salpicaduras a la ni?a.
—?Primera ofensiva acuática del día! —anunció con solemnidad divertida.
—?Ah! ?No vale! —protestó Suri entre risas, intentando escabullirse acercándose donde Arlea, quien estaba siendo atacada por Lera desde el otro lado.
Desde la orilla, donde Becca, Mika y Erik terminaban de acomodar las últimas cosas, escucharon el coro de voces y risas que ya resonaba en el lago.
—?Vamos! —llamó Suri, girándose y agitando los brazos como un peque?o director de orquesta—. ?No se queden ahí mirando! ?Entren también! ?El agua está llamando!
—?Sí, dejen las cosas para mas tarde! —a?adió Lera, sacudiendo su coleta alta mojada hacia un lado—. ?El día es corto y el lago es grande!
Hada sonrió y levantó la mano, goteando, en un gesto de invitación imperial.
—Por decreto de la Reina del Chapoteo —declaró—, el agua está en estado perfecto: fresca, clara y lista para ser disfrutada. ?Vengan a nadar, cortesanos!
Erik observó la escena con una sonrisa tan amplia que le hacía doler las mejillas. Verlas así, jugando, riendo con abandono, con Suri en el centro de todo, siendo el epicentro de esa felicidad acuática, le llenaba el pecho de una paz cálida y expansiva que era difícil de explicar con palabras.
—Bueno… —dijo al fin, mientras se quitaba su polera con un movimiento fluido y luego sus zapatos gastados—, parece que las órdenes son claras. ?Entramos?
Sus palabras fueron la se?al. Las risas frescas, los pasos apresurados hacia el agua y el chapoteo alegre empezaron a mezclarse con el susurro constante del lago y el canto de los pájaros en los árboles.
Los que aún estaban en la orilla entraron al agua no caminando, sino jugando desde el primer instante. Hubo empujones suaves, carreras cortas que salpicaban, y risas que estallaban con cada contacto con el agua fresca. Mika fue la primera en provocar específicamente a Erik. Nadó hasta él, que avanzaba con cautela, y con una sonrisa pícara, lo empujó suavemente hacia aguas más profundas.
—?Eso es todo lo rápido que entras? —le dijo, sus ojos brillando con diversión—. Pensé que un hombre entraría al agua con mas velocidad.
—Cuidado con lo que deseas —respondió él, recuperando el equilibrio con una sonrisa—. El agua enga?a, y yo tengo mis propias tácticas.
Becca se unió enseguida a la diversión, no con palabras, sino con acción. Con un movimiento preciso de su mano, lanzó una cortina de agua que cubrió a ambos, Mika y Erik.
—?Ataque sorpresa! —anunció con una sonrisa rara vez vista en ella, tan amplia y despreocupada.
Los tres terminaron riendo a carcajadas, chapoteando y avanzando juntos hacia donde el agua les llegaba al pecho, formando un peque?o círculo de complicidad juguetona.
Suri nadaba cerca, moviéndose en el agua con la seguridad de un pececillo del lugar. Se detuvo un momento, flotando, al verlos juntos y levantó un brazo.
—?Mira, Erik! —dijo con orgullo—. Así nado yo. ?Ves?
Sus movimientos eran prácticos, eficientes y sorprendentemente sutiles, bien aprendidos de a?os de nadar en el lago con sus hermanas mayores. No había exageración, solo una comodidad natural en el medio acuático. Erik la observó con atención genuina, su corazón hinchándose de orgullo, y asintió.
—Lo haces muy, muy bien —le dijo, su voz cargada de afecto—. Eres una nadadora natural. Ahora… me toca a mí mostrarte algo.
Sin más preámbulos, Erik se impulsó con fuerza desde el fondo arenoso. Sus brazos, poderosos por sus músculos mas fuertes que de ellas, cortaron el agua con eficiencia. Sus piernas dieron patadas firmes y coordinadas. Avanzó por el agua con una rapidez que sorprendió a todas, desplazándose varios metros en un abrir y cerrar de ojos con un estilo enérgico y directo.
Las chicas lo miraron con sorpresa abierta y admiración.
