La caba?a estaba en silencio. Erik, aún sentado en su cama, observaba a todas reunidas a su alrededor. Suri aún estaba en sus brazos, aferrada a él. Mika estaba sentada en el banquito de madera cerca a su lado, y los demás lo miraban con expectación.
Erik respiró hondo. Sabía que este momento llegaría tarde o temprano.
— Hay algo que debí decirles… —comenzó, con voz firme—. Algo que no les he contado hasta ahora.
Las chicas intercambiaron miradas.
— ?Otra de tus historias? —preguntó Hada, alzando una ceja—. La última de caba?as gigantescas hasta el cielo, fue bastante entretenida.
— No es una historia… —dijo Erik con seriedad—. Es la verdad de donde vengo.
Su tono hizo que todos se quedaran en silencio.
— No soy de aquí —continuó—. No solo de este valle… ni de estas tierras. Vengo de otro mundo.
Hubo un breve silencio antes de que varios soltaran una risa nerviosa.
— Ay, vamos —dijo Lera, cruzándose de brazos—. Eso sí que suena a una de tus historias.
— Sí, Erik —a?adió Arlea—, hemos escuchado muchas de tus historias y siempre dices cosas increíbles.
— Pero esta vez no estoy inventando nada —insistió él, con los ojos fijos en ellas—. Todo lo que les he contado, sobre las grandes ciudades, los carros que se mueven con maquinas en su interior, los cielos llenos de aves de metal… todo es real, de donde vengo.
Las risas se apagaron.
Erik rara vez hablaba con tanta seriedad. Siempre tenía una lista de sonrisas, un comentario divertido, una manera de hacer que todo pareciera más ligero. Pero ahora… ahora no había ninguna broma en su expresión.
Mika fue la primera en reaccionar.
— ?Hablas en serio? —preguntó en voz baja.
— Sí —afirmó Erik, mirándola a los ojos —. Y puedo probarlo, mostrándoles algunas cosas que hice de allá.
Se?aló una caja mediana de madera en un rincón de la caba?a.
—Becca , puedes pasármela.
Ella obedeció sin decir nada. Cuando Erik la abrió, sacó varias figuras talladas en madera, aunque no eran perfectas daban la idea de como eran. Había varios modelos de autos, aviones, trenes, edificios de varias formas y alturas, varios objetos y animales que ellas nunca habían visto… o al menos, no de esa forma.
Hada tomó una figura que le grababa a sus ovejas y la supervisaba con extra?eza.
— Esto… esto no se parece a nuestras ovejas.
— Porque en mi mundo se ven así las ovejas —explicó Erik.
Mika tomó la figura de un oso. Su expresión cambió al instante.
— Este… —murmuró, sintiendo un escalofrío—. Se parece a la bestia con la que peleamos el otro día.
—Si, su nombre que le pusieron allá es Oso, porque en mi mundo hay animales como ese, aunque no tan grandes ni tan agresivas, como aquí, los animales aprendieron a temer a las personas y prefieren alejarse.
Las chicas intercambiaron miradas. La duda en sus rostros se convirtió en incertidumbre.
—Entonces… —susurró Arlea—. ?Todo lo que nos contaste… es cierto?
—Algunas historias son reales —dijo Erik—. Otras son invenciones de mi mundo para escapar de la vida dura. Pero esta verdad… mi origen… no es un cuento.
El ambiente en la caba?a se volvió tenso. Todas estaban en silencio, esperando que él continuara con su confesión. Suri se había sentado sobre la cama viendo las figuras talladas, y Mika no apartaba la mirada de su rostro. Las chicas estaban expectantes, pero fueron las mayores quienes finalmente hablaron.
Jaia entrecerró los ojos y cruzó los brazos.
—Siempre supe que había algo extra?o en tus historias, muchacho —dijo con voz firme—. Nunca sonaban como simples cuentos.
—Sí… —intervino Alisha, mirándolo con seriedad—. Más de una vez me pregunté si en realidad estabas recordando en lugar de inventar.
—Y ahora nos dices que vienes de otro mundo… —agregó Jerut, apoyando una mano en su mentón—. Explícate mejor, Erik.
Las chicas miraron a las mayores con sorpresa.
—?Qué quieren decir? —preguntó Suri.
—Que hace tiempo nos dimos cuenta de que Erik no es como nosotras —respondió Jaia—. Su forma de hablar, sus conocimientos, sus historias… siempre han tenido algo de verdad, incluso cuando parecían imposibles.
—?Acaso no se dieron cuenta? —continuó Jerut—. Cuando nos habló de máquinas voladoras y de sus construcciones raras, lo hacía con la mirada de alguien que ha visto esas cosas, no de alguien que las imagina.
Las chicas intercambiaron miradas, comenzando a entender el punto.
—Entonces… ?realmente nos estuviste mintiendo? —murmuró Arlea, con tristeza.
Erik bajó la mirada por un momento antes de soltar un suspiro.
—Si desde el principio les hubiera dicho la verdad, que venia de otro mundo, habrían pensado que estaba loco… o me habrían temido —dijo con sinceridad—. Por eso decidí contarles historias de mi mundo poco a poco, para prepararlas… para que, cuando llegara el momento, pudieran aceptar de donde vengo en verdad.
Las mayores intercambiaron miradas y asintieron levemente. Al ver el rostro de Erik que realmente parecía triste de haberles ocultado la verdad de su origen.
—Tiene sentido —dijo Jaia—. Fue una forma inteligente de evitar que nos cerráramos a lo desconocido.
—Y viendo cómo reaccionamos ahora, quizá fue lo mejor —a?adió Alisha—. De lo contrario, podríamos haber reaccionado con miedo en lugar de curiosidad.
Jerut exhaló y miró a Erik con ojos evaluadores.
—No te culpo por ocultarlo —dijo—, pero entiendo por qué algunas aquí podrían sentirse molestas.
Las chicas, aunque aún atentas a la conversación, mostraban expresiones algo tensas. Becca tenía los brazos cruzados, mirando a Erik con el ce?o fruncido. Hada suspiró, como si intentara ordenar sus pensamientos, y Arlea no decía nada, pero no parecía contenta.
—Nos mentiste… —murmuró Lera, mirándolo con cierta decepción.
