Andrew probó el suelo por quinta vez. Sentía cómo su cuerpo, lleno de moretones, quería descansar. Resopló con el sudor a flor de piel. Frente a él estaba su maestro, con su fedora, y al igual que Andrew, vestía solo unos calzones de spandex.
—Tus movimientos de boxeo no son malos, pero te falta mucho —dijo su maestro, manteniendo una postura de karate.
No importaba cuánto lo intentara, Andrew siempre terminaba bloqueado y tirado en el suelo.
Se limpió el sudor mientras miraba el gimnasio lleno de muebles. Sus chicas estaban inconscientes después de un ataque en conjunto. Andrew se mordió la lengua. uso su tercer ojo, pero no importaba, no veía nada. Respiró fuerte, aunque no sabía si eso es ira o solo era falta de aire.
—Vamos, acércate.
Andrew se lanzó con una ráfaga de pu?os cuando su maestro se acercó a sus chicas, pero este le metió un rodillazo que le sacó el aire. Le tomó de las manos y le aplicó una llave, inmovilizándolo como a un cerdo.
—Mírame. Olfatea. Escucha. Siente el movimiento del aire. Saca la lengua y saborea el ambiente. Busca ángulos, mira el entorno. Busca armas, busca distracciones. Deja que la emoción te llene, deja que tu intuición te diga el camino —dijo su maestro desde su espalda.
Andrew solo pudo maldecir por lo bajo.
Los siguientes días fueron iguales. Su maestro los ponía en diferentes lugares, como edificios en construcción, donde Julia lo sorprendió con su parkour. Al parecer, en verdad era una conejita saltando, escalando con agilidad... ?conejil? Sí, conejil. Ashley y él buscaban fintar, pero su maestro siempre marcaba el tiempo, dando saltos al vacío y tomando una cuerda que lo llevaba a otro piso.
Una vez, su maestro golpeó el piso y este se quebró. Apenas lograron esquivar la caída por un aviso de Ashley, pero fueron atacados por detrás y cayeron inconscientes. Ya despiertos y amarrados a postes, su maestro les dijo que debieron explorar y planear.
Cada vez que volvían del entrenamiento usaban el auto de su maestro, una camioneta. Al llegar, debían ba?arse y trabajar en el bar, que ahora tenía una clientela mayor porque Ashley había ido a dar publicidad en sus grupos de nerds. Andrew más de una vez tuvo que leer manuales que los clientes le dieron, escuchando sus consejos con la ceja temblando.
Al salir del trabajo, Andrew llevó a la dormida Julia a su casa y la depositó en su cama de carrito. Con cansancio, llegó a su casa con Ashley, lista para dormir. Un placer. Al despertar, se dio un ba?o muy largo, hasta quedarse dormido. Al salir, se vistió y se dirigió al cuarto, donde agarró valor y levantó la voz:
—?Por qué mierda lo hiciste? ?Me piden cosas como El Delirio del Fantasma o la Poción de Brujas Espumosa!
Estaban en su cuarto, que nunca se había sentido tan peque?o. Su armario estaba repleto. Sus camas se tuvieron que juntar para tener espacio para un televisor y un sofá. Todo olía a una combinación de sudor y cloro.
—Ooo, el gran barman no puede con unas bebidas creativas. Ve a llorar con papá a ver qué te dice.
Con un pa?uelo en la cabeza y en ropa interior, Ashley estaba limpiando el piso. Andrew se maldijo por discutir. Ahora se sentía horrible por estar molestando mientras Ashley limpiaba el cuarto por quinta vez... en ropa interior en la semana. Ok, tal vez eso sea raro. Según el libro de Penny, eso delata ansiedad... Ese libro, para su sorpresa, no hablaba de sexo ni de esas cosas.