—??Qué?! —exclamó Lera, parándose en el agua—. ?Va rápido! ?Eso no es nadar, eso es… volar en el agua!
—?Demasiado rápido! —a?adió Hada, observando con los ojos entrecerrados, como estudiando su técnica—. No es justo tener tanta potencia en los brazos. ?Es hacer trampa!
Becca, que nunca se rendirá ante un desafío, lo siguió de inmediato. Se lanzó a nadar con todas sus fuerzas, su estilo limpio y eficiente, pero aun así, Erik mantenía una mediana ventaja.
—?No está tan lejos…! —dijo Becca entre risas y jadeos, dando brazadas con determinación—. Pero sí… es definitivamente más rápido. ?Esos músculos no son solo para el trabajo diario!
Erik dio la vuelta y regresó a ellas con unas cuantas brazadas poderosas, saliendo del agua hasta la cintura, el pecho subiendo y bajando con la respiración.
—Es la fuerza en los brazos y la patada —explicó, modesto pero con un brillo de satisfacción en los ojos—. Y práctica. Nada más.
Entonces, como por consenso tácito, el juego cambió. La competencia amistosa se transformó en un ataque coordinado de diversión pura.
Suri fue rodeada de pronto por Lera, Hada y Arlea, que empezaron a salpicarla suavemente desde todos los frentes, formando un círculo a su alrededor.
—?Oigan! —protestó Suri entre risas que no podía contener, intentando protegerse con sus bracitos—. ?No vale! ?Son tres contra una! ?Eso no es justo en las reglas del lago!
—?Regla número uno del lago: no hay reglas cuando hay risas! —gritó Lera, lanzando otra salpicadura—. ?Ataque total!
—?A la carga! —a?adió Hada, a?adiendo mas salpicaduras al asalto.
Antes de que Suri pudiera intentar una huida imposible, Erik se acercó con grandes zancadas acuáticas. Con un movimiento suave pero firme, la tomo con ambas manos de su cadera y la levantó del agua y la subió sobre sus hombros, haciendo que se siente sobre ellos, asegurándola bien con sus manos en sus tobillos mientras ella, entre grititos de alegría, se sujetaba de su cabeza, completamente segura y radiante.
—?Invocamos a la poderosa, a la invencible… SúPER SURI! —anunció Erik con voz teatral, proyectando hacia el lago.
—?SúPER SURI! —repitió ella a todo pulmón, levantando un pu?o triunfante hacia el cielo, el agua goteando de su brazo.
La imagen fue tan adorable y divertida que las chicas rieron al instante, un coro de alegría que resonó por la orilla.
—?Eso no vale! ?Tienen un fortachón como base de operaciones! —protestó Becca, pero su protesta estaba te?ida de pura diversión.
—?Es una alianza ilegal entre hermanos! —a?adió Mika, tratando de contener la risa—. ?Defiéndanse, compa?eras! ?No podemos permitir esta tiranía acuática!
—?Por la aldea! ?Por la diversión! —gritó Lera, liderando un nuevo ?ataque? de salpicaduras dirigidas ahora a la torre viviente formada por Erik y Suri.
Entre risas que doblaban el cuerpo, chapoteos épicos, carreras cortas en el agua que terminaban en choques suaves y abrazos mojados, la “batalla” continuó sin pausa. Nadie ganó, nadie perdió. Porque lo importante, lo único que realmente importaba en ese lago iluminado por el sol, era reír juntos, jugar como ni?os, sentirse una familia unida y feliz.
Desde la orilla, bajo la sombra fresca de la carpa, las mayores observaban la escena. Jaia con una sonrisa serena de satisfacción profunda, Jerut con una expresión de divertido asombro y Alisha con los ojos brillantes de lágrimas de felicidad contenidas. Susurraban entre sí, comentando una jugada graciosa, elogiando la fuerza de Erik, la valentía de Suri, la belleza de ver a sus casi hijas jugando tan libres.
El lago, normalmente un espejo quieto de paz, estaba ahora vibrante, lleno de voces alegres, de risas cristalinas, de vida compartida. Era el sonido de la felicidad hecha agua, sol y amor familiar, y resonaba como la música más hermosa que el valle hubiera escuchado en muchos a?os.