—Pero no con malas intenciones —intervino Mika antes de que Erik pudiera responder—. Si hubiera dicho algo así de golpe, ?realmente lo habríamos creído?
Lera bajó la mirada, pensativa, mientras Becca chasqueaba la lengua.
—Supongo que tienes razón… pero aun así...
—Fue la única forma en la que pude contarles la verdad sin que me rechazaran o temieran —insistió Erik, mirando a todas con seriedad—. Jamás quise mentirles, solo quería encontrar el momento adecuado.
El ambiente quedó en silencio por unos instantes. No era fácil aceptar que todo lo que habían escuchado antes era más que simples relatos, sino recuerdos de un mundo que no podían imaginar.
Finalmente, Suri rompió el silencio con una peque?a voz.
—?Entonces… las historias de héroes y batallas que nos contabas, son de verdad?
Erik le sonrió con suavidad.
—Bueno esas no lo son, Suri. Pero las otras si son de verdad… algunas más que otras.
Las chicas aún parecían asimilando todo, pero poco a poco, sus expresiones de disgusto comenzaron a suavizarse. No era fácil aceptar que Erik había ocultado algo tan grande, pero tampoco podían ignorar que lo hizo por un motivo válido.
Mika suspiró y tomó la mano de Erik con firmeza.
—Está bien… cuéntanos todo, pero esta vez sin ocultar nada. Queremos escuchar la verdad.
Erik tomó aire lentamente, mirando a todas reunidas. Sus ojos recorrieron cada rostro, desde las mayores que lo observaban con serenidad y expectativa hasta las chicas, que aún tenían rastros de recelo por la revelación anterior.
Erik suspiró, tratando de encontrar la mejor manera de explicarles algo que, para él, había sido normal gran parte su vida.
—Mi mundo, se llama Tierra… y es muy diferente a este lugar. —Hizo una pausa, ordenando sus pensamientos—. Es un mundo lleno de cosas creadas por las personas para hacer la vida más fácil. Tenemos herramientas, muchas máquinas y formas de comunicarnos a grandes distancias y viajar grandes distancias en pocas horas.
Las chicas intercambiaron miradas, confundidas.
—?Muchas máquinas? —preguntó Becca.
Erik tomó varios pedazos de madera que había tallando las formas de algunas maquinas.
—Hay muchas diferentes. Algunas se usan para hacer ropa más rápido, sin que haya personas cociendo a mano, otras para construir casas, y algunas pueden incluso volar a gran velocidad.
Los ojos de Lera brillaron con interés al escuchar sobre la confección de ropa.
—?Cómo es posible hacer ropa sin coserla a mano? —preguntó ella.
—Sabía que en algún momento te interesaría esto —dijo con una sonrisa, mientras alzaba el tallado de la maquina de coser.
Lera se acercó rápidamente y miro la figura con cuidado.
—?Esto es?
—Si, es una máquina de coser —respondió Erik, girándola un poco para mostrar sus detalles—. En la Tierra, muchas personas usaban estas máquinas.
—?Y cómo funciona? —preguntó Becca, mirando otra figura con curiosidad.
—Aquí arriba —Erik se?aló la parte superior de la figura— se coloca una aguja especial que sube y baja muy rápido, pasando un hilo a través de la tela. Hay otra en la parte debajo que sostiene otro hilo, y los dos se entrelazan para formar la costura.
Lera frunció el ce?o mientras analizaba la figura.
—?Y cómo se mueve la aguja?
—Algunas funcionaban con electricidad, pero otras usaban un pedal —explicó Erik—. Si presionabas el pedal con el pie, la aguja se movía.
—Eso haría que coser fuera mucho más rápido… —murmuró Lera, sorprendida.
—Muchísimo —confirmó Erik—. Lo que tardarías horas en hacer, con una máquina de coser se hace en minutos.
—?Y qué más tenían? —preguntó Alisha—. ?Solo eso?
Erik negó con la cabeza y tomó otra figura tallada.
—Esto es una máquina de bordado —dijo, mostrándola—. Algunas podían hacer patrones en la tela automáticamente, sin necesidad de coser a mano también.
Lera abrió mucho los ojos, ella solía hacer bordados a mano y le dificultaba mucho.
—?Máquinas que bordaban solas?
—Sí, pero eran más complicadas de usar. Mi madre prefería hacer los bordados a mano —dijo Erik—. También había tijeras especiales, reglas para cortar la tela con precisión, e incluso maniquíes ajustables para probar la ropa sin necesidad de ponérsela.
Lera parecía completamente fascinada.
—No puedo imaginar lo fácil que habría sido hacer ropa con todas esas herramientas…
—Aunque no tengamos esas máquinas aquí, tal vez podamos encontrar una manera de hacer algo similar —dijo Erik—. No igual, pero quizá algo que te ayude.
Lera asintió con determinación, su mente ya comenzando a idear nuevas maneras de mejorar su trabajo.
—Si hay algo que pueda aprender de tu mundo para hacer mejores prendas, lo haré —dijo con firmeza.
Erik sonrió.
—Si alguien puede lograrlo, eres tú.
Lera sonrió de vuelta, mientras las demás chicas seguían observando las figuras con fascinación, imaginando un mundo donde la confección de ropa no dependiera únicamente de sus manos.
—?Y qué más tenían? —preguntó Suri, fascinada—. Dijiste que viajaban rápido.
Erik sonrió levemente. Y tomo el tallado de los vehículos que usaban para el transporte masivo.
—Usábamos los autos, trenes y aviones — Alzando también los modelos de esos objetos tallados.
Las chicas lo miraron incrédulas.
—Eso sí no puede ser verdad —murmuró Becca.
Erik se acomodó mejor en su cama, sosteniendo un auto sencillo tallado, lo mejor que pudo hacerlo para explicar mejor lo que iba a contar. Mika, lo observaba con atención, tratando de imaginar todo lo que decía. Las demás chicas, junto con las mayores, estaban a su alrededor, esperando con curiosidad.
—Les hablé un poco sobre los vehículos, en algunas de mis historias, pero ahora quiero explicarles cómo eran en la Tierra —comenzó Erik—. Principalmente, las personas se movían en autos, bicicletas y otras máquinas.