—Te diré lo que te dirá —Ashley se levantó y le empujó con un dedo—. Andrew, tienes un trabajo. Debes cumplirlo con eficacia y siempre buscar la excelencia. Y sorpresa, sorpresa, el maestro Susano dirá lo mismo. Así que cállate y sirve a mis amigos. ?Lo entiendes, Andy?
Andrew salió de su cuarto con la cabeza baja.
Con la frente baja, Andrew se recostó en el sofá mientras esperaba a Ashley. Recordó la extra?a tranquilidad con la que sus padres tomaron su renuncia a la escuela. Su madre lo esperaba; ella había abandonado los estudios a su edad para centrarse en lo militar. Su padre solo levantó una ceja.
—He ido a ese bar y he hablado con ese hombre —dijo mientras revisaba su teléfono—. La escuela aquí solo sirve si planeas quedarte siendo la mierda en una corporación. Así que ser cazador es una opción.
Y así se cerró el asunto. Andrew se preguntó si sus padres iban al bar sin que él se diera cuenta. Su madre era más sigilosa de lo esperado. Cuando le preguntó a Julia cómo le había ido, ella dijo que el maestro Susano habló con su madre mientras estaba en su habitación. Al parecer, todo se arregló.
Sus reflexiones terminaron cuando Ashley salió, ya lista con jeans y una camisa sin mangas. Con eso hecho, fueron por Julia, que esperaba en la acera. Andrew la saludó, feliz de verla llena de energía. El camino al bar fue silencioso, aunque la maldita minivan era irritante.
Al llegar, pasó de largo a los trabajadores del turno diurno y fue directo al subterráneo, con sus chicas detrás. De memoria recorrió la base hasta llegar a un taller. Su auto tiburón estaba sobre una plataforma. Penny, con un cuerpo marimacho, hacía una pose de revista.
—Amigos, ?listos para seguir aprendiendo? —dijo con su voz feliz y algo grave.
Penny comenzó la clase de mecánica. Más de una vez, Andrew puso las manos sobre el auto y se "hundió". Era extra?o hacerlo sin un cable link o sin peligro. Se sentía frío, herido, como si estuviera quemado.
Pasaron la ma?ana con Penny. él se centró en lo mecánico y Julia en el software. Ashley estuvo un rato antes de irse con la Penny musical... Andrew aún no entendía todo el asunto de las Penny: ?eran una misma o diferentes interconectadas?
El reloj avanza lentamente al medio día , cuando empezaba el entrenamiento, Estaban solo él y Julia... con Penny dando empujones para ayudarlo yendo a buscar herramientas para dejarlos solos.
—Entonces, gracias por ayudarme. ?Tienes algo en lo que pueda ayudar? —preguntó Andrew con la boca seca.
Miró a Julia frente a su computadora. Ella, sonrojada, le indicó que no era nada y que estaba planeando crear un robot.
—Qué suerte. Yo estoy estudiando mecánica... La robótica está en la lista. Podré ayudarte.
No debe ser difícil, pensó. Un auto, un robot... ?qué tan diferentes podían ser?
Trabajaron en silencio, pero Andrew sonreía. Su plan de tener a Julia como novia estaba comenzando. Aunque él tenía dieciocho —bueno, los cumplía en diciembre— y ella dieciséis... Se metería en problemas por eso. Debería averiguar cómo funcionaba.
Captó algunas miradas de Julia. Con su tercer ojo, que al fin funcionaba, sintió que esto realmente podía funcionar.
Cuando se acercaba la hora, dejó las herramientas en su sitio y admiró el taller: todo limpio, con aire acondicionado. Su mirada se clavó en su auto. Según Penny, tardarían unas semanas en hacerlo correr de nuevo.
Se dio un ba?o rápido, se vistió con unos pantalones de lona y una camisa de manga larga blanca. Se mordió el labio. Esto de los modales... ya podía sentir que no sería lo suyo. Penny los guió a la sala de modales. Allí estaba Susano, con un traje de tres piezas y su fedora. La habitación parecía sacada de una revista de ricos. Sus chicas susurraban lo guapo que era Susano. Andrew frunció el ce?o. él se vería mejor.