Después de unas horas intensas de chapoteos, carreras improvisadas y juegos de agilidad en el agua, las chicas regresaron a la orilla poco a poco, completamente cansadas y empapadas. El sol de mediodía las recibió, calentando sus cuerpos mojados. Sus ropas, de tela ligera, se adherían a sus cuerpos, delineando sus formas femeninas, la tela mojada no se transparentaba y no era provocativo; era simplemente la física del agua y la tela mojada, mostrando la curva de un torso, la redondez de sus senos, la línea de una cadera, de manera honesta y sin artificio.
Erik, al notar esto al reunirse con ellas en la orilla, desvió la mirada con cuidado, un gesto automático de respeto que había arraigado en él. No era rechazo, sino esa consideración constante hacia su comodidad y la de Suri.
—?Ey, Erik! —gritó Hada, cuyos ojos ágiles no perdían detalle—. ?No te escondas la cara! ?La vista es parte del premio por haber sobrevivido a la Batalla de las Salpicaduras!
Las chicas rieron, un sonido alegre y desinhibido. Al ver su reacción, empezaron a se?alarse entre ellas de manera juguetona, estirando la tela mojada, comentando cómo se pegaba aquí o allá.
—Mira, Lera, el tuyo hace una forma de corazón con el agua —dijo Arlea con una sonrisa tímida pero divertida.
—?El tuyo ni se mueve, Becca, es como una armadura de lana! —replicó Hada entre risas.
La situación, lejos de generar incomodidad, se convirtió rápidamente en una extensión más de su juego, un ritual de camaradería íntima y humor que solo ellas compartían.
—Bueno, ya que estamos así y un juez está presente —dijo Lera de repente, secándose la cara con las manos, una sonrisa traviesa iluminando sus rasgos—, es hora del juego clásico, el debate eterno. ?Quién tiene, objetiva y gloriosamente, los senos más grandes?
Todas estallaron en carcajadas. Era una broma absurda y recurrente, un "juego" sin reglas serias, que surgía en momentos de relajación total. Todos los roles estaban establecidos: Arlea era la ganadora indiscutible por volumen y forma, un hecho que ella aceptaba con una sonrisa serena y un leve rubor. Mika era la "perdedora" perpetua, algo que a ella, en el fondo, le gustaba por su practicidad, y que las demás celebraban con cari?o, ya no con burla como antes. Becca ocupaba un segundo lugar sólido y respetable. El verdadero campo de batalla lúdico siempre era entre Lera y Hada, cuyas medidas eran tan similares que generaban discusiones teatrales y mediciones a ojo cada vez que el tema salía.
—?Erik! —gritaron Lera y Hada al unísono, se?alándolo como si hubieran encontrado al árbitro perfecto—. ?Tú decides! ?Tienes que poner fin a este conflicto histórico! ??Quién gana entre nosotras dos?!
Erik, sorprendido por ser arrastrado al centro de la broma, se rio nervioso y negó con la cabeza, aunque su sonrisa delataba que estaba disfrutando del absurdo del momento.
—Está bien, está bien… —dijo, alzando las manos en rendición, con un tono divertido y juguetón. Hizo un amago de estudiar a ambas, casi sin mirarlas directamente para no parecer demasiado atento, después de todo sabia de ante mano e íntimamente como eran esas poderosas zonas de ambas —. Tras una cuidadosa… eh… evaluación visual desde esta distancia y bajo estas condiciones de humedad… mi veredicto oficial es: empate técnico. Son esencialmente idénticas en este campo de batalla particular. Y, en cualquier caso… todas ganan. Cada una a su manera.
Mientras el grupo seguía riendo y empezaba a secarse al sol con mantas o simplemente estirándose, Suri observaba la escena con una curiosidad intensa y práctica. Ella también estaba en pleno crecimiento, y aunque sus peque?os brotes eran apenas perceptibles comparados con los de las demás, notó la evidente diferencia con Mika, la más modesta del grupo.
—Mika… —dijo Suri, acercándose y se?alándose con inocencia con sus manos sobre su pechos diminutos — ?creo que ya no eres la perdedora como siempre, tienes mucho, mucho más que yo!