—?Autos? —repitió Becca, recordando lo que ya había mencionado antes—. Dijiste que eran como carretas que se movían solas, pero ?Cómo funcionaban?
—Los autos tenían una maquina llamada motor —dijo Erik, se?alando la zona en tallado en su mano —. Ese motor usaba un líquido especial llamado “combustible” para generar energía y hacer girar las ruedas. Alguien tenía que manejarlo, pero con él podías viajar mucho más rápido que caminando.
Las chicas parecían asombradas.
—?Y qué tan rápido podía ir? —preguntó Becca.
—Depende del auto, pero algunos podían ir más rápido que el animal más veloz que conozcan —respondió Erik—. Podías cruzar una gran distancia en poco tiempo.
—Pero si iba tan rápido, ?no era peligroso? —preguntó Mika, frunciendo el ce?o.
—Sí —admitió Erik—. Por eso la gente tenía que aprender a manejarlo bien y seguir reglas para evitar accidentes.
Las chicas intercambiaron miradas. Aunque la idea era fascinante, también sonaba riesgosa.
—?Y todos usaban autos? —preguntó Lera.
—No todos, tenias que tener la edad adecuada para hacerlo, y había otras formas de moverse —respondió Erik—. Una de las más comunes era la bicicleta. —tomando el tallado para mostrarles.
—?Bicicleta? —preguntó Suri.
—Sí, es un vehículo de dos ruedas, pero en lugar de un motor, usabas tus piernas para moverlo —explicó Erik—. Girabas los pedales con los pies y eso hacía que las ruedas se movieran.
—?Entonces era como caminar, pero más rápido? —dijo Becca, interesada.
—Exacto —asintió Erik—. Era un buen ejercicio y no necesitaba combustible.
—Eso suena mejor que los autos —comentó Arlea—. No es peligroso y no hace falta un líquido raro para que funcione.
—Sí, pero era más lento y no podías recorrer distancias tan grandes sin cansarte —dijo Erik—. Aún así, muchas personas lo usaban, en especial los jóvenes que aun no tenían edad para manejar los autos.
Las chicas parecían imaginarse cómo sería una bicicleta y algunas mostraban interés en la idea.
—Había más formas de moverse en tierra —continuó Erik—. Estaban los trenes, que eran muy grandes y podían llevar a muchas personas a la vez, pero solo podían moverse en caminos hechos con metal de hierro. También existían otros vehículos parecidos a los autos, pero más grandes, llamados camiones y autobuses, que servían para llevar más personas o cargar cosas pesadas.
—Eso de los trenes aún suena extra?o… —murmuró Jerut—. Pero los autobuses y camiones parecen autos grandes, ?no?
—Sí, más o menos —dijo Erik—. Servían para llevar muchas personas juntas o transportar cosas de un lugar a otro.
Las chicas asimilaron la información con expresiones de asombro.
—Parece que en tu mundo todo estaba hecho para moverse rápido… —comentó Jaia, cruzándose de brazos.
—Sí… —respondió Erik, bajando un poco la voz—. Pero eso también trajo problemas.
Las chicas lo miraron con curiosidad.
—?Por qué? —preguntó Suri.
—Porque cuanto más rápido querían moverse las personas, más dependían de eso… y más da?o le hacían al mundo —dijo Erik con un tono serio—. Usar tanto combustible contaminaba el aire y la tierra, y cuando más personas querían autos y trenes, más recursos necesitaban. Eso causó conflictos…
Las chicas guardaron silencio, dándose cuenta de que, aunque esas invenciones sonaban asombrosas, también podían traer consecuencias.
Mika, que hasta ahora había estado observándolo en silencio, lo miró con más interés. Intentaba imaginar cómo sería ese mundo lleno de máquinas que iban rápido de un lado a otro. ?Cómo sería caminar entre esos autos y trenes? ?Cómo se sentiría viajar tan rápido?
—Pero no todo era malo —dijo Erik, notando la expresión de las chicas—. Solo que dependía de cómo se usara.
—?Tú usaste esos vehículos? —preguntó Mika.
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—Sí, la bicicleta cuando era peque?o, mi familia tenía un auto que lo manejaba mi padre —respondió Erik—. Y cuando aprendí a andar en bicicleta, me gustaba mucho.
—Entonces… ?podrías hacer una bicicleta aquí? —preguntó Lera, con los ojos brillando de curiosidad.
Erik soltó una risa leve.
—No lo sé… podría intentarlo, pero necesitaría ciertos materiales.
Lera parecía emocionada por la idea, mientras que las demás seguían pensando en lo que Erik les había contado.
—Tu mundo es realmente diferente al nuestro… —murmuró Mika.
—Sí… lo es —dijo Erik, con un dejo de nostalgia—. Y apenas les estoy contando una peque?a parte.
Erik se recargó un poco en su cama, observando las expresiones curiosas de las chicas. Las mayores también prestaban atención, aunque con una expresión más analítica, como si buscaran entender cada palabra que decía.
—Ahora quiero contarles sobre otra forma en la que las personas viajaban —dijo Erik, tomando un avión tallado, lo mejor que pudo hacerlo —. Las personas no solo viajaban por tierra, sino también por el cielo.
—?Por el cielo? —repitió Becca con sorpresa.
—Sí, volaban con máquinas llamadas aviones —explicó Erik, se?alando su tallado—. Eran enormes y podían llevar muchas personas dentro.
Las chicas se miraron entre sí, asombradas.
—Pero… ?Cómo es posible que algo tan grande pueda volar? —preguntó Lera con escepticismo—. ?Ni siquiera las aves más grandes que hemos visto pueden levantar algo tan pesado!
—Es porque los aviones tienen enormes motores muy potentes que empujan el aire con gran fuerza —explicó Erik—. Además, su forma está hecha para cortar el viento y elevarse poco a poco.
—Eso suena… imposible —murmuró Mika, frunciendo el ce?o.
—Lo entiendo, yo también pensaba lo mismo cuando era ni?o —dijo Erik con una leve sonrisa—. Pero es real. Los aviones podían viajar grandes distancias en poco tiempo.
—?Qué tan rápido iban? —preguntó Suri.