This content has been misappropriated from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere.
Mirando a la Penny de modales, vestida como una sirvienta francesa, solo pudo sonreír. Estaba listo para los modales..
Jóvenes, tres grandes naciones nos ense?an el arte de vivir: del inglés, aprendan a dominarse a sí mismos; del francés, a perfeccionar las formas con que tratamos al mundo; y del espa?ol, a vibrar por dentro con dignidad y honor.
Sacando una fusta, elevó el mentón de Julia, que estaba baja.
—La verdadera nobleza es ser due?o de uno mismo, elegante con los demás y firme en el espíritu.
Tras ese discurso, Andrew esperó libros de texto, tal vez hologramas. Pero las horas que siguieron fueron calambres tras otro. No podían dar un paso sin que la fusta les golpeara una rodilla o un codo.
—Camina como si el suelo no mereciera enterarse de que existes. La pisada firme, pero sin ruido. Mírame.
Los pasos de su maestro no resonaban. Con la espalda recta, Andrew intentó copiarlo, pero un golpe en la espalda le indicó que había fallado. A Julia le dieron golpecitos en los brazos para que no los balanceara demasiado.
—No corras. Una dama nunca tiene prisa, porque el mundo espera por ella.
Como un buitre, el maestro giraba a su alrededor, haciendo que Julia se encogiera. Andrew apretó los dientes ante el estado de ella. El maestro la tomó por la cintura y la empujó a sacar pecho.
—La espalda recta no es para parecer más alto. Es para que el mundo vea que no te doblegas.
Ashley fluía en esto con pocos problemas después de un golpe o un consejo. Pero Andrew disfrutó cuando un golpe de fusta en la frente la detuvo.
—?Sonreír? ?Acaso eres un perro faldero? La sonrisa se reserva para los íntimos, no para la calle.
Su hermana gru?ó, pero su maestro le tomó la nariz hasta que Ashley dejó la cara en blanco. Andrew, antes de que siguiera con el ejercicio de caminar —que en este punto hubiera preferido alzar pesas—, escuchó:
—Que tu paso tenga la cadencia de un minué. Ni tan rápido que parezcas criado, ni tan lento que parezcas enfermo.
Su maestro se acercó de una forma que Andrew no pudo evitar mirar.
—Eres un enfermo que tendré que sanar. Y a la dama —se?aló a Julia—, eres noble, no una sirvienta.
Julia chilló ante el rega?o. Andrew se sintió como en un carril: solo caminaban, llegaban al final y volvían a empezar.
Las horas se volvieron días. Andrew trató de no sudar. Sus ojos estaban tensos, mirando a su maestro, que era el ejemplo. Sus pasos ganaron firmeza, aunque seguían siendo ruidosos.
—No eres un toro. El ruido es del que teme no ser visto. El digno ya lo es; no necesita presentarse.
Pero si no hacía ruido, ?cómo sabrían Ashley y Julia que estaba allí? ?Cómo intimidaría?
—Deja ese girar de cabeza para los girasoles o los tontos. La mirada del caballero es una caricia, no un latigazo. Aprende a ver con el rabillo del ojo, que es donde anida la elegancia.
Andrew siguió las instrucciones sin mostrar cansancio. La Penny de modales estaba observando. No quería un escozor. Y agradeció a Dios cuando por fin terminó y pudo sentarse en una silla clásica.
El descanso fue bienvenido. Julia parecía determinada; repetía en voz baja los consejos del maestro. Ashley se sobaba los moretones. Andrew revisó su horario, agradeciendo que lo siguiente fuera entrenamiento en armas tradicionales.
No podía evitar emocionarse. Hoy aprenderían armas blancas. Las últimas clases habían sido sobre armas de fuego porque, según el maestro, eran armas tradicionales, aunque superficiales y de poca sustancia por sí solas.