Mika sonrió, un poco avergonzada pero con mucho cari?o, y la abrazó ligeramente por los hombros.
—Tranquila, peque?a —dijo suavemente—. A ti te crecerán aun mas, quedan muchos a?os mas. Es parte de crecer. Y no hay prisa, ?vale?
—?Exacto! —agregó Hada, uniéndose con entusiasmo al tema—. Después de todo, ?ya viste a Samantha en la foto! ?Y a Shara! —Hizo una pausa dramática, sus ojos brillando con picardía—. Si son tus familiares, como sospechamos… ?podrías heredar un futuro muy… prometedor en ese lugar!?Podrías rivalizar con Becca o incluso con Arlea cuando seas mayor! ?Serías una tetona en potencia!
La declaración, hecha con toda la naturalidad y humor del mundo, hizo que Suri soltara una risa alegre y un poco confundida, imaginándose la escena. Aceptó la idea no como una presión, sino como una posibilidad divertida y lejana, con un gesto de orgullo inocente que hizo reír a todos.
—?Seré una potencial tetona! —anunció Suri con bravuconería infantil, levantando los brazos, lo que provocó una nueva ola de risas cari?osas.
Mientras las risas pasaban, Lera y Hada, aún en su duelo personal, no se daban por vencidas. Se acercaron más a Erik, rodeándolo juguetonamente.
—Un empate no vale, esposo —dijo Lera, haciendo pucheros falsos—. Necesitamos un veredicto definitivo. Para la historia.
—Sí, para cerrar el debate —a?adió Hada, cruzando los brazos bajo sus senos, lo que, por supuesto, los realzaba con picardía—. Necesitamos mas precisión.
Erik, viéndose acorralado por la lógica absurda de su juego, mantuvo su calma, pero su sonrisa era cada vez más amplia.
—De verdad, no me importa el tama?o —dijo, y esta vez su voz era genuinamente serena, dirigiendo una mirada cálida y llena de amor a Mika, quien lo observaba desde un lado—. Todas son bellas. De maneras diferentes, pero igual de bellas. Eso es lo único que importa.
Las mayores, que observaban desde la sombra, asintieron con aprobación. Jaia con una sonrisa de satisfacción, Jerut con un resoplido divertido.
—Esa es la respuesta de un hombre sabio —comentó Jerut en voz alta—. Y de uno que quiere dormir en paz en las noches.
Pero Lera y Hada no iban a rendirse tan fácilmente. Entre risas cómplices y miradas de "ya-verás", empezaron a jugar con sus prendas mojadas, estirándolas para aparentar mas volumen, ajustándolas mas arriba, "mostrando" de más, bajo el pretexto de "ayudar en la inspección". Incluso, en un arranque de confianza total y broma grupal, acercándose a Erik ambas le tomaron cada mano y colocándolas sobre uno de sus senos, para "sentir la diferencia" (todo en medio de risas estridentes y gritos de "?eso es trampa!" de las otras).
Erik, sintiéndose verdaderamente acorralado por la alegre conspiración de ambas, rio, se puso colorado, y finalmente, entre risas y levantando las manos en se?al de que se rendía ante su tenacidad, dio su veredicto definitivo:
—?Está bien, está bien! ?Me rindo a la evidencia! Tras una… nueva evaluación de campo más cercana y táctil… —hizo una pausa dramática, mirando a ambas— la ganadora, por un margen mínimo, imperceptible para el ojo no entrenado pero decisivo para el cargo de juez supremo del lago… es… ?Hada!
—??QUé?! —gritó Lera, fingiendo una indignación épica, llevándose las manos a la cabeza en un gesto teatral—. ?Traición! ?Soborno! ?él te miró un segundo más a ti en el camino!
Todas las demás estallaron en carcajadas, celebrando el resultado y el drama. Hada hizo una peque?a reverencia burlona.
—?Por muy poquito, eh! —aclaró Erik entre risas, intentando apaciguar a Lera con gestos—. ?Fue una decisión de milímetros! ?Un pelo! ?Podría volver a cambiar la próxima vez!
El ambiente se llenó de carcajadas, aplausos irónicos y todas celebraban la "victoria" de Hada y el fin de la "rivalidad histórica". Era pura diversión, una forma más de vincularse, de reírse de sí mismas y de incluir a Erik en su intimidad absurda y alegre.