—Mucho más rápido que un auto o cualquier otra cosa en tierra —respondió Erik—. Con ellos, las personas podían cruzar mares y continentes en cuestión de horas.
—?Mares y continentes? —preguntó Lera, sin comprender del todo.
—Sí, en la Tierra hay grandes extensiones de agua llamados océanos o mares, tan enormes que no se pueden cruzar caminando o nadando —explicó Erik—. Sin los aviones y barcos, tomaría meses o a?os viajar de un lugar a otro.
Las chicas intentaban imaginarlo. Para ellas, la aldea y sus alrededores eran todo lo que conocían del mundo. Pensar en lugares tan distantes que requerían máquinas voladoras para llegar era difícil de comprender.
—Entonces… ?además de los aviones había barcos? —preguntó Alisha, mostrando interés.
—Sí, también existían barcos grandes llamados buques —respondió Erik—. Pero los aviones eran los más rápidos para viajar.
—?Y todos podían usar esos aviones? —preguntó Lera.
—No todos —dijo Erik—. No cualquiera podía manejar uno. Se necesitaba mucho entrenamiento para volar un avión.
—Entonces… ?tú sabes manejar uno? —preguntó Becca, con los ojos brillando por la emoción.
Erik soltó una leve risa.
—No, no tengo ni idea de cómo hacerlo —admitió—. Se necesita aprender muchas cosas y entrenar por a?os.
Las chicas parecían aliviadas.
—Eso me tranquiliza —dijo Mika en voz baja, haciendo que Erik la mirara con curiosidad.
—?Por qué?
—Porque esas cosas que cuentas suenan increíbles… pero también peligrosas —respondió Mika, observándolo fijamente—. Si algo tan grande y rápido se cae del cielo…
—Sí… muchas veces hubo accidentes —admitió Erik con un tono serio—. Pero, aun así, las personas seguían usándolos porque les permitían llegar a lugares lejanos rápidamente.
Las chicas guardaron silencio, procesando la información.
—?Había algo más que volara? —preguntó Lera.
—Sí, además de los aviones, existían helicópteros —dijo Erik, alzando un dibujo tallado de uno —. Eran diferentes porque no tenían alas grandes como los aviones, sino unas aspas arriba que giraban muy rápido y los levantaban en el aire.
—?Aspas? ?Cómo las de un molino? —preguntó Jaia, recordando algo que su abuela mencionaban en historias antiguas.
—Sí, parecido —dijo Erik, pensando como sabia lo que eran las aspas y un molino, ya que en la aldea no hay nada parecido —. Pero giraban tan rápido que podían hacer que el helicóptero flotara en un solo lugar o se moviera en cualquier dirección.
—Eso suena aún más extra?o… —murmuró Arlea.
—Y aún hay más —continuó Erik—. También había globos enormes llenos de aire caliente que flotaban, pero eran más lentos y no se usaban tanto.
Las chicas intercambiaron miradas, sabiendo que aún quedaba mucho por aprender sobre la Tierra.
—Ahora les hablaré sobre cómo eran las casas —dijo Erik, alzando varios tallados de casas —. En mi mundo, la gente vivía en muchas clases de viviendas, dependiendo del lugar donde estuvieran y de lo que podían construir.
—Aquí todas nuestras caba?as son parecidas —comentó Jaia, mirando a su alrededor por el hueco que usaban como ventana —. ?Allá también eran así?
—No exactamente —dijo Erik, —. Algunas casas eran peque?as, como esta. Se hacían con madera, ladrillos o piedras, y tenían techos resistentes.
—?Ladrillos? —preguntó Becca.
—Son bloques hechos de barro endurecido —explicó Erik—. Se usaban para construir muros fuertes.
Las chicas se miraron entre sí, sorprendidas. Nunca habían visto nada parecido.
—Pero no todas las casas eran así —continuó Erik, tomando otro tallando, una estructura más grande—. En las ciudades, donde vivía mucha gente, se construían edificios. Eran como casas gigantes, con muchos pisos donde vivían varias familias.
—?Cómo una caba?a encima de otra? —preguntó Mika, tratando de imaginarlo.
—Más o menos —dijo Erik—. Pero mucho más grande. Algunas tenían diez, veinte o incluso cincuenta pisos.
—Eso suena… muy peligroso —comentó Lera—. ?Cómo no se caían?
—Se construían con materiales muy fuertes, como cemento y acero que es como un metal pero mas duro —explicó Erik—. Además, tenían cimientos profundos que las mantenían firmes.
Las mujeres mayores intercambiaron miradas. Cemento y acero… esas palabras les resultaban extra?as.
—?Y qué tan altos eran esos edificios? —preguntó Jaia con curiosidad.
—Algunos eran tan altos que parecían tocar el cielo —dijo Erik—. Se llamaban rascacielos.
Las chicas lo miraron con incredulidad.
—?Tocar el cielo? —repitió Suri, boquiabierta—. Eso no puede ser.
—No literalmente, pero sí eran enormes —dijo Erik, sonriendo—. Algunos tenían más de cien pisos y eran tan altos que, desde arriba, se podía ver toda la ciudad como si fuera un dibujo peque?o.
—?Cómo subían tan alto? —preguntó Alisha—. No me digas que escalaban.
—No, se usaba una máquina llamada ascensor —respondió Erik—. Eran como peque?as habitaciones que subían y bajaban dentro del edificio con solo presionar un botón.
—Eso sí que suena imposible… —murmuró Mika, sin poder ocultar su asombro.
—Era real —dijo Erik—. Las personas construyeron ciudades enormes llenas de estos edificios. Desde las alturas, se veía un mar de luces y estructuras de todo tipo.
Las chicas intentaron imaginarlo. Su mundo era simple, con caba?as de madera y caminos de tierra. La idea de enormes torres llenas de luces les parecía algo salido de un sue?o imposible.
—Eso suena increíble… —dijo Becca, maravillada.
—Sí —respondió Erik con una sonrisa nostálgica—. Pero como todo, tenía sus problemas. No todos podían vivir en estos edificios. Además, a medida que crecían las ciudades, la naturaleza desaparecía poco a poco.
El ambiente en la caba?a se volvió más serio.
—Así que… ?destruyeron los bosques para hacer esas ciudades? —preguntó Jaia con el ce?o fruncido.