Tomaron agua con ambrosía para relajar el cuerpo. En distintas habitaciones se pusieron ropa: calzones de spandex. Las chicas se pusieron sostenes. Andrew juraba a Dios que mantenía la mirada lo mejor que podía, pero estaba cansado, le dolía la espalda, y Ashley y Julia eran más bajas que él. Así que las cosas pasaban.
Ashley le gui?ó un ojo. Julia, por su parte, le lanzó una mirada baja con su ojo descubierto.
Al entrar a la habitación, notó que estaba llena de armas que nunca había visto. Había espadas, lanzas y otras similares, pero una en especial llamó su atención: una espada curvada como una C en el centro de la hoja.
En medio de la habitación estaba su maestro Susano, con un gi. No les dijo nada. Solo los miró. Todos se quedaron quietos. Andrew tragó saliva. Podía escuchar la respiración suave de Ashley, la rápida de Julia y la constante de su maestro.
—?Ja! ?Te moviste? —el grito de Ashley lo hizo saltar.
Julia tomó aire de golpe hasta toser. Andrew concentró la mirada. Si su maestro se había movido, él no lo notó.
—Bien hecho, estudiante Ashley. En esta clase les ense?aré el uso de armas tradicionales. No siempre tendrán armas de fuego, o no se les permitirá usarlas —el maestro les ordenó sentarse mientras él buscaba las armas.
Andrew dudó: ?era racista haber esperado que a Julia le dieran la katana por ser japonesa? Bueno, nunca se lo contaría. Aunque Ashley le sacó la lengua, y algo le dijo que le había leído la mente.
Julia recibió un estoque medieval y un látigo, a los que sostuvo con curiosidad. Eso nunca lo había imaginado, ni en sus sue?os más salvajes. Ashley obtuvo la katana. Andrew podía ver las estrellas en sus ojos. Cuando por fin vio sus armas, le tembló la ceja. Debían estar jodiéndolo: a él le tocaron un palo de monje, nunchakus y una guja.
—Cada una de estas armas deberán dominarlas. El tercer ojo crecerá de forma orgánica; ustedes, de forma instintiva, lo usarán —dijo el maestro mientras tomaba una lanza—. Lo usan todo el tiempo. Ahora lo usarán más en sintonía con el cuerpo. Lo conectarán más a tierra, por así decirlo.
Sin más, Andrew maldijo a su yo pasado. Agitar una guja de 2.5 metros y 2.5 kilos por horas era un infierno, especialmente con una Penny china —vestida con ropa de película— que también tenía su propia guja.
—Es una guja de tajo y estocada del siglo XV-XVI, amigo Andrew —dijo la Penny china.
Ella solo hacía que este infierno fuera peor. El sudor corría por todo su cuerpo. Aunque no quería, podía sentir cómo sus ojos veían la postura de Penny, cómo olía, cómo sonaba su cuerpo. La imitaba. Se sentía raro. No se le escapaba que la Penny china tenía su misma altura y contextura. Recopilaba información, actuaba. Seguía los movimientos de Penny, se hundía en ella, y chocaba con un muro. Se retraía, sentía que algo volvía a él, y repetía.
No podía voltear. Cada vez que lo intentaba, ese enfoque se iba. Debía apretar los dientes para no caer, y volver a concentrarse.
Los meses siguientes se convirtieron en una rutina implacable. Cada día, Andrew despertaba en su cuarto, que pasó por una transformación total: del caos al orden, gracias a Ashley en ropa interior. Desayunaban rápido y se dirigían al bar para pasar al taller.
Allí, junto a Julia, pasaban las ma?anas. Andrew se centraba en mecánica, tratando de entender la robótica; Julia, en el software. Con el tiempo, sintió que la conocía más: sus gestos de concentración, su forma de sonreír cuando algo funcionaba. Pero la robótica era más complicada de lo que imaginaba. Julia le explicaba conceptos y él asentía, sonriendo, mientras por dentro sentía que su cerebro hervía. No importaba. Verla feliz valía el esfuerzo.