Cuando el juego terminó y las risas empezaron a calmarse, convertidas en suspiros felices y sonrisas cansadas, Lera se quedó un momento en silencio, apartada solo un paso. Cruzó los brazos firmemente debajo de sus senos, en un gesto inconsciente que los empujaba hacia arriba, y frunció apenas el ce?o, como reevaluando una teoría científica fallida.
—Está bien… —dijo al final, soltando el aire en un suspiro de rendición teatral—. Lo admito.
Hada la miró, su sonrisa habitual se suavizó en una expresión de tranquilidad y camaradería. No había burla en sus ojos.
—?Sí? —preguntó simplemente.
—Sí —respondió Lera, relajando los brazos y su expresión—. Por un margen… casi imperceptible… pero sí. Ganas tú. Esta vez.
Hada no festejó. Solo asintió con una serenidad que hablaba de un respeto profundo por su amiga y por el juego mismo. Ese simple gesto bastó para que Lera se relajara por completo, una sonrisa genuina y sin resentimientos apareciendo en sus labios.
—Bueno —a?adió Lera, sacudiendo la cabeza como para espantar el último resto de falsa rivalidad—. Ya pasó. Cerrado el caso. Ahora, ?quién se lanza primero desde la roca alta?
Y así, sin rencores, sin tensiones, con el vínculo fortalecido por la tontería compartida, después de unos aperitivos en la orilla, todas volvieron al agua, listas para la siguiente aventura acuática, llevando consigo el calor del sol, la frescura del lago y la alegría de una familia que sabía reírse de todo, incluso de sí misma.
Esta vez no fue una “batalla” acuática, sino juegos más tranquilos, de piscina, aunque estuvieran en medio de la inmensidad del lago. Chapoteos suaves, peque?as competencias de quién aguantaba más flotando boca arriba mirando las nubes, carreras cortas y sinceras hasta una piedra plana cercana que servía de meta.
Erik, animado por la atmósfera relajada y feliz, decidió ense?arles algunos juegos sencillos que recordaba de la Tierra, de esos que se juegan en el agua sin necesidad de cosas complicadas.
—Este es fácil —explicó, sosteniendo una rama ligera que flotaba—. Se llama ‘pasar el objeto’. Solo hay que pasarlo de mano en mano sin que caiga al agua. El que lo deja caer, pierde.
Las chicas lo intentaron con entusiasmo, formando un círculo en el agua. Rieron a carcajadas cada vez que alguien, por torpeza o por un empujón juguetón, dejaba escapar la rama.
—?Eso no vale, Hada! ?Me diste un codazo! —protestó Becca cuando la rama casi se le escapó de los dedos por una “ayuda” excesiva de su compa?era.
—?Fue el oleaje! ?Culpa del lago! —se defendió Hada con una sonrisa pícara.
Luego de unos minutos de juego, fue su turno. Ellas le ense?aron uno de los pocos juegos acuáticos que conocían, heredado de sus propias infancias en la aldea.
—Nosotras jugamos a esto —dijo Hada, nadando hasta el centro—. Se llama ‘la palabra’. Una dice una palabra… y la última en repetirla exactamente igual es la que se convierte en ‘la cazadora’.
Cuando las chicas comenzaron a jugar, Erik las observó con atención, flotando cerca. Al principio frunció un poco el ce?o, tratando de descifrar bien las reglas y el patrón.
Las vio moverse en el agua como sirenas juguetonas, escuchó cómo se llamaban unas a otras con palabras inventadas (“?Fizzpop!”, “?Lunaria!”) y cómo la “cazadora”, una vez designada, intentaba atrapar a la más cercana en una persecución acuática llena de risas y esquives hábiles.
Entonces, algo hizo clic en su cabeza. Un paralelo claro, divertido.
—Es muy parecido a un juego de mi mundo —dijo de pronto, con una sonrisa amplia y nostálgica que no pudo contener—. Se llama Marco Polo.
Todas se detuvieron un momento en el agua, mirándolo con curiosidad.