—Sí —admitió Erik—. No siempre fue bueno. La gente necesitaba más espacio, más materiales, más caminos… y poco a poco, el mundo cambió.
Mika, que había estado en silencio, observó el perfil de Erik. Por su tono de voz, notó que no solo estaba contando una historia… estaba recordando su hogar. Uno que nunca volvería a ver.
Las mayores intercambiaron miradas.
—Entonces, ?por qué la gente de tu mundo usaba esas cosas si eran peligrosas? —preguntó Alisha.
Erik suspiró.
—Porque también ayudaban en muchas cosas. No era perfecto, pero... era lo que teníamos.
Hubo un momento de silencio. Las aldeanas no podían imaginar un mundo tan caótico, pero al mismo tiempo, sentían curiosidad por él.
—Bueno... tal vez no todo en tu mundo era malo —admitió Arlea en voz baja.
—No, no lo era —confirmó Erik.
Mika, inclinó un poco la cabeza, observando a Erik con atención.
—Tu mundo suena… tan distinto y extra?o —murmuró.
Erik asintió lentamente.
—Sí, lo es. Todo lo que tienen aquí en la aldea, en mi mundo lo hacíamos con herramientas avanzadas. Incluso para la comida, usábamos objetos con fuego controlado dentro de cajas metálicas para cocinar más rápido.
—?Cajas de fuego? —preguntó Arlea, levantando una ceja.
Erik sonrió, imaginando lo extra?o que debían sonar sus palabras para ellas.
—Se llaman hornos y estufas.
—?Qué es una estufa? —preguntó Becca.
—Es… como una fogata, pero controlada —explicó Erik—. En lugar de hacer fuego con madera, usábamos gas o electricidad para calentar los alimentos. Así podíamos regular la temperatura y cocinar más rápido sin tener que preocuparnos de avivar las llamas.
—?Gas? ?Electricidad? —preguntó Arlea, frunciendo el ce?o—. ?Cómo es que algo así puede hacer fuego?
Erik sonrió.
—Es un poco complicado de explicar, pero imaginen que el gas es un tipo de aire especial que puede arder cuando se enciende con una chispa. Las estufas de gas tenían una peque?a chispa que encendía el fuego y lo mantenía controlado.
—?Y la otra cosa? —insistió Mika, aún sentada cerca de el —. ?Electricidad?
—Eso es diferente —dijo Erik—. No usaba fuego, sino calor generado por energía. Había estufas con resistencias de metal que se calentaban sin hacer llamas. Así podíamos cocinar sin humo ni peligro de que algo se quemara fuera de control.
Las chicas se miraron entre sí, sorprendidas. La idea de calentar comida sin fuego les parecía increíble.
—?Y el horno? —preguntó Suri, curiosa—. Dijiste que también usaban eso.
—Sí —asintió Erik—. Los hornos eran como cajas cerradas que se calentaban por dentro, usando, gas o electricidad. Se usaban para cocinar carne y muchas otras cosas.
Las chicas quedaron en silencio, tratando de imaginarse todo lo que Erik describía.
—Tu mundo tiene muchas cosas extra?as… —murmuró Hada—. Pero admito que suena útil.
—Sí, aunque también tenía sus problemas —admitió Erik—. Si te acostumbrabas demasiado a esas cosas, era difícil cocinar sin ellas. Aquí ustedes han aprendido a cocinar con lo que tienen, sin necesidad de depender de cosas complicadas.
—Erik —llamó Mika, mirándolo con atención—. Si pudieras elegir… ?preferirías cocinar como en la Tierra o como aquí?
Erik se quedó pensando por un momento.
—No lo sé… —admitió—. Allá todo era más rápido y fácil, pero aquí… siento que cocinar es más natural, más real. Aprendí a cazar, a recolectar y a preparar la comida con mis propias manos. Es algo que nunca había hecho antes, y eso me gusta.
Mika sonrió levemente, satisfecha con su respuesta.
Las chicas quedaron en silencio, tratando de imaginarse todo lo que Erik describía.
—Dijiste que podían hablar con personas muy lejos —dijo Becca inclinando la cabeza, intrigada—. ?Cómo hacían eso?
—Sí —a?adió Suri—, ?era como magia?
Erik sonrió y negó con la cabeza.
—No era magia. Usábamos objetos llamados "teléfonos".
Erik mostró la siguiente figura: una caja rectangular con varias marcas en el centro.
—Esto representa al ‘teléfono’. Nos permitía hablar con personas que estaban muy lejos, sin necesidad de ir a buscarlas.
Las chicas aun con miradas confundidas.
—Imaginen que quieren hablar con alguien que está a una gran distancia, pero no pueden ir hasta allí. En mi mundo, había estos aparatos peque?os, del tama?o de mi mano, que podíamos usar para hablar con esa persona.
—Pero… ?cómo? —preguntó Mika, frunciendo el ce?o, mirando el objeto tallado —. Si alguien está tan lejos, no te puede escuchar.
—Si —Erik asintió—. Pero estos aparatos podían enviar nuestras voces por el aire, como si fueran ondas invisibles. Esas ondas llegaban a otro aparato igual y ahí se escuchaba nuestra voz.
—?Las voces viajaban por el aire? —preguntó Arlea, desconfiada—. Eso suena imposible.
—Piensen en cuando gritan —explicó Erik—. Su voz viaja por el aire, ?cierto?
—Sí… —respondió Suri.
—Pues imaginen que en lugar de desaparecer cerca de ustedes, su voz entra en el aparato y este la manda a otro lado.
Las chicas seguían sin estar seguras de entenderlo del todo, pero al menos ya no lo veían como magia.
—?Y ese… "teléfono" de qué estaba hecho? —preguntó Becca.
—De metal y vidrio, con una pantalla que mostraba imágenes que se movian y letras. Tocábamos esa pantalla con los dedos para usarlo.
—?Imágenes que se movían y vidrio? —preguntó Mika, sorprendida—. Eso sí suena a magia.
Erik sonrió.
—El vidrio es como el reflejo del agua, pero en lugar de reflejarte a ti, mostraba otras personas como si estuviera a tu lado.
—?Cómo estamos los dos ahora? —dijo Mika, alzando una ceja.