Luego venían las clases con Susano: modales, donde aprendían a caminar, hablar, sentarse y comer. Después, el entrenamiento de armas. Andrew se mordía los labios cuando tocaban armas de fuego. Sentía que sus brazos se prendían fuego. Debía saltar, dar volteretas, escalar, deslizarse y mil cosas más, todo mientras imitaba a su maestro o luchaba contra él usando armas sin munición letal. Cuando tocaban armas blancas, los nunchakus le ense?aron el dolor; el bo no estaba mal, y la guja le dejaba el cuerpo temblando. Al terminar, tenían un breve descanso. A veces, los tres solo miraban al techo sin hablar. Dios bendijera al creador de la ambrosía.
Por la noche, trabajaban en el bar. Andrew atendía la barra, Ashley socializaba, Julia manejaba la caja. Debían mantener la forma, los modales. Al salir, llevaba a Julia a su casa. Con eso hecho, volvía a su hogar con Ashley. Y al día siguiente, todo comenzaba de nuevo.
Una noche, después del bar, Andrew llevó a sus chicas al taller. Penny sonrió y pulsó un botón. El auto tiburón bajó de la plataforma, rugiendo como nuevo. Andrew no pudo evitar una sonrisa enorme. Esa noche, con Julia y Ashley celebrando detrás, recorrieron la ciudad vacía, sin arrepentimientos. No importaba cómo su cuerpo lo maldijera por la ma?ana.
Los fines de semana eran solo acondicionamiento físico con esos trajes. Cada paso en cuatro patas valía la pena cuando se los quitaba. Su cuerpo respondía mejor, todo parecía más fácil. Julia habló de dominio kinético, pero las rutinas de ejercicios intensos no desaparecían: desde pesas hasta yoga.
Ahora, lo que más esperaba era el entrenamiento de análisis: revisar un salón, encontrar pistas y resolver puzles. Todo eso no era lo suyo, pero después de todo el entrenamiento le resultaba más fácil, aunque siempre terminaba como el último, a menos que los puzles tuvieran un componente físico.
Su maestro seguía dándoles una paliza en el combate cuerpo a cuerpo. Una vez los puso a luchar contra Nikita. Perdieron muy feo, pero al menos ya no sangraban al verla. Andrew tomaba lo que podía.
esta noche, el 20 de enero de 2088, cuando el bar debería haber estado vacío, aún estaba muy concurrido. Muchos amigos de Ashley —que ahora eran suyos— estaban allí. Sinceramente, nunca pensó en chicos de rol como amigos, ni en ver a Julia tan agresiva en una conversación con un nerd sobre liches.
Pero fue mejor cuando trajeron el gran pastel de tres pisos de chocolate y quesillo. Los gritos en el bar le dolieron en los oídos. La música sonaba, y Andrew sonrió pícaramente cuando la canción más cursi de cumplea?os comenzó.
—Bastardo —Ashley se lanzó a darle un abrazo, y Andrew atrajo a Julia hacia él. Ella cumplía el 20 de febrero, por lo que siempre lo habían celebrado juntas.
—Feliz cumplea?os 16, chicas.
Las levantó como princesas. Todo ese entrenamiento de espalda ayudó mucho para levantar cosas.
Lo que siguió fue espectacular. Recibió besos de ambas. El pastel le cayó encima a Ashley, como estaba fríamente calculado. La noche fue un caos. Su maestro llegó a felicitarlas, trayendo a los ídolos J-pop Samuráis. Sus padres bailaban. Andrew pudo ver a su maestro bailando con una Penny fiestera.
—Bien hecho.
Andrew no supo quién se lo dijo, pero sintió que, por fin, todo estaba saliendo bien.
Fin