—?Marco… Polo? —repitió Hada, haciendo una mueca divertida con el nombre extra?o—. ?Cómo el explorador de tus historias?
—Sí, más o menos —asintió Erik, nadando un poco hacia el centro del grupo—. La mecánica es similar. Uno se tapa los ojos —el que caza— y dice “Marco”. Los demás, que pueden ver, responden “Polo”. El que está vendado tiene que atraparlos guiándose solo por el sonido de sus voces.
—??Con los ojos cerrados en el agua?! —exclamó Becca, su mente práctica evaluando el desafío al instante—. ?Eso es mucho más difícil! ?Y más divertido!
Suri, que estaba en la orilla cercana construyendo una caba?a de arena, levantó la cabeza al instante al oír la conversación. Sus oídos habían captado algo importante.
—?Tú jugabas así… con tu familia? —preguntó, su voz cargada de una curiosidad tierna y profunda.
Erik la miró y asintió, su expresión volviéndose un poco más seria pero llena de una ternura transparente.
—Sí, peque?a. Con mis hermanas. En el estanque que tenían mis abuelos en su casa. O a veces en el lago peque?o cerca del lugar. Siempre terminábamos riendo a morir… o chocando contra el borde o entre nosotros. Era un caos, pero… era divertidísimo.
Suri abrió los ojos como platos, completamente fascinada por la idea. No era solo un juego; era un pedazo de la infancia de Erik, de su vida antes.
—?Yo quiero jugar así! —dijo enseguida, dejando su caba?a de arena y metiéndose de un salto al agua—. ?Como tú jugabas con tus hermanas! ?Quiero jugar a Marco… Polo!
Las chicas se miraron entre ellas. Algunas dudaron un segundo, pensando en la logística, en la seguridad. Pero al ver la emoción pura en los ojos de Suri y la nostálgica felicidad en los de Erik, todas sonrieron. ?Cómo negarse?
—Bueno —dijo Becca, la voz práctica pero con un brillo de anticipación—. Podemos probar. Suena… entretenido.
—Pero con cuidado —a?adió Arlea, siempre la voz de la precaución dulce—. Nada de alejarse demasiado del grupo. Y debemos estar atentas.
Erik asintió, agradecido por su comprensión.
—Yo empiezo —propuso—. Así ven cómo es y se acostumbran.
Suri aplaudió emocionada, salpicando agua por todas partes, y se unió al círculo formado por las demás en el agua poco profunda.
—?Sí! ?Erik vendado! ?Erik es Marco! —gritó, riendo.
Las risas regresaron al instante, pero con un nuevo matiz. El juego había cambiado un poco, mezclando lo que ellas conocían con algo nuevo traído de otro mundo… como tantas cosas desde que Erik había llegado. Era otra peque?a fusión de sus vidas.
El lago volvió a llenarse de voces, esta vez con un nuevo ritmo.
—?Marco! —se oyó decir a Erik, ya con los ojos bien cerrados y una venda improvisada con un pa?o que Lera le había dado.
—?Polo! —respondieron varias voces a la vez, entre risas contenidas y chapoteos de quienes se movían para no ser un blanco fácil.
Y Suri, flotando cerca, sonrió con una fuerza que le iluminaba el rostro, feliz no solo de jugar, sino de compartir un recuerdo vivo de la persona que más amaba. Estaba jugando su juego.
—?Marco! —dijo Erik con firmeza, con los ojos bien vendados y cerrados, avanzando despacio y con cautela por el agua que les llegaba a la mayoría por encima de la cintura, dificultando el movimiento y haciendo que cada paso fuera una incógnita.
A su alrededor, chapoteos rápidos, risas contenidas, susurros que intentaban no delatar una posición… y de pronto, muy, muy cerca:
—?Polo!
La voz sonó casi pegada a su oreja izquierda, un susurro juguetón y deliberadamente provocador.
Erik reaccionó por instinto puro. Dio un paso rápido y decisivo hacia la fuente del sonido y cerro sus brazos extendidos con la velocidad de quien intenta atrapar un pez escurridizo. Sus manos encontraron resistencia, una presencia cálida y sólida antes de que pudiera escapar. Cerró los brazos, atrapando a su presa contra su pecho.