—Sí, pero solo en la pantalla del teléfono.
Suri abrió la boca, impactada.
—?Eso si es magia!
—No es magia, es tecnología —corrigió Erik—. Pero lo más impresionante eran las redes, que conectaban a todas las personas del mundo a través de esos teléfonos y otras herramientas.
—?Conectar a todo el mundo? —preguntó Becca.
—Sí. Con las redes, podías conocer lo que estaba pasando en cualquier parte del mundo en segundos.
Las chicas parecían completamente asombradas. Se miraron entre sí, completamente confundidas. Arlea, que había permanecido en silencio, observó la figura de madera con curiosidad.
—Eso si es muy extra?o —murmuró.
Las chicas asintieron lentamente.
Erik suspiró y tomó otra figura que había tallado. Era la más compleja: un grupo de personas enfrentándose, con líneas caóticas entre ellas.
—Pero no todo fue bueno… —su voz se volvió más seria, y el ambiente en la caba?a cambió. Las chicas dejaron de hablar y prestaron aún más atención—. Mientras más cosas teníamos, más queríamos. Y pronto, la gente comenzó peleas por ellas.
Mika, sentada cerca de el, se tensó.
—?Peleas?
Erik asintió, dejando la figura en el centro de las demás figuras talladas que estaban en la cama.
—Las ciudades crecieron demasiado, y los recursos comenzaron a escasear. Agua, comida, tierra… todo se volvió un problema. En vez de compartir, muchas personas decidieron que lo mejor era tomar lo que necesitaban por la fuerza y comenzaron las peleas por todo el mundo.
Becca frunció el ce?o.
—?Comenzaron peleas por eso?
—Sí —confirmó Erik, con un tono sombrío—. Al principio eran peque?as, pero con el tiempo, las armas y algunas máquinas que antes nos ayudaban comenzaron a usarse para destruir.
Las chicas se miraron con inquietud. Las mayores también guardaron silencio, recordando historias antiguas sobre conflictos que habían escuchado en su infancia.
—?Y qué pasó después? —preguntó Lera en voz baja.
Erik apretó los labios.
—Todo empeoró. Y fue entonces cuando la Tierra comenzó a colapsar.
Erik se quedó en silencio por un momento, mirando las figuras de madera que había tallado. Todas esperaban su respuesta con atención, incluso las mayores, que parecían recordar vagamente historias similares contadas por los más ancianos cuando ellas eran ni?as.
—No sucedió de un día para otro —dijo finalmente—. Todo comenzó poco a poco, cuando la gente empezó a notar que el agua ya no alcanzaba para todos, que la comida se volvía más escasa y difícil de conseguir, y con el clima cambiando, todo se volvió mas difícil para todos.
—?El clima cambiando? —preguntó Becca, confundida.
Erik tomó uno de los pedazos de madera y lo sostuvo en sus manos, pensativo. Sabía que explicar las estaciones a las chicas no sería fácil, ya que para ellas el clima siempre había sido prácticamente el mismo, salvo la época de calor.
—Trataré de explicarlo con palabras simples —dijo, observando a las chicas, quienes estaban alrededor de él, atentas a cada palabra. Al ver a Mika que se acercaba mas, se acomodo para darle campo y se sentó junto a el.
Mika, sentada en la cama, lo miraba fijamente, deseando comprender más sobre el mundo del que provenía su compa?ero de caza y pareja. Las mayores también escuchaban con interés, mientras Suri, siempre curiosa, inclinaba la cabeza, intrigada.
Erik usó un trozo de carbón para dibujar un círculo en la madera frente a él.
—En la Tierra, el clima cambia a lo largo del a?o porque se mueve alrededor del sol en una trayectoria llamada órbita —explicó, dibujando una línea curva—. Y dependiendo de dónde esté en su recorrido, experimentamos diferentes estaciones.
Las chicas intercambiaron miradas confundidas.
—?El mundo… se mueve? —preguntó Suri con incredulidad.
—Sí, pero no lo sentimos porque es enorme —respondió Erik con calma—. Ahora, imaginen que este círculo representa un a?o entero. Se divide en cuatro partes, cada una con un clima distinto.
Tomó el trozo de carbón y trazó cuatro marcas en su dibujo.
—Primero está la primavera, cuando las plantas florecen y hay muchos frutos, verduras y vegetales. Es un tiempo de crecimiento y vida nueva.
Lera sonrió suavemente.
—Eso suena como lo que tenemos todo el tiempo aquí.
—Si —asintió Erik—. En este mundo, parece que siempre están en primavera.
Luego, se?aló la siguiente marca en el dibujo.
—Después viene el verano, que es cuando hace más calor. Los días son más largos, hay más luz del sol y en algunos lugares hace tanto calor que la gente busca sombra o agua para refrescarse.
—Eso me recuerda a la época de calor —comentó Becca—. Pero dices que ocurre todos los a?os en tu mundo…
—Sí, todos los a?os —confirmó Erik—. Luego viene el oto?o. Aquí, las hojas de los árboles cambian de color, volviéndose rojas, naranjas o amarillas, y comienzan a caer. Es cuando el clima empieza a enfriarse.
—?Las hojas cambian de color? —preguntó Suri, asombrada—. ?Por qué?
—Porque los árboles comienzan a prepararse para el invierno y dejan de producir lo que los mantiene verdes —explicó Erik.
Las chicas parecían maravilladas con la idea de un paisaje que cambiaba con el paso del tiempo.
—Y finalmente —continuó Erik, se?alando la última parte del círculo— está el invierno.
—?Invierno? —preguntó Becca, frunciendo el ce?o—. ?Qué es eso?
Erik la miro y a todas. Ya esperaba esa pregunta.
—Es… cuando hace mucho frío —intentó explicar—. La temperatura baja tanto que el agua se congela como una roca y en vez de lluvia liquida cae nieve, en algunos lugares todo se cubre de nieve y hielo.
—?El agua cae congelada del cielo? —Suri lo miraba con ojos muy abiertos, como si le costara creerlo.
—Sí, algo así —respondió Erik con una leve sonrisa—. La nieve es como peque?os cristales de hielo que caen lentamente. Y cuando se acumula en el suelo, todo se vuelve blanco.
—Debe ser difícil vivir en un lugar así… —murmuró Mika, frunciendo el ce?o.
—Lo es, pero la gente se adapta —dijo Erik—. Usan maquinas para calentar sus casas, ropa gruesa para protegerse y almacenan comida para no tener que salir cuando hace demasiado frío.
—Entonces prefiero este lugar —murmuró Mika, cruzándose de brazos—. No quiero vivir en un sitio donde el agua cae del cielo como rocas.
Las demás rieron suavemente, pero Erik no pudo evitar pensar en lo diferente que era este mundo al suyo. Había tantas cosas que las chicas no conocían… y tantas que él mismo aún no comprendía sobre este lugar.
Las chicas intercambiaron miradas, tratando de imaginar un mundo donde el clima cambiara de esa manera. Para ellas, siempre había sido lo mismo: una primavera eterna con una época de calor cada veinte a?os.
—Debe ser hermoso ver tantos cambios en el mundo —susurró Suri con admiración.
—Sí… lo era —respondió Erik con una leve melancolía en su voz.
Por un momento, su mente se llenó de recuerdos antes del colapso. De los inviernos junto a su familia, del olor de las hojas en oto?o, del calor del verano y de la frescura de la primavera. Momentos que ya no volverían.
Mika, sentada a su lado, lo observó en silencio. Se dio cuenta del cambio en su expresión, del peso de sus recuerdos. Algo dentro de ella se encogió al verlo así, tan distante, tan herido.
Sin pensarlo demasiado, deslizó su mano con suavidad y la colocó sobre la de él.
El contacto fue ligero, pero cálido. Un gesto simple, pero con un significado profundo. Erik sintió el calor de su piel y, como si su mente regresara al presente, desvió la mirada hacia Mika.
Ella no dijo nada, solo lo miró con esos ojos intensos, transmitiéndole apoyo sin necesidad de palabras.
él, en respuesta, le dedicó una peque?a sonrisa, una muda gratitud reflejada en su mirada. No necesitaba decirle lo que sentía en ese momento; Mika lo entendía.
Las demás chicas notaron el gesto, pero ninguna dijo nada. Algunas, como Hada, intercambiaron miradas con disimulada curiosidad, mientras que otras, como Lera y Becca, parecían reflexionar en silencio.
—Gracias por contarnos, Erik —dijo Jaia con voz suave—. Es difícil imaginar un mundo tan cambiante, pero es fascinante saberlo.
Erik sonrió levemente y asintió.
—Había lugares donde hacía mucho frío y otros donde hacía mucho calor, pero con el tiempo, el calor empezó a ser más fuerte en todos lados. Los inviernos se volvieron mas fríos, y las tormentas, más violentas que podían destruir casas. A veces llovía tanto que las ciudades se inundaban, y otras veces no llovía nada durante meses, y los ríos se secaban.
Las chicas intercambiaron miradas preocupadas. Ellas nunca habían visto algo que pueda ser tan fuerte que pueda destruir una caba?a, pero sabían lo difícil que podía ser cuando no llovía lo suficiente.
—Entonces… tu mundo no siempre tiene el mismo clima y empezó a colapsar —dijo Lera en voz baja, tratando de comprender.
Erik asintió.
—Pero la gente no se preocupó al principio —continuó Erik, con la explicación —. Pensaban que todo seguiría igual y que, si algo salía mal, los avances que teníamos lo arreglaría.
—?Y no lo hizo? —preguntó Mika, quien aún permanecía sentada a su lado, observándolo con interés.
Erik negó con la cabeza.
—Algunas cosas mejoraron por un tiempo, pero no fue suficiente. Las tierras que antes servían para cultivar dejaron de serlo. Muchas plantas se marchitaron y morían por la falta de agua, y los animales comenzaron a desaparecer.
Suri frunció el ce?o.
—?Desaparecieron?
—Sí… —Erik suspiró—. Hubo animales que no lograron adaptarse al cambio del clima y dejaron de existir. Otros fueron cazados hasta que ya no quedaron más.
Las chicas guardaron silencio. La idea de que un ser vivo simplemente dejara de existir para siempre era inquietante, ya que ellas solo casaban lo que necesitaban.
—?Y qué más? —preguntó Mika.
Erik tomó otro de sus tallados, uno que había hecho para representar un grifo de agua.
—Había sistemas que llevaban agua a las casas sin necesidad de ir al río con cantaros. Con solo girar una perilla, el agua salía de unas tuberías y podías usarla para cocinar o ba?arse.
—?Sin caminar hasta el río? —preguntó Arlea con incredulidad.
—Así es —afirmó Erik—. También había herramientas que cortaban arboles gigantes en segundos.
Las chicas se quedaron en silencio, intentando imaginarlo.
—Eso suena… demasiado fácil —dijo Becca—. Como si las personas no tuvieran que hacer nada por sí mismas.
—Ese fue el problema —dijo Erik con un suspiro—. Cuanto más avanzaba las herramientas, menos esfuerzo hacían las personas. Ya no tenían que cazar, cultivar o construir con sus propias manos. Todo era rápido, inmediato. Pero en lugar de usarlo con sabiduría, lo usaron para hacer más de lo que necesitaban.
Mika frunció el ce?o.
—?Más de lo que necesitaban?
Erik asintió.
Jaia, que había estado observando todo en silencio, finalmente habló.
—Erik… si todo era tan avanzado, ?por qué tu mundo terminó destruido?
él suspiró y bajó la mirada.
—Porque la gente nunca estuvo satisfecha con lo que tenían. Siempre querían más, más rápido, más fácil… y al final destruyeron lo que tenían.
Las mayores asintieron con gravedad. Para ellas, la vida siempre había sido sencilla y basada en lo que la naturaleza les daba. La idea de depender de cosas que al final te llevan a la ruina les parecía… triste.
—Aquí no tenemos nada de eso —dijo Becca en voz baja—. ?Crees que lo necesitamos?
Erik pensó un momento.
—Algunas cosas podrían ayudar, como algunas de las herramientas que encontramos en la herrería, varias de esas cosas existían en mi hogar. Pero lo importante es no repetir los errores. No depender de algo tanto que olviden lo que realmente importa.