Y entonces, sintió algo en sus palmas, a través de la fina tela mojada, dos formas grandes, suaves, increíblemente firmes y a la vez voluptuosas se acomodaron contra su agarre. Había sujetado a su “presa” por la espalda, y en el movimiento, sin querer, sus manos habían quedado posicionadas directamente sobre los generosos senos de una de las chicas, cubriéndolos casi por completo.
Escuchó una risa baja, ronca y profundamente conocida justo a su lado.
—Vaya, vaya… —dijo la voz, cargada de una mezcla de sorpresa, diversión y algo más… íntimo—. Qué brazos tan fuertes y rápidos tienes, Erik.
Erik, aturdido por la sensación inesperada y abrumadoramente placentera, se subió un poco la venda y abrió un ojo al instante, como para confirmar lo que ya sabía.
—?Becca…? —preguntó, su voz un poco ronca.
Se dio cuenta de la posición al detalle. La tenía sujeta con fuerza contra él, su espalda contra su pecho, y su mano… sí, definitivamente estaba donde estaba, sujetando uno de sus generosos senos. Se separó un poco de inmediato, como si hubiera tocado un hierro al rojo vivo, la vergüenza pintándole la cara de un rojo escarlata.
—Lo siento —dijo rápido, casi atropellando las palabras—. No fue mi intención, de verdad, yo solo intentaba…
Becca, con el agua llegándole a la cintura, su pelo negro y oscuro pegado al cuello y un leve rubor sonrojando sus mejillas, negó con la cabeza lentamente. Pero sonreía. No era una sonrisa burlona, sino tranquila, aceptadora, y con un destello de satisfacción profunda en sus ojos cafés brillantes.
—Lo sé —respondió con una calma que contrastaba con el torbellino interno de Erik, se dio la vuelta para estar frente a él —. Solo estábamos jugando. Y… atrapaste bien a tu presa. Eso es todo.
Antes de que el momento, cargado de una electricidad nueva y palpable, pudiera volverse demasiado intimo o incómodo, desde más atrás se oyeron risas abiertas y comentarios juguetones.
—?Oigan, ustedes dos! —gritó Lera, completamente divertida—. ?Eso, déjenlo para cuando estén solos! ?Aquí estamos jugando a Marco Polo, no a ‘Atrápame si puedes… con ventaja’!
—?Si! —a?adió Hada entre carcajadas—. ?El juego sigue, amorosos! ?Erik, todavía estás vendado! ?Sigue cazando!
Incluso Mika y Arlea se rieron, sin el más mínimo asomo de molestia o celos, solo con ese tono de broma cómplice y cálida que ya era un pilar en la dinámica de todas. Era parte de su realidad, de su amor compartido, y momentos como este, aunque sorprendentes, se integraban con naturalidad.
Becca dio un peque?o paso atrás, todavía mirándolo fijamente, esa sonrisa serena y un poco misteriosa aún en sus labios.
—Nos atraparon esta vez, Marco —dijo, su voz baja solo para él—. Sigue. El juego no ha terminado.
Erik respiró hondo, sintiendo el eco del calor y la suave firmeza que aún parecía vibrar en sus palmas. Una parte de él, una parte muy profunda y masculina, reconoció que ese contacto accidental… le había gustado mucho. No lo habría buscado, pero ahora que había pasado, no podía negar la intensa atracción física que siempre había sentido hacia la figura serena y poderosa de Becca, y que el contacto había avivado como una brasa.
Se volvió a cubrir los ojos con el pa?o, ajustándolo bien. Y detrás de la tela, sonrió. Una sonrisa amplia, un poco culpable, un poco emocionada.
—Está bien —dijo, proyectando su voz hacia el lago—. ?Marco!
Las voces —de Suri, de Hada, de Lera, de Mika, de Arlea— volvieron a rodearlo, el lago se llenó otra vez de risas frescas, chapoteos juguetones y la alegría simple de estar juntos. El juego continuó, como si aquel peque?o, intenso y revelador momento con Becca solo hubiera sido una pausa íntima dentro de la diversión compartida, un recordatorio táctil, para él, de los muchos y diversos amores que ahora llenaban su vida.