Las chicas reflexionaron en silencio. Puede que nunca entenderán del todo el mundo de Erik, pero sí sabían una cosa: su aldea y su forma de vivir eran valiosas. No cambiarían eso por nada.
—Se hacían muchas cosas aunque fueran inútiles o da?inas. Se destruían bosques enteros para hacer más y más objetos sin preocuparse por el futuro. Y lo peor… es que también crearon máquinas y armas para las guerras.
Un escalofrío recorrió la caba?a.
—?Armas para la guerra? —susurró Suri.
Erik tomó un tallado del fondo de la caja de madera, una figura con la forma de una pistola básica.
—Así como había herramientas para ayudar, también había para destruir. Armas que podían acabar con una vida a distancia, fuego que no se apagaba con agua y explosiones que podían borrar una ciudad entera en un instante.
Las chicas se quedaron en silencio, incapaces de procesar del todo lo que él decía.
—Entonces, ?por eso todo terminó? —preguntó Arlea en voz baja.
—Sí… —respondió Erik, bajando la mirada—. La gente no supo cuándo detenerse, y cuando se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. El mundo que mis padres y abuelos conocieron desapareció, dejando solo ruinas.
La caba?a quedó en absoluto silencio.
—Es… triste —murmuró Lera—. Saber que algo que pudo haber sido tan bueno terminó siendo lo peor.
Becca asintió.
—Pero… ?tú puedes hacer esas cosas? —preguntó Arlea, curiosa—. ?Puedes construir esas casas con luz sin fuego? ?O esas tuberías de agua?
Erik negó con la cabeza.
—No lo sé…
—?Por qué? —preguntó Lera, frunciendo el ce?o.
—Porque no sé tanto como creen —respondió Erik con sinceridad—. Las maquinas y herramientas no era cosa de una sola persona. Muchas personas trabajaban juntas durante a?os para hacerlas funcionar. Yo solo sé algunas cosas básicas, cosas que aprendí de mi abuelo o que observé. No podría hacer maquinas tan avanzadas de lo que había allá.
Las chicas intercambiaron miradas y, en lugar de verse decepcionadas, parecieron más relajadas.
—Entonces… no puedes hacer las cosas peligrosas —murmuró Mika con alivio.
—Eso es un alivio —dijo Becca, soltando un suspiro—. Algunas de las cosas que mencionaste suenan aterradoras.
—Sí, prefiero seguir viviendo como hasta ahora, antes que tener algo que nos pueda hacer da?o —agregó Lera.
—Lo último que queremos es algo que destruya nuestro hogar —dijo Arlea, cruzándose de brazos.
Erik las miró sorprendido. No era la reacción que esperaba.
—?Entonces no les molesta que no pueda hacer esas cosas, aunque ayuden a todos?
—Para nada —respondió Becca con una sonrisa—. Lo que más nos importa es lo que puedes ense?arnos con lo que ya sabemos usar.
—Sí —agregó Mika, apretando su mano con delicadeza —. Mientras no pongamos en riesgo nuestra aldea, cualquier cosa que nos ayude un poco estará bien.
Erik asintió, comprendiendo que ellas veían la tecnología de manera diferente. En la Tierra, todos buscaban avanzar sin pensar en las consecuencias. Pero aquí, ellas valoraban la seguridad por encima de la comodidad.
—Aunque no pueda hacer casas con luz, hay cosas más simples que sí puedo hacer y ense?arles. Cosas que harán la vida más fácil sin necesidad de depender de máquinas que podrían destruirlo todo.
Las mujeres mayores, que habían estado escuchando en silencio, se miraron entre sí. Había algo en las palabras de Erik que les resultaba inquietantemente familiar, algo que les recordaba historias muy antiguas. Sin embargo, guardaron silencio. No era el momento de hablar de eso.
Por ahora, solo observarían y escucharían.
Porque quizás, sin que Erik lo supiera, su llegada traía respuestas a preguntas que llevaban generaciones sin resolver.
Erik hizo una pausa en su relato y dirigió su mirada a Suri, quien lo observaba con sus grandes ojos llenos de curiosidad. Había algo que le pesaba en la mente desde la noche anterior, algo que no podía dejar pasar.
—Suri… —dijo en voz baja, captando su atención—. Quería disculparme contigo. Por mi culpa, tu día especial terminó demasiado rápido.
Las demás también se quedaron en silencio al escuchar eso. Suri parpadeó y luego inclinó la cabeza con una expresión de sorpresa.
—?Mi día especial…?
—Sí, tu fiesta —continuó Erik—. Estábamos tan felices y por mi culpa todo se arruinó.
Para su sorpresa, la ni?a soltó una peque?a risa y negó con la cabeza.
—No me molestó, Erik —dijo con sinceridad—. Me divertí mucho, aunque no duró tanto. Y ahora, después de todo esto, sé más cosas sobre ti… eso es mejor que cualquier fiesta.
Erik sonrió con alivio. Le alegraba que Suri no estuviera molesta por lo ocurrido.
—Gracias, Suri —respondió con una sonrisa.
La ni?a asintió y, sin soltar su entusiasmo, se acercó más.
—Y ya que ahora sabemos muchas cosas sobre tu mundo, quiero saber más sobre ti. ?Cómo vivías y como era tu familia?
—Sí, nos hablaste de la Tierra, pero aún no nos has contado cómo era tu vida con tu familia —a?adió Mika, interesada.
Esa pregunta dejó a Erik en silencio por un momento.
Las demás chicas también lo miraban con expectación. Lera, Becca y Mika parecían especialmente interesadas en su respuesta. Mika, sentada a su lado, lo observaba con atención, queriendo saber más sobre la vida de su compa?ero antes de que llegara a este mundo.
Erik respiró hondo.
— Está bien… les contaré sobre mi vida allá.
Mientras pronunciaba esas palabras, su mente comenzó a viajar al pasado. Recordó su hogar, los días en la escuela, las tardes jugando con sus hermanas, las ense?anzas de sus abuelos, las reuniones familiares… todas esas memorias que ahora parecían tan lejanas.
Por un momento, se preguntó si alguna vez podría volver a ver ese mundo. Pero ahora, lo único que podía hacer era compartirlo con ellas, con las personas que, de alguna manera, habían comenzado a formar parte de su nueva vida.

